Asamblea Nacional atrapada en su laberinto

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Juramentación de la presidenta de la Asamblea Nacional, Yanibel Ábrego.

Por Julio Bermúdez Valdés

La percepción que me queda, es que la tragedia de la Asamblea Nacional de Diputados va más allá de lo que expresan las sucesivas elecciones de su junta directiva.

Quienes afincan la crítica en este aspecto, eluden, con o sin intención, el verdadero problema. Las elecciones de directiva sólo reflejan el drama que encuentra origen en un contubernio avalado en la propia Constitución de la República, en las leyes electorales, en la dislocada participación quinquenal del electorado, en el señalamiento incisivo y oportunista de quienes adversan a las fuerzas en el poder, y luego, en la actuación fugaz pero letal de los propios diputados.

Así que juzgarla con objetividad pasa, a mi criterio, por un examen de la legislación que la sustenta y de la forma como actúan quienes la eligen, quienes se valen de ella para sus proyectos y aún más, quienes la combaten. Los titulares de los impresos no varían mucho cada año, porque la Asamblea es la panacea de la maniobra, el escenario donde se nivelan las medidas, buenas o malas, que definen el rumbo que toman ciertos proyectos, el destino de la opinión pública y la suerte del país.

En el fondo, se trata de la lucha porque el parlamento tenga un desempeño conforme al sistema democrático que dice representar y por quienes lo han convertido en una suerte de caja mágica, donde aparece lo inesperado y desparece lo que se espera: una especie de ardid maléfico donde quienes dicen defenderla, deben poner al descubierto a aquellos que la utilizan para su provecho.

Hay que señalar que la famosa independencia de esa corporación es una fábula, desde el momento en que su presupuesto de funcionamiento se lo asigna y lo desembolsa el poder Ejecutivo. ¿Transcurre esta operación sin condiciones? ¿Qué es lo que hace posible que la correlación en el hemiciclo tome un rumbo determinado? Y no se trata de si el diputado se deja o no; más bien, se trata de si este puede o no, si tiene la moral y la independencia que le permita actuar según la conciencia colectiva que lo eligió, y no a discreción sus intereses particulares.

El sistema está hecho para que quien quiera conservar su protagonismo político, dependa de esas asignaciones. Y sucede que cada diputado es un político, y salvo excepciones, muchos son los parlamentarios que toman esto en serio. Por muy sano que sea, una vez el sistema “lo atrapa” no le queda otra que entrar en el juego, y en el camino sacarle provecho. Pocos son los que no se han dejado atrapar. Hacer lo contrario “es una tontería, una pérdida de tiempo y de oportunidades”, dicen algunos.

Entonces, lo lógico es que “actuemos en armónica colaboración”. Al final, el gran ausente de esa “armónica colaboración” es el electorado, y terminan por definirla dos actores: los órganos ejecutivo y legislativo, donde este último no parece tener muchas ventajas, salvo que acepte las reglas.

Esas son, a mi criterio, las condiciones que rodean cada día el actuar de un diputado, y, colectivamente, a la de la Asamblea. Condiciones que dan pie al transfuguismo que muchos critican como si ignoraran las causas que lo generan: no habría transfuguismo sin ofertas y nadie ofertaría si el transfuguismo no tuviera mercado.

El sábado, el Partido Revolucionario Democrático (PRD) parece haber intentado sacar a sus diputados de ese círculo, presentando una propuesta opositora tres años después de ser parte de un pacto parlamentario destinado a garantizar la gobernabilidad en el país.

Dos horas después del discurso del presidente Juan Carlos Varela, Pedro Miguel González, dirigente del PRD, realizó una rueda de prensa con críticas severas hacia el gobierno, para que no quede dudas de la orientación opositora que va asumiendo ese colectivo.

Sin embargo, para convencer a la opinión pública, el PRD tendrá que hacer más. No basta asumir un discurso opositor radicalizado. Es de esperar que en adelante esta organización política se torne más consultiva y representativa de la inconforme agenda social que transcurre en el país, para recuperar una credibilidad altamente accidentada desde hace 10 años. Ese es, a mi criterio, el gran reto.

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