El día de Omar Torrijos

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Omar Torrijos en el Canal de Panamá.

Fue el hombre que negoció sin sangre la devolución del Canal, y con diplomacia certera.

Por Norma Núñez Montoto
periodistas@laestrella.com.pa

Aquella mañana del 1 de octubre de 1979, cuando entraron en vigor los Tratados Torrijos Carter, mientras subía las escalinatas del Edificio de la Administración del Canal, Fernando Manfredo volvió a ser el niño que aún no era en 1906.

Tenía frente a sí el mismo escritorio que 73 años antes, había ocupado el entonces Jefe de Ingenieros de la Compañía del Canal, John Stevens, de quien se decía había salvado a Estados Unidos de cometer los errores que condujeron a los franceses al fracaso, en sus esfuerzos por construir el Canal.

El escalofrío propio de las grandes emociones, le invadió el pecho: “y en nombre de la Patria, me senté, investido con el cargo de Sub-administrador del Canal, con el cual me había distinguido el General Omar Torrijos”.

Pensó en Omar. “Él había dicho hasta el cansancio que no quería entrar a la historia, sino a la Zona del Canal. ‘Pero, si lo que yo estaba viviendo no era historia, entonces ¿qué lo es? Jesús dijo a Lázaro “Levántate y anda”, pero ahora me parecía ver a Omar diciéndome: ¡Siéntate y trabaja!”.

Poco tiempo después de la intervención del 11 de octubre de 1968, la embajada de Estados Unidos en Panamá hizo llegar un mensaje urgente a Torrijos. Los norteamericanos pedían que se apresurara a lograr la ratificación de los proyectos de tratado de 1967. Se trataba de los conocidos como Tres en Uno o Robles-Johnson, que Panamá rechazó con indignación, precisando que no eran utilizables ni siquiera como base para futuras negociaciones.

Lo sé ahora, porque el General Torrijos, quien me concede esta entrevista a través de Manfredo, se lo confió a éste, quien a su vez, ha aceptado compartirlo conmigo en la feliz lontananza de estos años, a buena distancia de la firma de los Torrijos Carter.

La persona que transmitió el mensaje al General, insistió en que esos proyectos (los Robles-Johnson), eran altamente beneficiosos para Panamá, porque significaban la construcción de un nuevo canal y la creación de empleos durante esa etapa. También constituían un aumento considerable de los ingresos fiscales, y todo eso, según el emisario, contribuiría a la consolidación del incipiente gobierno.

En su frenética declaración de apoyo a toda prueba, el mensaje norteamericano precisaba que en la Casa Blanca y en el Congreso había un sentimiento de disgusto contra el expresidente Robles, porque no había tenido el valor de llevar los tratados a su ratificación.

Que ellos (el gobierno de Estados Unidos), habían apoyado a Arnulfo Arias, porque tenían su promesa de ratificación, aunque no escatimaron esfuerzos para expresarle a Torrijos su satisfacción por el cambio de gobierno protagonizado por éste, porque desconfiaban de las promesas de Arias, y ponderaban que ahora, los que estaban al frente, fueran militares y no políticos, a quienes no interesaba el país.

Pero ni las confesiones de intervención en los asuntos internos de nuestro país, ni las del gobierno de Estados Unidos a Torrijos, surtieron el efecto que perseguían en el ánimo del general.

Yo, impaciente, solicito a Fernando Manfredo que me dibuje la reacción de ese militar instalado ya en una corriente latinoamericana que derrumbaba los mitos de la Alianza para el Progreso.

Por supuesto, Omar lo sabía. No se le estaba ofreciendo incondicionalmente apoyo para asumir la conducción de un país, el suyo, desgastado en su vida política, económica y social, sino para garantizarle a Estados Unidos que los Tratados del Canal serían impuestos a sangre y fuego.

Manfredo no duda en confirmarlo y se apresura a responder: ‘mientras le hacían estos planteamientos, Omar empezó a darse cuenta de que la rapidez con que Estados Unidos había aceptado la intervención militar, estaba ligada a la ratificación de los proyectos de tratado de 1967. Un mes y dos días después del golpe militar, la embajada norteamericana comunicó a la Cancillería panameña que, a partir de las 9 a.m. de ese día, Estados Unidos estaba reasumiendo las relaciones diplomáticas con Panamá’.

