Torrijos se negó a arroparse con la bandera de EE.UU.

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Torrijos se negó a arroparse con la bandera de EE.UU.

(Discurso pronunciado el 15 de marzo de 1973, en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, reunido en Panamá), remitido a Bayano digital por la escritora e investigadora Dalys Vargas.

Mi país da las gracias, con la franqueza que caracteriza a este noble pueblo panameño, por la presencia de los representantes de los Estados miembros del Consejo. De igual modo, tengo la certeza de que los hermanos países de la región latinoamericana hacen suyo este honor, ya que ellos sienten el positivo impacto que ocasiona el poder hacernos oír en este amplio escenario mundial.

Esta bienvenida la hacemos extensiva al señor secretario general de la Organización, doctor Kurt Waldheim, a los distinguidos representantes de los hermanos países de América Latina, al presidente del Grupo Latinoamericano de las Naciones Unidas, al secretario general de la Organización de los Estados Americanos, a los observadores de los Estados de otras regiones y de otros organismos internacionales, y a la prensa mundial, que tanto cooperó con este pequeño país para ponernos en la biografía de la dignidad del mundo.

Vengo a hablarles a nombre de un pueblo que no se alimenta con odio y al que la sencillez de su corazón lo ha hecho perdonar ofensas y enrumbar su destino hacia la consecución de su propia identidad, porque quien tiene la razón no recurre a insultos. Ya lo dijo Martí: “los pueblos, las naciones o las personas que olvidan las ofensas, es porque tienen muy buena memoria”.

Panamá constituye parte muy importante en la historia de la humanidad. Vuestras naves, cuando transitan el Canal, este paso obligado que comunica el Océano Pacífico con el Atlántico, están recorriendo cincuenta millas de nuestra no pacífica historia. Por lo tanto, para nosotros, es propicio manifestar cuál es nuestro modo de pensar ante los flagelos que amenazan con destruir la pacífica convivencia del mundo.

Panamá entiende muy bien la lucha de los pueblos que sufren la humillación del colonialismo; de los pueblos que nos igualan en restricciones y servidumbre; de los pueblos que se resisten a aceptar el imperio del fuerte sobre el débil como norma de convivencia; de los países que están dispuestos a pagar cualquier cuota de sacrificio para no ser sometidos por los más poderosos; de los hombres que no aceptan el ejercicio del poder político de un gobierno extranjero sobre el territorio que los vio nacer; de las generaciones que luchan y seguirán luchando por erradicar de su patria la presencia de tropas extranjeras, sin el consentimiento del país ocupado; de los nativos que no admiten ser vistos como inferiores o como animales; de los que luchan por explotar sus propios recursos para su propio beneficio y no para subvencionar la economía de un país prepotente; de los países que no admiten ser exportadores de mano de obra barata; de las masas irredentas que pagan con su sangre la erradicación de la miseria, la injusticia, la desigualdad a que las han sometido los poderosos, nacionales o extranjeros; porque la oligarquía no tiene nacionalidad. El colonialismo es la cárcel del hombre libre.

Impactan el alma de nosotros, los panameños, todas estas situaciones descritas porque en una u otra forma las hemos sentido a través del devenir de nuestra historia republicana.

Panamá confiesa en esta alta tribuna, que nosotros no podemos aceptar el sometimiento económico de un país sobre otro, ni la penetración política, cultural y económica, porque esto no es más que neocolonialismo; es decir, un colonialismo depurado, un colonialismo disimulado que se hace presente en nuestro pueblo, a través de la ayuda económica condicionada que no busca el desarrollo de nuestro país, sino el control de su pueblo. De todos estos flagelos hemos sido víctimas. Todas esas condiciones que han impedido nuestro desarrollo, Panamá las siente como, siente la lucha que están librando otros pueblos para erradicar estos mismos males.

