De pescadores, a protectores de cetáceos

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Ballenas jorobadas emergiendo a la superficie.

El avistamiento responsable de cetáceos es una actividad que empieza tomar forma en Panamá, con la organización de la gente de mar, que admite que los recursos pesqueros no son infinitos. Cambiar los viejos trasmallos y palangres por giras ecoturísticas, es una alternativa económica en comunidades costeras del Pacífico, que rompen paradigmas.

Por David Carrasco

Antiguos botes con motores fuera de borda, que antes zarpaban de la costa Pacífica panameña para realizar labores de pesca, sirven desde julio como medios de transportes ecoturísticos para quienes desean ver en su hábitat a las enormes ballenas jorobadas que emergen del mar para respirar y luego volver a sumergirse en aguas azules.

En un diálogo con Bayano digital, Andy Batista, guía ambiental y propietario de botes que se dedican al traslado de turistas en el Parque Nacional Coiba y el Golfo de Montijo, en la provincia de Veraguas, manifestó que ha encontrado una alternativa económica sostenible en el avistamiento anual de cetáceos en este país.

Indicó que expertos de la Fundación MarViva trabajaron durante varios meses con grupos de pescadores en la capacitación para el transporte seguro a áreas donde proliferan las ballenas jorobadas. Añadió que en la actualidad, en Montijo hay unas 20 embarcaciones que se dedican al avistamiento de grandes mamíferos marinos.

Avistadores pagan por ver al delfín nariz de botella (Tursiops truncatus), delfín rotador o tornillo (Stenella longirostris), delfín moteado o manchado del Pacífico (Stenella attenuata), ballena jorobada (Megaptera novaeangliae), cachalote (Physeter macrocephalus) y delfín Calderón de aleta corta (Globicephala macrorhynchus), en su medio natural.

Las ballenas de ambos polos migran largas distancias para reproducirse en aguas tropicales y ello ofrece la oportunidad para verlas nadando y saltando en aguas de Panamá. Sin embargo, los tripulantes de naves deben estar certificados y observar en forma rigurosa las distancias recomendadas para evitar accidentes.

“En la temporada alta, de agosto y septiembre de cada año, se puede observar hasta 10 familias de ballenas con sus crías cerca del Parque Nacional Coiba, mientras que en la estación seca, cuando cambia la temperatura del agua salada, hay avistamientos de orcas, que son los depredadores de las ballenas”, puntualizó Batista.

En el litoral de Montijo operan 20 botes dedicados al avistamiento de cetáceos, que cobran de 60 a 100 dólares por pasajero, por un recorrido de las embarcaciones cerca del parque Nacional Coiba, de 270.125 hectáreas, de las que 216.543 son marinas.

Entre las indicaciones que deben ser respetadas por los operadores de esas naves figuran: reducir la velocidad de los motores a una distancia de 300 a 400 metros de los animales, manteniendo un curso en paralelo. Jamás hay que bloquear su camino. Asimismo, se debe mantener una distancia mínima de 50 a 100 metros, sin ruido, por un tiempo de observación que no supere los 15 minutos.

Ballenas acaparan la atención

El biólogo marino Juan Posada, de MarViva, detalló que el avistamiento de ballenas se inicia en julio y finaliza en octubre. Aclaró que en ese período, personas de todo el mundo llegan a Panamá para observar y fotografiar a animales marinos que recorren grandes distancias en su movimiento migratorio anual.

Estudios realizados por el Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI, por sus siglas en inglés) contribuyeron a identificar rutas migratorias de las ballenas, lo que ha reducido el riesgo de colisiones de buques que utilizan el Canal de Panamá con los gigantes marinos. “Ese esfuerzo científico se debe traducir en una mejora en la salud de la ballenas”, reseñó Posada.

El biólogo marino Héctor Guzmán, del STRI, aclaró que parte de la población de ballenas jorobadas del Pacífico Sudeste se reproduce en el Archipiélago Las Perlas en Panamá y en el Golfo de Guayaquil, en Ecuador, y es por ello que pueden ser observadas.

Guzmán dirigió un estudio de marcación y monitoreo satelital de ballenas jorobadas, y sostuvo que los cerca de 60.000 kilómetros cuadrados del área de distribución del grupo en Panamá fueron aproximadamente dos veces el tamaño de la zona de distribución del grupo que cría en Ecuador, unos 26.000 kilómetros cuadrados. Ello significa que las ballenas no son distribuidas al azar, sino que muestran cierta fidelidad hacia el sitio al que arriban.

Las ballenas jorobadas alguna vez fueron cazadas casi hasta su extinción. Desde la moratoria de la caza de 1966, las poblaciones resurgieron a más de 80.000 ballenas jorobadas en el mundo. Pero, vuelven a estar amenazadas ante el crecimiento de la población humana, el número de terminales de petróleo y gas, plataformas marinas, nuevos puertos y marinas. En los últimos 10 años, Panamá se opuso, en forma reiterada, a la caza de ballenas en los debates de la Comisión Ballenera Internacional (CBI).

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