La compleja lectura de los Tres en Uno, Torrijos resolvió activando el resorte de la memoria generacional reciente. Los sucesos del 9 de Enero de 1964 eran un fantasma vivo en el marco de cualquier propuesta proveniente de Estados Unidos. 21 megáfonos, ya sin boca, enronquecidos de silencio, clamaban desde el andén del cementerio por el rescate y fortalecimiento de la dignidad nacional.

Cuando el mensajero de la embajada norteamericana terminó de hablar, Torrijos respondió con firmeza: “hacer algo como lo que me estás pidiendo en estos momentos, es provocar una revolución en este país”. Pidió tiempo para analizar los proyectos y medir la opinión pública.

Las presiones de Estados Unidos por la ratificación de aquellos tratados continuaron. Manfredo todavía recuerda cómo Torrijos quería quitárselos de encima. Les hizo saber que se trataba de una decisión demasiado trascendente que no podía tomarse sin un grado aceptable de certeza de que se estaba haciendo lo adecuado. Además, Omar dijo lo que era obvio, lo que quería y tenía que decir: ¿cómo explicarle al pueblo la aceptación de un tratado que acababa de ser rechazado de hecho? Y les señaló que con ese propósito, había designado una comisión de estudio para que los analizara.

En los primeros días de septiembre de 1970, la comisión, presidida por Hernán Porras, no sólo solicitó que fuesen rechazados los proyectos de Tratado de 1967, sino enfatizó que estos no podían ser utilizados siquiera como base para una nueva negociación.

El momento no era el más propicio para presentarle los resultados a Estados Unidos.

Mientras tanto, el 20 de agosto de ese año, 1970, Panamá había comunicado a Estados Unidos que su solicitud para extender el uso de la base aérea de Río Hato para maniobras y entrenamiento, había sido negada. Para Manfredo, esa fue una decisión muy difícil. Dentro del propio Gobierno había personas que le tenían miedo a los argumentos de que la ausencia de los norteamericanos en Panamá afectaría la economía, y que significaba la muerte de poblaciones enteras, especialmente Río Hato.

Todo indicaba en aquella histórica reunión del Consejo de Gabinete, que los que estaban a favor de la prórroga de la base de Río Hato tenían la mayoría. Torrijos sólo habló al final, como consigo: “prorrogar la permanencia de Estados Unidos en Río Hato es traicionar a la juventud y al pueblo que en 1947 exigió y consiguió que no se aprobara una solicitud igual”.

En ese tiempo también se había producido en la ciudad de Panamá demostraciones de protesta contra ciertos negocios que operaban en la entonces Zona del Canal, amparándose –sin derecho– en el Tratado de 1903. Los estadounidenses, por su lado, se pronunciaban contra el cobro del impuesto de salida en el aeropuerto de Tocumen. El Congreso de Estados Unidos interpretaba esas acciones como una manera del Gobierno panameño para perpetuarse en el poder.

La Administración del Canal, dirigida por Estados Unidos, afirmaba que los pronósticos sobre la obsolescencia del Canal no eran realistas y que la vía acuática existente podría proporcionar servicios normalmente hasta fines de siglo. Con esa nueva información, el Congreso se manifestó en contra de nuevas negociaciones con Panamá.

El clima existente, nada favorable para un diálogo con los norteamericanos, alertó a Torrijos con relación al peligro que representaba para Panamá dar a conocer a Estados Unidos sobre el informe de la Comisión Evaluadora de los Proyectos de 1967: ‘si lo hacemos sin tener un piso de apoyo, nos tumban’, decía Torrijos.

Sin pérdida de tiempo, Torrijos hizo publicar de inmediato el informe, sin hacer mayores comentarios. El día siguiente, 6 de septiembre de 1970, el texto completo salió en La Estrella de Panamá.

A fines de julio de 1970, el Secretario de Estado de los Estados Unidos, aprovechando una reunión internacional, le comunicó a Juan Antonio Tack, que su país estaba interesado en continuar las negociaciones. El 5 de agosto de ese mismo año, Tack le informó que también los panameños estábamos dispuestos a hacerlo, pero que ninguno de los tres proyectos de tratado de 1967 era satisfactorio para las negociaciones.

Fernando Manfredo define aquellos momentos ‘como el tiempo cuando Omar me invitó a la comandancia para hablar de un nuevo Tratado del Canal de Panamá, negociado por el Gobierno Revolucionario’.

