Corrupción aleja a Panamá del rumbo soberano

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El escándalo internacional de coimas de Odebrecht, así como el desencanto de los ciudadanos por claras evidencias de corrupción que salpican al gobernante Partido Panameñista, han creado un caldo de cultivo malicioso alrededor de la administración del presidente panameño, Juan Carlos Varela, convertido en el centro de las críticas, ante la impunidad y los casos de corrupción.

Sin una política de ejercicio patriótico, ético y nacionalista del poder político, fue fácil para los corruptores de la constructora brasileña sobornar, burlar a la Justicia y usar a bancos del Centro Bancario Internacional de Panamá (CBI) para imponer sus reglas y asumir en forma progresiva el control del Estado, al margen del veredicto ciudadano. Las evidencias de la afrenta son claras.

Hoy, prevalece la impunidad en un sistema judicial vulnerado, en el que el concepto de imparcialidad, que debería regir en las instancias de investigación y los tribunales, ha sido desdibujado por los practicantes del delito y la articulación de grupos mafiosos que succionan las riquezas nacionales, a costa de sectores sociales empobrecidos y humillados por capitalistas sin escrúpulos.

La trampa que sirvió para urdir el fraude y comprar conciencias en los círculos de poder, devuelve al país una ruinosa imagen de corrupción, sobre la cual es imposible construir un modelo digno y mínimante aceptable ante el mundo. Panamá ostenta los peores índices regionales de corrupción y distribución del ingreso per cápita, en los que se enconan la injusticia y la inseguridad.

En ese ambiente sórdido, hay una parte de la población que rechaza la impunidad, condena el atraco a las arcas del Estado y entiende que es insostenible la fórmula del expolio aplicada por el capital financiero. El problema de la gente indignada, es que su inconformidad no ha sido traducida en una fuerza organizadora potente, con un lenguaje movilizador, llano y orientador.

Está claro que Panamá ha perdido espacios políticos, aliados y posibilidades de corregir el rumbo de una nave atrapada en un mar de escándalos, y no podrá recuperarse con la mera firma de acuerdos comerciales con China. El país ultrajado necesita más que negocios para sobrevivir. Hace falta dignidad, coraje, amor propio, soberanía y vitalidad de la juventud para avanzar.

No es necesario ser adivinos para saber que un estallido social podría estremecer a un país que no ofrece estabilidad y condena a los pobres a vivir en miseria y sin calidad de Educación. En todo caso, la respuesta sensata debe ser la organización unitaria para derrotar a la mafiocracia responsable del caos judicial, los planes de privatización y el despojo del patrimonio canalero.

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