Coto: la guerra que Panamá perdió ganando

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La guerra de Coto enfrentó a Costa Rica u Panamá.

 

Los panameños dominaron ampliamente los combates y lograron tomar y defender la plaza de Coto de la invasión tica.

Por Mónica Guardia
periodistas@laestrella.com.pa

“Las armas panameñas obtienen la 4ta victoria”, anunciaba a grandes titulares La Estrella de Panamá en su edición del 4 de marzo de 1921.

No habían transcurrido diez días de la intempestiva invasión de las tropas costarricenses a Pueblo Nuevo Coto, un villorrio ubicado en el área gris de la frontera entre ambos países, cuando los panameños, pese a su reducido número y pobres armamentos, lograban dominar ampliamente.

Hasta ese 4 de marzo, el balance para el istmo de la incipiente guerra era de tres lanchas capturadas, más de cien prisioneros y un armamento de primera que se usaría en reemplazo de los viejos y oxidados rifles, casi inservibles, que había escondido entre cajas el presidente Belisario Porras en la Presidencia durante cinco años.

Los panameños estaban entusiasmados por la nueva experiencia de guerra y se ufanaban de sus triunfos militares. En los periódicos aparecían felicitaciones de todos los sectores del país, ya dirigidas al presidente o al general Manuel Quintero. Igualmente, continuaban los ofrecimientos solidarios de todo tipo.

“Médicos extranjeros ofrecen sus servicios al país”, decía un titular de las páginas interiores de “La Decana”, el 2 de marzo.

“Los Westindianos están listos a prestar su ayuda en defensa de Panamá”, se leía en otra página del diario.

“El bello sexo se inscribe”. “Bello gesto del profesor Newman”. “Costa Rica se ha metido en camisa de once varas”, decía el diario, reflejando la tónica que imperaba en el suelo patrio.

Asimismo, diariamente aparecían las listas de los ciudadanos que apoyaban el “bono de guerra” de $500 mil, emitido por el gobierno de Porras para sufragar los costos del enfrentamiento.

Los triunfos

La acumulación de triunfos panameños había empezado el 27 de febrero, cuando, al mando del capitán Tomás Armuelles y del coronel Laureano Gasca, un grupo de policías istmeños había logrado tomarse la plaza de Coto fácilmente y sin derramamiento de sangre, gracias a la insensatez y mala suerte del coronel tico Héctor Zúñiga Mora.

Tan solo reemplazar la bandera costarricense con su enseña tricolor, los panameños empezaron a movilizarse para asegurar la defensa del villorrio, al que los ticos solo podían acceder navegando desde la desembocadura del Río Coto, en el golfo Dulce.

Pocas horas después de entrar en contacto con los prisioneros, los vigilantes se dieron cuenta de que había un patrón de conducta: la mayoría consultaba cada cierto tiempo su reloj.

¡Elemental! El coronel Laureano Gasca y sus trece voluntarios de Bugaba, a cargo de los prisioneros, dedujeron que estarían esperando refuerzos.

La corazonada demostró ser correcta, cuando, esa misma tarde, a las cinco y media, empezó a escucharse el ruido lejano de una lancha que navegaba río arriba hacia el poblado.

De inmediato, los panameños ocuparon sus puestos. Algunos de los hombres se colocaron a la orilla del río, detrás de unos cocoteros. Otros, detrás de las trincheras.

La lancha se fue acercando con algunos de los ticos en la cubierta, totalmente ajenos a que el sitio había sido retomado esa mañana.

“Viva Costa Rica”. “Muera Panamá”, gritaban eufóricos.

Ya a pocos metros del muelle, al toque de una corneta, empezó el tiroteo, que cogió a los ticos desprevenidos.

Algunos de ellos intentaron lanzarse de la lancha y nadar a tierra, pero el fuego se intensificó. El combate duró una hora. La cubierta era un charco de sangre. El piloto trató de escapar, dando vuelta a la lancha, pero, al seguir hacia abajo, encalló en un banco de arena.

Cinco costarricenses murieron; 9 fueron heridos y 30 tomados prisioneros.

Además, se capturaron 28 rifles Mauser con 200 tiros en cada salveque, 3 cajas de municiones y una ametralladora inglesa marca Maxim, completamente nueva.

Ya las fuerzas de Coto no necesitaban nuevos armamentos. ‘Venceremos al invasor con sus propias armas’, decía un entusiasta titular de primera plana de La Estrella de Panamá el jueves 3 marzo.

Los heridos fueron conducidos a uno de los ranchos del caserío. Los muertos fueron dejados sobre el césped y cubiertos piadosamente con hojas de plátano para después ser sepultados, según el relato de los hechos del abogado panameño, especialista en la Guerra de Coto, Carlos Cuestas.

Al día siguiente

El 1 de marzo, quedaban sólo 48 panameños en el poblado, el resto abordaba uno de los trofeos de guerra, la ahora lancha panameña rebautizada como Patria (ex lancha tica La Sultana), hacia Rabo de Puerco, a llevar a los prisioneros ticos al cuidado del mayor Alfredo Alemán, a cargo de esa plaza.