Recuerdo bien sus palabras: “por primera vez en la historia, Estados Unidos le ha dicho a nuestro país que desea negociar el Tratado de 1903. Aun cuando soy un convencido que el logro de la meta de perfeccionar nuestra soberanía y de ponerle fin a la presencia de Estados Unidos en la Zona del Canal, no se va a producir mediante un acto negociador, y que aquí será necesario que se sacrifique una generación para que la próxima pueda vivir con dignidad, tengo la obligación de hacer el intento y que sea esa negociación, la que se encargue de demostrar si se puede o no. Si no se puede lograr, tenemos una gran fuerza moral ante el mundo para recurrir a la violencia”.

“Me dijo –siguió– que había reclutado a Carlos López Guevara y que el presidente Demetrio Basilio Lakas le había pedido que agregase a José Antonio De La Ossa, en ese tiempo embajador de Panamá en Estados Unidos. Le dije a Torrijos que aceptaba, a pesar de que comprendía el riesgo que tomaba. Conseguir todo lo que con justa razón aspiraba el pueblo panameño era algo imposible vía negociación, pero el pueblo no aceptaría nada menos”.

“No creas que no he pensado en eso también”, me respondió Omar, para agregar “dejemos que el pueblo decida sobre el nuevo proyecto de Tratado”, recordó Manfredo. Y agregó: “las negociaciones van a ser duras. Les van a hacer planteamientos que parecerán o serán ofensivos; mi recomendación es que no se levanten de la mesa donde los tenemos sentados; por lo tanto, no acepten la palabra ‘no’ como una respuesta. Hay que insistir e insistir. La primera reunión la realizamos en junio de 1971”.

Omar no estaba equivocado. “En la primera reunión, el negociador jefe de Estados Unidos, Robert B. Anderson, nos dijo que no esperásemos las concesiones de los proyectos de 1967, que el Senado de Estados Unidos las había considerado exageradas”, rememora Manfredo.

La arrogancia de los negociadores estadounidenses, aunque no suscrita por mi interlocutor, Manfredo, se lució durante aquella jornada en que, haciendo gala de su lenguaje irrespetuoso y autoritario, ellos volvieron a tirar sobre el scrabble de las negociaciones, la palabra perpetuidad: el tratado no podía tener una fecha fija de terminación, porque no se por cuánto tiempo el Canal sería parte del sistema de defensa de Estados Unidos.

El nuevo tratado debía concederle a Estados Unidos derechos para construir un canal a nivel del mar por una ruta diez millas al oeste del actual canal, y para mantener sus fuerzas militares en el Istmo por el tiempo que estuviese operando el Canal.

“En esa reunión advertimos a Anderson la posibilidad de que el pueblo panameño, frustrado por las posiciones duras de Estados Unidos, tomara acciones. Lo dijimos –agrega Manfredo– para demostrarles que si no había tratado ellos podrían seguir en Panamá, pero que tendrían la protesta del pueblo, sin excluir la posibilidad de acciones materiales”.

La respuesta no se hizo esperar: “en ese caso, Estados Unidos intervendrá en Panamá con toda la fuerza de su musculatura militar”.

“Cuando le contamos eso a Omar, nos dijo: ‘los felicito, porque si yo hubiese estado en la mesa me hubiese levantado y retirado; lo que daría a Estados Unidos fortaleza en su argumento que no estamos interesados en obtener un nuevo Tratado”.

Ese período de las negociaciones, que se extendió hasta mediados de 1972, fue muy difícil: los negociadores de Estados Unidos no estaban dispuestos a aceptar concesiones que luego les trajera como consecuencias las críticas en el Congreso.

Las negociaciones continuaban sin que hubiese mayor progreso para Panamá. Torrijos siempre había dicho que esa situación no cambiaría mientras el debate se siguiera llevando en Washington, en una oficinita del Departamento de Estado, casi en la clandestinidad. Los negociadores de Estados Unidos insistían que en Panamá no se podía trabajar en paz y pedían no dar a conocer los términos para no crear reacciones.

“Hay que internacionalizar el problema –dijo Omar, categórico y específico– y hay que utilizar la técnica que se usa para sacar el armadillo del hueco en el suelo, para que se sientan avergonzados y estén dispuestos a soltar las posiciones a las cuales permanecen aferrados”.

“Cuando le pregunté cuál era la técnica para sacar a los armadillos del hoyo, su respuesta fue: ‘se les levanta el rabo y con uno de los dedos se les toca el pudor”, recordó Manfredo.

