Dividir para vencer, la vieja táctica

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Las máximas latinas divide et impera (divide y domina), divide et vinces (divide y vence), y divide ut regnes (divide y reina) fueron utilizados por el gobernante romano Julio César y el emperador de origen corso Napoleón, en los planes estratégicos para enfrentar a sus rivales antes de entrar en batalla. El principio, con connotaciones militares, políticas y psicológicas, se fundamenta en restar fuerza al contrario, para asestar golpes demoledores y ejercer control.

En Panamá, la táctica ha vuelto a ser aplicada desde las esferas de poder para tratar de reducir a cenizas a los sectores contestatarios, atizando las diferencias internas, sembrando dudas sobre figuras visibles y estimulando el fraccionamiento en sus filas. A ello se deben las divisiones reflejadas en el ámbito parlamentario y, en gran parte, la crisis de liderazgo en el principal partido político de oposición, el PRD, en medio del cuestionamiento de sus bases.

Sin cohesión interna y sin consensos, el PRD vuelve a estar en una seria disyuntiva en la definición de su agenda y a exponerse a una tercera derrota consecutiva en los comicios generales de 2019. Las divisiones internas, las contradicciones y los intereses personales colocan a esa corporación política en un complejo escenario, que terminará por ser aprovechado por los sectores con mayor capacidad de organización, recursos disponibles y financiamiento electoral.

Fuerzas progresistas que concurren en el PRD y en otros partidos con la finalidad de desarrollar, afianzar y dar sentido a la lucha de liberación nacional, chocan con una clase aventajada en el manejo mediático y dotada de influencias para manejar los resortes de la manipulación. La mafiocracia que gobierna el país se siente más cómoda para imponer a todos sus propias reglas. En definitiva, es parte del esquema que Washington impuso a países de la región.

Al carecer de unidad interna y poseer bases erosionadas, el PRD está obligado a entender que su futuro no está en el fraccionamiento, sino en saber escuchar, recuperar fuerzas, modelar la unidad, asimilar las críticas de sus copartidarios y suprimir todo vestigio de concesión de principios de quienes obtuvieron beneficios particulares a cambio de prebendas. Cruzarse de brazos y no hacer nada para remediar los entuertos, también acarrearía nocivas consecuencias políticas.

Una oposición maniatada, con prevalencia de pobres liderazgo y distanciada de las masas y sus necesidades, no tiene futuro, y quienes se presten al juego del entreguismo para hipotecar el legado de la nación tendrán que enfrentarse a la creciente ira social en las calles, porque siempre reaparece el camino de la dignidad. No hay mal que dure 100 años, ni pueblo que lo resista. Ese es un axioma que los sectores populares y patrióticos conocen muy bien.

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