Esa misma mañana los que permanecieron en Coto se llevarían una nueva sorpresa: otra embarcación se aproximaba.

Se trataba, esta vez, de La Estrella, que transportaba a un batallón de refuerzos ticos, cien hombres que, al igual que el contingente anterior, desconocía el destino de La Sultana y de la plaza.

Al igual que la vez anterior, los panameños dejaron acercarse la nave de motor hasta el muelle. Nuevamente, los ticos empezaron a dar vivas a su patria.

En esta ocasión, el combate duró hora y media, y murieron 24 ticos más 12 heridos, entre ellos el capitán de la nave y el maquinista. Fueron capturados 64 individuos, entre oficiales y tropas, además de 98 rifles Mauser con buena dotación, y la lancha, de 60 toneladas.

Panamá, que previamente no disponía de ninguna embarcación para los combates o el transporte de sus fuerzas, ahora ya tenía dos.

En un reporte posterior, un contingente de refuerzos que llegaría poco después, daría una descripción desoladora del panorama encontrado en el villorrio: los muertos estaban colocados unos encima de otros cerca del muelle, mientras los heridos y prisioneros eran custodiados por los soldados panameños armados, relata Cuestas en su libro.

Los costarricenses comenzaban a enterrar a sus compañeros de armas en una fosa común. Había varios heridos de gravedad que no habían recibido tratamiento médico ni medicinas.

La tercera lancha

Esa misma noche, las tropas de Vásquez, todavía cansadas por el recorrido a pie y a caballo por las montañas, se disponían a preparar sus alimentos (carne de res sancochada en latas de cinco galones), cuando oyeron el ruido de otra lancha que se aceraba por el río.

Los oficiales ordenaron apagar los fogones, tomar posiciones y esperar la orden de fuego.

Era La Esperanza, una tercera embarcación tica, con provisiones y 56 soldados.

Como en las dos ocasiones anteriores, la tripulación desconocía el avance de los acontecimientos y, mientras se acercaba al muelle, un fonógrafo en cubierta tocaba las notas del himno nacional de Costa Rica.

Así los sorprendió el tiroteo, que dejó 16 muertos, numerosos heridos y 46 prisioneros.

Ese sería el último combate entre las fuerzas panameñas y las costarricenses.

Aunque en los días posteriores, llevados por el entusiasmo, muchos más panameños, provenientes de todo el país, llegarían a Rabo de Puerco para apoyar las fuerzas patrióticas, se encontrarían con que la contienda había terminado, al menos en ese lado de la frontera.

Al conocer que les sería imposible retomar Coto, los costarricenses habían decidido avanzar por la costa atlántica, en la región de Bocas del Toro.

Así, el 4 de marzo de 1921, más de dos mil soldados ticos dotados de cañones y ametralladoras cruzaban la línea fronteriza del puente ferroviario de Guabito sobre el río Sixaola, Almirante y Changuinola.

Los panameños de esa área, superados en número y sin recibir refuerzos ni armamento, no tuvieron más opción que replegarse.

Sin embargo, ya para entonces los gobiernos de ambos países habían decidido que la guerra no era la mejor opción para dirimir sus diferencias.

El mismo presidente Porras había dado a conocer a través de las páginas de La Estrella de Panamá que “después de calma consideración yo he decidido que esta controversia sería mejor dirimida en una negociación diplomática. La idea de que dos países vecinos entren en guerra por un territorio no poblado del tamaño de un condado de Estados Unidos es repugnante para mí”.

Pero es preciso decir que los “dos países vecinos” contaban ahora con un árbitro, que, ejerciendo su rol de potencia mundial, los comandaba a buscar la paz.

El mismo 4 de marzo, en la bahía de Charco Azul, en Chiriquí, apareció el acorazado Pennsylvania con órdenes de proteger a los ciudadanos e intereses estadounidenses en la zona (léase futuros negocios del banano). Lo mismo haría el crucero Sacramento, en la costa atlántica, el 5 de marzo.

Estados Unidos exigía a ambos países el cese de hostilidades y el retiro de las fuerzas beligerantes. Sin más opciones, los hombres de ambos mandos abandonaron sus posiciones.

Panamá sería obligada a aceptar el fallo emitido por el juez Edward White, presidente de la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos, y amigo personal del recién instalado (4 de marzo de 1921) presidente estadounidense Warren Harding.

Ni los panameños ni los ticos quedarían satisfechos con el resultado. Los problemas limítrofes sólo fueron superados definitivamente en 1941, con el tratado Arias-Calderón.

En los panameños, sin embargo, quedó el orgullo de haber dominado en el campo de batalla, satisfacción ensombrecida por un terrible accidente que sufriría el capitán Tomás Armuelles, héroe de la guerra, al dirigirse a la capital a recibir honores por sus logros de guerra.

 

 

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