El avance del proyecto neo conservador: qué hay detrás del vacío

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Marcha contra Mauricio Macri en Argentina.

El avance del proyecto neo conservador: qué hay detrás del vacío

Por Lic. Josefina Bolis
(CONICET Argentina. Docente de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata)

El retorno del proyecto político neo conservador en la Argentina pretende sostenerse en la matriz de subjetividades y prácticas que sobreviven de la posmodernidad, basado en el vaciamiento de los símbolos que dan unidad y potencia a las luchas colectivas. Sus mecanismos son conocidos globalmente: la reducción de los espacios de participación política, la generación de desconfianza hacia los políticos y la expulsión de la ciudadanía del espacio público, incluso mediante el uso de las fuerzas represivas.

Toda propuesta hegemónica está abocada a legitimar cierto orden social: el gobierno argentino procura, de este modo, invisibilizar la enorme transferencia de recursos realizada desde los sectores populares hacia los sectores más concentrados. Es por ello que, aquí, hay que referirse a este proceso como neo conservadurismo, destacando sus convergencias con el plan económico y simbólico de la última dictadura cívico-militar argentina (1976-1983), la cual, como denunció el periodista Rodolfo Walsh antes de ser asesinado, castigó a millones con la miseria planificada.

Aunque, a primera vista, la lengua propagandística de la flamantemente electa Alianza Cambiemos aparezca como “vacía”, vale la pena llamar la atención sobre su contenido. Una primera cuestión a destacar de este discurso, es que confluye con el decidido esfuerzo de las derechas continentales por desarticular la movilización, la participación y la representación popular, en tanto siempre ha sido más redituable a los negocios un pueblo escéptico y desesperanzado.

En segundo lugar, en el pedido de despolitizar ciertos debates o espacios (como las universidades públicas), subyace una ardua tarea en pos de recolonizar aquellos símbolos que han articulado luchas emancipadoras antes dispersas, como la justicia, la igualdad, la unidad regional y la soberanía. Precisamente, el punto nodal del proyecto de las derechas ha sido y es el individualismo. En ésta línea, ubicamos las múltiples enunciaciones que equivalen al crecimiento económico, al esfuerzo personal y al mérito, desempolvando la gramática darwinista ligada a la supervivencia del más apto.

Son numerosos los ejemplos que, en 10 meses de gobierno, han enlazado al proyecto político del presidente Mauricio Macri en una continuidad semántica con la discursividad de la última dictadura cívico-militar. Tal es así que, en una reciente entrevista, el primer mandatario se refirió al terrorismo de Estado como “guerra sucia”, vocablo que forma parte de la trama negacionista del exterminio y que se ha utilizado por los defensores del genocidio para justificar el asesinato, la tortura y la desaparición de una parte de la sociedad argentina. Sumado a ello, el Presidente afirmó no tener “ni idea” si los desaparecidos eran 9.000 o 30.000, poniendo en cuestión una cifra que, justamente por su imposible constatación material, posee una alta carga simbólica, tanto para los organismos de derechos humanos como para la comunidad en general, que luego de más de 30 años democracia se ha volcado masivamente a acompañar la demanda de más Memoria, Verdad y Justicia. Por si lo anterior fuera insuficiente, declaró que no respondería a la Presidenta de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, porque para él “está desquiciada”, calificativo que retrotrae inmediatamente al de “viejas locas” que utilizaba la dictadura.

Los gobiernos de Néstor Kirchner (2003-2007) y Cristina Fernández de Kirchner (2007-2015) no sólo dieron un fuerte impulso a las políticas reparadoras y el avance de la Justicia en la condena de los responsables del genocidio, sino que, además, ambos presidentes irrumpieron en el orden simbólico, subvirtiendo el sentido histórico dominante. Desde su discurso de asunción, Néstor Kirchner le indicó a los argentinos en el Congreso Nacional que formaba parte “de una generación diezmada, castigada con dolorosas ausencias”, para meses después decirle al mundo en la Asamblea de las Naciones Unidas que “somos hijos de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo”. Quizás la imagen que mejor representa ese momento histórico sea la del Presidente Kirchner ordenando el retiro de los cuadros de los dictadores Videla y Bignone del Colegio Militar de la Nación.

Claramente, el retorno del discurso de la “reconciliación” no se produce mediante mera retórica, sino que es acompañado y tal vez precedido por una vigorosa materialidad: se recortan o vacían las políticas de derechos humanos, se desarman los espacios que investigaban responsabilidades civiles en torno a delitos de lesa humanidad, se restituye la autonomía de las Fuerzas Armadas que había sido limitada en 1984, en la recién recuperada democracia. Adicionalmente, tanto el Ministro de Justicia de la Nación como el Secretario de Derechos Humanos y Pluralismo Cultural han mantenido reuniones con grupos apologistas del terrorismo de Estado.

El avance sobre los símbolos que representan las gestas populares nacionales resulta abrumador. Así, se programó la visita del Presidente de Estados Unidos, el país financista y coordinador de las acciones del Plan Cóndor entre los regímenes dictatoriales del Cono Sur, el mismo día que se conmemora el aniversario del Golpe de Estado. Al Rey de España, país colonizador, se lo recibió en los festejos del Bicentenario de la Independencia Argentina. Este último encuentro fue coronado con la expresión del Presidente Macri de que los patriotas “claramente sentirían la angustia de tener que separarse de España”.

Como paradigma del cambio de época, Mauricio Macri desmanteló la Galería de los Patriotas Latinoamericanos en la Casa Rosada, retirando los cuadros de Juana Azurduy, patriota del Alto Perú que comandó las tropas por la emancipación del virreinato del Río de La Plata, y de Manuel Belgrano, prócer y creador de la bandera argentina. La misma suerte corrieron los cuadros de Ernesto “Che” Guevara y de Juan Domingo Perón.

Si bien entre las etiquetas más usuales con las que el macrismo designa al gobierno anterior, se destaca la de “ficción K”, el partido gobernante ha visto su propio relato electoral de la “revolución de la alegría” deteriorarse en los últimos meses. Se enfrentan a la herencia de la experiencia vivida por más de una década que lo resiste en forma de internalización de derechos sociales, de hábitos organizacionales y de predisposición a la ocupación del espacio público. Ese relato se desintegra también con postales como la fotografía de una mujer baleada por la espalda en una protesta de trabajadores despedidos, los carteles de bronca en las movilizaciones contra los tarifazos, los murales que piden la libertad de la dirigente popular y diputada del Parlasur Milagro Sala, y los rostros de los niños y las niñas que día a día engrosan las filas de los comedores populares.

Hace pocos días, la Presidenta de mandato cumplido, Cristina Fernández de Kirchner, manifestó que la historia no es lineal, que tiene avances y retrocesos, pero que se construye fundamentalmente con confianza en lo que se ha sembrado. El sentido de la historia es como la siembra: no basta con sentarse a esperar que germine, es necesario abonarla y regarla a diario.

Vista aérea de las movilizaciones del pueblo argentino contra la política neo conservadora de Macri.
Vista aérea de las movilizaciones del pueblo argentino contra la política neo conservadora de Macri.

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