A un año de los atentados, París todavía cura sus heridas

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La policía evacúa a supervivientes del atentado del Bataclan en París, viernes 13 de noviembre de 2015.

A un año de los atentados, París todavía cura sus heridas

El periodista Hugo Passarello, de Radio Francia Internacional (RFI), preparó un extenso reportaje en ocasión del 13 de noviembre de 2015, la fecha en que 130 personas eran asesinadas en París en unos ataques reivindicados por el grupo yihadista Estado Islámico.

Bayano digital se solidarizó con las víctimas de esos sucesos y reafirma su condena a los actos de terrorismo. Para recordar esos acontecimientos RFI habló con los supervivientes de la tragedia. Para las cientos de personas que resultaron heridas, física y psicológicamente, fue un año de operaciones, tratamientos y terapia para sobrellevar y superar lo vivido.

Debido a la importancia de esas voces, en el contexto internacional Bayano digital incluye algunos de esos testimonios profundamente humanos, obtenidos por la radioemisora francesa. De hecho, en París, nadie olvida dónde estaba la noche del viernes 13 de noviembre de 2015, cuando estallaron los actos de violencia.

Inès Daïf lo recuerda, quizás, más que nadie. Fumaba y bebía vino en la terraza del Café Bonne bière con un amigo. Apenas llegó a decirle “unos chicos nos tiran petardos en la cara” antes de darse cuenta de que una ráfaga de balas le había dejado el brazo izquierdo colgando del hueso. Otras dos balas le explotaron el tobillo. Rengueando y arrastrando a su amigo, también herido, logró entrar en el café y esconderse en el segundo piso.

“Sentía que me iba a morir. Había perdido mucha sangre”, dice hoy Inès, un año después de los atentados de París reivindicados por el grupo yihadista Estado Islámico que dejaron 130 muertos.

Cinco días estuvo en reanimación. Recién nueve meses después, en julio, pudo salir del hospital. “Ahora estoy en fase de reeducación”, dice Inès que a los 24 años tiene que volver a aprender a disponer de su cuerpo. “Me suturaron el nervio radial, me acortaron el brazo –las balas le arrancaron seis centímetros del húmero– y me sacaron partes del hueso de mi cadera para trasplantarlos en el tobillo y en el brazo”, dice Inès sentada en la terraza de un café a sólo 400 metros del Bataclan, donde masacraron a 90 personas.

Inès no sabe todavía que el dueño del café donde me citó cayó baleado por los terroristas mientras festejaba un cumpleaños en otro bar. No se perturba al descubrirlo. “He aceptado lo que pasó, y ya lo quiero olvidar. No es una negación, ni una resignación. Quiero superarlo.”

Un año de trabajo físico le tomó a Inès comprobar que los médicos tuvieron razón al no amputarle el brazo. “Recién hace un mes logré levantar el puño. Fue un milagro”, dice sonriendo. Los médicos tampoco creían que volvería a caminar y hoy lo hace con tacos altos, como si el tobillo nunca hubiera sido destrozado.

Nada permite sospechar que su cuerpo está ahora recorrido por cicatrices. Ni que todavía tiene una bala junto a la rodilla. “Me van a operar de nuevo y quedaré internada entre tres a cinco meses”.

Como Inès, otras 350 personas fueron heridas durante los ataques. Para ellos fue un año de largas horas en ergoterapia, visitas a cirujanos y kinesiólogos, y también psiquiatras.

Tuve que aceptar mi nuevo cuerpo. Cuando me miré al espejo tenía el brazo más corto y el lado izquierdo de mi cadera hundido, por los huesos que me sacaron. Mi cintura ya no es simétrica. Pero el hueso volverá a crecer. La relación con mi novio me ayudó. Pierdes tu cuerpo de mujer y lo vuelves a encontrar en la mirada de tu hombre. Y tienes ganas de probar a este hombre que vas a hacer todo lo posible para recuperarte. Hay días que me doy cuenta de que no puedo recuperar las capacidades que tenía antes. Hay días que me siento sola por lo que he vivido. Siento angustia y no tengo nadie para hablar. Te destruye la confianza, y tienes que recuperarla.

