Con qué derecho, Manolo

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Manuel Ducasa vive en las multitudes rebeldes que luchan.

Pocas semanas antes del inicio de la invasión de Estados Unidos a Panamá, en 1989, falleció en la capital panameña el dirigente político Manuel Ducasa. Ese suceso representó un duro golpe para las organizaciones sociales panameñas que resistían las presiones y el duro cerco impuesto por Estados Unidos Panamá.

En una reflexión sobre el significado de la pérdida del dirigente y organizador popular, el Bayano digital reflejó en un artículo coloquial el impacto de ese hecho, y vuelve a recordarlo, en busca de mantener viva la memoria colectiva de los panameños comprometidos en afianzar la lucha por la soberanía total.

Por Jorge Montalván

Manolete:

Te saliste con la tuya, hermano, adelantándote. Siempre con tu apuro, tu desesperación por la acción, tu delectación por el riesgo de la decisión a cualquier costo. Eso no se hace, coño, eso de morirse. A una revolución tierna, endeble, dura eso sí, no se priva de un jefe con tus voluntades. Nos dejas solos con las hienas, que ya se frotan las manos, ya se deleitan, cobardemente como siempre, en sus cuchicheos con amaneramientos y grititos. Ahí tienes a la Sussy Davis, al Wilito cobarde, a los conspiradores vendepatrias de todas las esquinas, ahí los tienes gozando de su mezquino triunfo. Porque les diste el gusto de suspenderles, eso creen, el terror de tu presencia. Imbéciles, no saben que de todas maneras dejaste otros que los deslumbren, que lo aterroricen a mero golpe de su presencia, como tú, Huilo, porque sabes por supuesto que no eres imprescindible aunque nos hagas desgraciada falta, aunque tu risa jodedora de una sola carcajada, tu malicia descubridora de sus fallas, tu inteligencia, en verdad no sean cosas de todos los días. Allá tú, hermano, que tu muerte no necesita explicaciones.

Pero te pierdes lo de El Salvador y el triunfo de Mandela, te pierdes la subida al Ancón en el 2000, que de todas maneras va, como bien sabes, y todas trifulcas de hombre que tanto gustaste y en donde tanto enseñaste tu ternura con textura. Te pierdes el gusto de las puteadas a los ñañecos, las risotadas en medio de los tragos, las pateaduras a la soberbia de la rabiblanquera, y las ninfas, Manolete, tus ninfas que pasean sus cadencias de bugalú. Los compas de todos lados te reclaman, y tú tan indiferente a pesar tuyo. Los jóvenes, tus cuadros, absortos en tu presencia empecinada, pero como siempre indóciles, como tú dispuestos a rifársela, no sólo con los payasos y los inútiles que ni a obedecer han aprendido, sino que con los mismos que se creen de verdad rambos y tarzanes, porque hay de todo, para todos, dicen, sacando a relucir tu orgullo. Por qué nos haces esto, hermano, con qué derecho, quien te crees que eres. Nos dejas con la furia de la impotencia, ante tu muerte, con la frustración de la tardanza irrecuperable. Estás jodido, Huilo, condenadamente jodido, mientras te deshojas inexorablemente en tus silencios de piélagos.

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