Torrijos cambió el estilo de negociar. Optó por un solo negociador, Rómulo Escobar Betancourt, y personas que manejaran temas específicos: jurisdicción, Aristides Royo; lo legal-militar, Carlos López Guevara, Adolfo Ahumada; tierras y aguas, Edwin Fábrega, Augusto Zambrano, Arnoldo Cano y Flavio Velásquez; asuntos financieros, Nicolás Ardito Barletta y aspectos militares, Armando Contreras y Rubén Darío Paredes.

Al mismo tiempo, comenzó a crear las coaliciones para el apoyo de la causa panameña. Los primeros fueron los presidentes Alfonso López Michelsen, Carlos Andrés Pérez, y Daniel Oduber.

Se aprovechó un organismo creado por el Secretario de Estado de Estados Unidos Henry Kissinger, en el cual participaban los ministros de Relaciones Exteriores Latinoamérica, excepto Cuba. Se logró ganar el apoyo unánime de los países latinoamericanos, respaldo decisivo para la firma del Tratado.

Torrijos apoyó la idea de lograr que se reuniese en Panamá el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Cuando Estados Unidos se enteró de nuestros planes, trató por todos los medios desde el halago y los ofrecimientos, hasta la amenaza para disuadir a Torrijos.

En lugar de sentirse intimidado, Torrijos no sólo siguió adelante con su propósito, sino que aprovechó la oportunidad para establecer relaciones diplomáticas con Cuba. A Estados Unidos le aterraba la idea de un acuerdo Panamá-Cuba.

Mantener el propósito de la reunión del Consejo de Seguridad en Panamá era una cosa; la otra era conseguir el apoyo de las naciones miembros de la Organización de las Naciones Unidas. Un trabajo discreto, pero efectivo, logró que cuando se hiciese la propuesta, ésta fuese apoyada por China, Francia, Rusia, Yugoeslavia, India, Austria, Guinea, Indonesia, Kenya, Perú, Sudán. Perú habló a nombre de todos los países de la región.

El Consejo de Seguridad se reunió en Panamá del 15 al 20 de 1973. Torrijos pronunció en ese escenario, las palabras lapidarias que en el concierto de las naciones, muchos años después, se siguieron evocando y repitiendo. “Panamá nunca será una estrella más en la bandera de los Estados Unidos de América”.

Estados Unidos vetó una Resolución a favor de la causa panameña, pero a partir de ese momento, no le quedó otro recurso que volver a la mesa de negociaciones bajo nuevos parámetros. Estos quedaron plasmados en la Declaración Tack-Kissinger, del 7 de febrero de 1974.

El 7 de septiembre de 1977, en la sede de la Unión Panamericana, en Washington, se firmaron los Tratados del Canal, con la presencia de 20 Jefes de Estado y 7 representantes de Jefes de Estado. Quedaba pendiente el consentimiento del Senado de Estados Unidos para que el presidente de ese país ratificase los Tratados. No obstante, el interés que existía en la Casa Blanca, y los Departamentos de Estado y de Defensa no era compartido por el Senado. Todo lo contrario, la oposición era muy fuerte. Torrijos se dio cuenta que en ese escenario se necesitaría, además del latinoamericano, el apoyo mundial.

“Sus viajes a España, Francia, Alemania, Italia, Yugoeslavia, Finlandia, Gran Bretaña, Israel y Libia, en los cuales participé, fueron decisivos”, rememora Manfredo. Torrijos cautivó a los jefes de Estado y logró que nos dieran un apoyo irrestricto, el cual fue vital para la ratificación de los tratados.

Contar estas cosas es ahora tarea fácil, comenta Manfredo, “pero en el momento en que tenían lugar los hechos, la tensión, las preocupaciones, las angustias, eran increíbles”. Una cualidad que demostró Torrijos fue la paciencia y la capacidad de perdón. Los insultos a que fue sometido, las calumnias donde se incluía a miembros de su familia, los soportó con estoicismo.

Fernando Manfredo, un protagonista indiscutible de nuestra historia reciente, no titubea un segundo al afirmarlo: “Omar era la única persona que podía lograr la recuperación de la Zona del Canal, del canal mismo, y la retirada de las tropas estadounidenses, sin que una generación tuviese que sacrificar su vida”.

Por la certeza de haber estado en el lugar, momento, y junto al hombre apropiado, Fernando Manfredo no duda al señalar que el 7 de septiembre de cada año, a partir de 1977, lo que se celebra no es la firma de unos Tratados, sino el reconocimiento a la persona que logró que pudiésemos perfeccionar nuestra independencia como nación soberana.

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