Demetrio Korsi: un hijo del arrabal

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Demetrio Korsi.

Por el Observatorio Panamá Afro

Korsi vivió, en todo el sentido que esa palabra pueda tener, en Santa Ana, uno de los barrios más populares y emblemáticos del centro urbano de la ciudad de Panamá, que fuera fundado el 29 de abril de 1915, bajo la presidencia de Belisario Porras.

Ese espacio de la ciudad recibió su nombre gracias a que, en 1678, se construyó en el lugar una ermita consagrada a Santa Ana. A su alrededor se congregaron viviendas de gente humilde (negros, mulatos e indios) que se dedicaban a diversos oficios. El sitio siempre fue considerado el arrabal del vecino barrio de San Felipe.

En el poema “Parque de Santa Ana”, Korsi no sólo recrea el entorno físico del cual participaba cotidianamente, y que fue estructurando su personalidad y definiendo el contenido de su trabajo literario, sino que convierte ese pedacito de su suelo patrio en un referente, a su juicio, capaz de resumir múltiples aspectos de la vida nacional. En ese hacer y decir, el poeta no esconde su adscripción social e identidad de clase, y se coloca allí donde siempre se supo parte: Entre los del arrabal.

Nocturno en gris fue el mejor poema de mi padre Demetrio Korsi*

Nocturno en Gris

Lo gris se vuelve lluvia por la noche,
y esos muertos quisieran un gabán
para arropar sus sueños bajo tierra.
Al otro lado de la calle, un muro
con su verja de hierro, hecha exprofeso
no para que contemplen el mutismo
de tanta cruz anónima sin flores,
sino el parque de mármoles que encierra.

Las dos de la mañana. Insomnio errante
me empuja a un téte-a-téte con esta esquina
donde como una pústula del vicio
sórdidamente se abre una cantina.
Nueva generación de bebedores,
está en pie… Los otros, dónde están?
Todo igual. Solo yo no soy el mismo.

Una vez me embriagué en esta cantina.
Cantaba una mujer, bella en su tiempo,
que aún era como un bello anacronismo.
Descuartizaba un tipo en la guitarra
un valse como un clásico jigote.
Los dos ansiaban un pequeño lote,
ambos creyendo que la vida es buena.
Trabajaban los dos, sólo por eso.
Se embriagaban, después de la faena,
y ella escupía si él le daba un beso.

Tanta lucha por un pequeño lote
y tanta tierra que hay para los muertos.
Tanto afán de cantar con la guitarra
y nadie al fin se llevará ni un ruido.
Ya nadie canta. Para qué, si hay discos?
Son baratos: se tocan por un real.
Toque, toquen, que pronto habrá silencio.
Lo gris se vuelve lluvia por la noche.

El silencio es de un gris casi mental.
Una vez me embriagué en esta cantina,
hace ya un poco más de treinta años.
Todo, igual. Sólo yo no soy el mismo.
Cantaba la mujer y se reía.
Triste, fatal, como una rosa trunca.
La noche no se iba, enamorada
también de la mujer. Entre las copas,
aquella noche no acaba nunca,
lejos, cerca, como una lejanía…

Triste, fatal mujer, ni tan siquiera
queda ningún mal hombre que la nombre.
A veces, la recuerdo, cual sí
fuera un disco roto en medio de un derroche
de juventud. Ni yo me atrevería
a tocarla otra vez, pues me hace falta
el real de juventud de aquella noche.

Entre el silencio de lo gris, está ella.
En lo más gris de su silencio, es barro;
ese barro común, conque a los muertos
cubren con reiterado despilfarro.

No tan alto, sombrío, se alza el muro
con su verja de hierro, hecha exprofeso
no para que contemplen el mutismo
de tanta cruz anónima sin flores,
sino el parque de mármoles que encierra.
Todo igual. Sólo yo no soy el mismo.
Nueva generación de bebedores,
está de pie… Los otros… Dónde están?
Lo gris se vuelve lluvia por la noche,
y esos muertos quisieran un gabán
para arropar sus sueños bajo tierra.

*Demetrio Korsi III. Conversación con el Observatorio Panamá Afro /

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