EDITORIAL: El clientelismo político amenaza a la democracia

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El clientelismo político amenaza a la democracia

El clientelismo político constituye en la actualidad, como lo fue en el pasado, una grave amenaza al ejercicio de la democracia. Deviene en instrumentos de presión de quienes poseen cuantiosos recursos y los utilizan en la compra de votos, como herramientas de control para definir escenarios y conquistar posiciones de poder.

Y no se trata sólo de que el narcotráfico penetre la política local. Se apela al clientelismo cuando se movilizan supuestos simpatizantes a tenor de consignas, cuyo contenido ignoran, para promover una candidatura determinada y un fuerte proselitismo.

Algunos definen el clientelismo político, como un intercambio extraoficial de favores, en el cual los titulares de cargos o aspirantes electorales regulan la concesión de prestaciones, obtenidas a través de su función pública o de contactos relacionados con ella, a cambio de apoyo electoral. Pero, en realidad, el fenómeno va más allá de lo imaginable, al ser una fuente de corrupción y sometimiento.

Se es clientelista cuando a título de que, “es lo que se acostumbra”, se rechazan opciones de conciencia y se asumen las de conveniencias, o cuando impera una mentalidad mercantilista y hasta mercenaria. En un escenario en el que entran en juego millones de dólares, muchos electores dejan de ser “clientes” para convertirse en víctimas del sistema de dominio. Pero, es la venta, no la compra, la que define ese tipo de prácticas perniciosas e inmorales.

El clientelismo revela, además, el grado de lumpenización y el desencanto que reina en la población panameña. Debido a la ausencia de seriedad en una clase que dirige, le sigue el desenfado y el “poco me importa” de los dirigidos, quienes deberían reaccionar con el repudio inmediato a esas prácticas y exigir medidas de transparencia y el rechazo a la descarada compra de votos.

En ese mar de confusión política, sólo los que invierten con cinismo abierto saben con cierta certeza hacia dónde se dirige el barco.

Lo irónico de la práctica clientelista emerge cuando los derrotados en contiendas electorales atizan la indignación. Entonces, la zarandean como bandera de carnaval, pero tardíamente, porque lo que ha podido ser la concurrencia de intereses de una sociedad en busca de mejores días para todos, se transforma en un callejón fétido, del que pocos quieren saber o comentar.

Los sistemas clientelares aparecen donde predomina la necesidad de integrar rápidamente un elevado número de participantes a un sistema político sin tradición organizativa. Por ello, los entuertos de corrupción deben ser combatidos por los sectores progresistas, para evitar que se agoten las instancias de participación democrática ante el riesgo de torcer la voluntad popular en la arena política.

Sin un sistema robusto que provea el blindaje necesario, la democracia representativa estará siempre amenazada y en colisión como el ejercicio del clientelismo, que no es otra cosa que una forma de acomodar en el poder a los que cooptan a las mayorías, y dejan de lado las prioridades nacionales para imponer la suya, como ocurría con los antiguos cacicazgos en la política criolla.

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