Editorial: Es inadmisible la injerencia externa contra Panamá

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Es inadmisible la injerencia externa contra Panamá

Ningún gobierno panameño en el período de vida republicana ha ganado respaldo reconocimiento, cediendo la soberanía del país o subordinándose por temor a una potencia extranjera. Hay documentos que lo demuestran, entre ellos la respuesta del presidente Roberto F. Chiari, quien en 1964 rompió relaciones diplomáticas con Estados Unidos, por la agresión armada desproporcionada y no provocada contra el pueblo panameño.

Chiari habló como un estadista, y no como un pelele, para exigir respeto a su homólogo estadounidense. Luego, el general Omar Torrijos pondría varias veces a Estados Unidos en su lugar, cuando los procónsules intentaron métodos de chantaje en la búsqueda de un leonino Tratado del Canal de Panamá. Fue ese comportamiento vigoroso, claro y transparente, unido a la solidaridad internacional, lo que produjo resultados que igualaron a los negociadores de ambos países, sentados en una misma mesa de diálogo.

Por ello, no se entiende la actitud sumisa y hasta vergonzosa del actual gobierno panameño, ante la intervención descarada e inamistosa del embajador de Estados Unidos en Panamá, John Feeley, quien se pasea por las instituciones de este país, leyéndole la cartilla a funcionarios para que hagan lo que a Washington se le antoja. En el fondo, Feeley sabe que son cobardes y pusilánimes, y se atemorizan ante su presencia. Consiguió intimidarlos con un informe sobre prácticas extraterritoriales, que Washington no aplica en Estados Unidos a empresas que operan en ese país.

Luego de que Fieeley le dijo a la procuradora de Panamá, Kenia Porcell qué debía hacer en su ámbito jurisdiccional, el diplomático de marras debió der convocado a la Cancillería para que le sea leída la cartilla de Panamá, así como el texto en el que se menciona el principio de no intervención en los asuntos internos y la vigencia de las leyes panameñas. El diplomático ha ido tan lejos como lo han tolerado, y se atrevió a declarar, con desfachatez, que “Estados Unidos no permitirá que Panamá se convierta en un Estado fallido”.

Es obvio que no utilizaría el mismo tono irreverente y arrogante, si fuese el embajador de Estados Unidos en Moscú o en Pekín. Allá le exigirían respeto y no aceptarían ni un segundo que el personaje en cuestión intensase inmiscuirse en la administración gubernamental ajena. Es posible que el diplomático tenga modales, pero no le interesa usarlos en países cuyos mandatarios son una especie de guiñapo, al que se puede abofetear a cualquier hora del día.

La crítica más rigurosa está dirigida a quienes permiten que se les humille y que esa ofensa se traslade a todos los panameños que creían abolida las prácticas impositivas de la “patria boba”. Estados Unidos ha enviado a este país a una figura cuyo comportamiento resulta indeseable e inapropiado. Tampoco es admisible la actitud de quienes se dejan pisotear. Si realmente quieren a Panamá, deben tener el coraje de defender a la patria de ultrajes y amenazas.

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