Avanzar es vivir con esto. Todos los atentados me afectan, los de Turquía, los de Irak, para algunos esto es una realidad cotidiana. No tengo odio hacia las personas que me dispararon. Era gente perdida que manipula una religión. Soy franco-marroquí, mi padre, quién ya murió, era musulmán y mi madre es cristiana. Yo leí el Corán cuando tenía 16 años, pero soy atea. Este ataque me obligó a hacer una recomposición entera de mi persona, de una manera filosófica. No tengo odio.

Inès enciende su cuarto cigarrillo en una hora y recuerda que faltan pocos días para que ya sea nuevamente 13 de noviembre.

“Me voy a ir de París. Y haré algo festivo para esa fecha. Antes me encantaba la ebullición y el dinamismo de París”, dice Inès que llegó a la capital hace dos años para estudiar. “Pero ahora cuando voy al trabajo me cruzo con no sé cuántos militares armados. Ya no quiero vivir acá”.

En París, nadie olvida dónde estaba la noche del viernes 13 de noviembre de 2015.

David Fritz quizás más que nadie. A través de la ventana veía el edificio al otro lado del pasaje Saint-Pierre-Amelot. A pesar de que apenas eran las diez de la noche, ya nadie caminaba por la estrecha calle. El barrio estaba en silencio. Las luces de los departamentos apagadas. Salvo una habitación, apenas iluminada por un televisor.

“Allá hay vida. Todo sigue normal. Y yo acá encerrado en una pesadilla”, se dijo David que junto a otras 11 o 12 personas –la memoria no le da la cifra exacta– era uno de los rehenes de los dos terroristas que todavía seguían vivos, agazapados en una pequeña pieza del Batacan esperando el asalto final de la policía.

Sólo unas horas antes, David, hoy 24 años, estaba con cuatro amigos escuchando a los Eagles of Death Metal desde el primer piso de la sala. “Fui un minuto al baño”, dice David. Su teléfono vibró. Era su padre que miraba el partido de fútbol de Francia contra Alemania. “Hubo un atentado en el estadio”, avisaba el mensaje de texto. David no terminó de guardar su teléfono en el bolsillo cuando desde la sala ya las ráfagas de Kalashnikov acallaban la música.

El resto fue confusión. Las luces se habían prendido. David se asomó desde el primer piso y miró hacia la “fosa”, el espacio abierto abajo frente al escenario. Ya la gente corría, gritaba y caía.

David no encontró la salida de emergencia que usaron sus amigos y al intentar llegar al techo saliendo por una ventana se encontró haciendo equilibrio en una fina cornisa a varios metros del asfalto. “Estaba seguro de que iba a morir. O me caía o me disparaban”.

No cayó y uno de los terroristas le ordenó entrar.

– “¿De dónde eres?”, preguntó el atacante apuntándolo con la kalashnikov.

– “De Chile”, respondió David, que tiene tez morena y pelo largo.

“Cuando le respondí eso vi en sus ojos desinterés. Después de eso Mostefaï no volvió a hablarme”, dice David que llama al terrorista por su nombre.

“Para mí llamarlo terrorista es poco. Todo el mundo puede ser terrorista, pero al principio somos humanos. Él era humano. Tenía dos ojos, y una boca como yo. Era un inmigrante, como yo”, dice David quien llegó a Francia a los cuatro años desde Pucón pero nunca se naturalizó francés.

Dos horas y media estuvo junto a Mostefaï y Foued, el otro terrorista, encerrados en una diminuta pieza del primer piso. Los escuchó hablar de Siria, preguntar a los rehenes sus opiniones sobre el presidente francés François Hollande. A veces, Foued salía y desde el balcón continuaba disparando a quienes habían quedado atrapados en la fosa. A las 00:19, cuando las fuerzas especiales iniciaron el asalto, los terroristas se hicieron explotar. David y el resto de los rehenes salieron ilesos. “Sólo me quemé un poco la pierna con el fuego de la explosión de Mostefaï que se detonó a pocos metros de mí”.

Precilia Correia murió en el atentado del Bataclan. Su madre ha conservado su habitación tal y como la dejó aquel 13 de noviembre de 2015.
Precilia Correia murió en el atentado del Bataclan. Su madre ha conservado su habitación tal y como la dejó aquel 13 de noviembre de 2015.

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