Nuestros cementerios de lucha rebelde están llenos de panameños, convertidos en una cruz porque pelearon por el derecho a que la Patria decidiera por sí misma su propia norma de conducta, sin injerencias extrañas; por mantener el derecho de los pueblos a escoger libremente sus amigos o sus enemigos; porque nadie le regatee a ningún pueblo del mundo el derecho a la explotación y aprovechamiento de sus propios recursos; porque no se nos niegue el derecho a elegir nuestra propia forma de vida; porque no se nos presione cuando queremos trazar nuestra propia política internacional y el derecho inherente que tiene cada pueblo a poder comunicarse libremente con el pueblo que quiera. ¡Que se respete el sagrado principio de que cada país debe estar en condiciones de elegir los esquemas que quiera, el método de gobierno que quiera, en búsqueda de su propio desarrollo. Qué se nos deje, por favor, buscar la receta que cure nuestros propios males!

Me asombro cuando veo que cierto grupo de naciones se escandaliza porque los pueblos reclaman el derecho a explotar sus recursos naturales, las riquezas de sus mares, la riqueza de sus puertos, la riqueza de su suelo, de su tierra, de su mano de obra, de su posición geográfica, en beneficio de sus connacionales y no en contra de ellos. Luchan porque sus recursos no renovables no subvencionen las economías de los países ricos y desean que la riqueza de su suelo tenga la nacionalidad del país que lo posea; porque éste es un derecho inherente de cada país, como inherente es el derecho de Panamá a explotar su posición geográfica en beneficio de su propio desarrollo.

A 150 años de independencia de este continente, muchas de estas situaciones aún se mantienen vigentes en este sector latinoamericano. La nacionalización es una figura redundante. Cuando yo veo en la prensa que Chile nacionalizó su cobre, me pregunto: ¿y no era ese cobre chileno? Cuando yo veo en la prensa que el Perú, con esta nueva generación de oficiales para el cambio, que encabeza ese gobierno, nacionaliza su petróleo, digo: ¿y no era ese petróleo peruano? Por eso, la nacionalización de estos recursos no es más que una figura redundante, porque ellos tienen la nacionalidad del país que los posee.

El despertar de América Latina no debe ser obstaculizado, sino apoyado para poder propiciar la paz. Una nueva conciencia se está creando en el hombre latinoamericano y sólo podrá haber paz si se permite que esta conciencia siga su propio cauce. Quien se opone a esta actitud está creando la hostilidad que propicia la existencia de convulsiones. Si se nos impide emprender cambios pacíficos, estamos empujando a nuestros pueblos a que propicien cambios violentos.

La lucha que libran los pueblos del Tercer Mundo por obtener su verdadera independencia política y económica constituye el más digno ejemplo que estamos legando a nuestras futuras generaciones.

Las posiciones adoptadas por los pueblos africanos, que están soportando su pobreza con mucha dignidad, pero sin resignación ni sometimiento, son un ejemplo que debe enseñarse en el aula de clases de nuestros adolescentes.

Los bloqueos y las presiones deben avergonzar más a quienes los ejercen que a quienes los reciben. Cada hora de aislamiento que sufre el hermano pueblo de Cuba constituye sesenta minutos de vergüenza hemisférica.

Nosotros queremos pedir a las Naciones Unidas que no admitan ser un simple espectador, o que se conforme con el papel de bombero dentro del drama de la humanidad, para que pasen a ocupar un papel más activo en la solución de los problemas reales que viven nuestros pueblos. En la proporción en que esta Organización tenga vigencia, en esa misma dimensión podemos nosotros, los países pequeños, garantizar a nuestros propios pueblos que podrán vivir en paz permanente.

Nuestros problemas son comunes; nuestros deseos son los mismos. La cruz de un patriota caído en cualquier cementerio del mundo no es diferente, sino igual, a las cruces que ha ocasionado en nuestro país la lucha por nuestra verdadera independencia.

Panamá no puede aceptar como norma de derecho internacional las consideraciones por los llamados intereses vitales o de seguridad nacional, y no podemos aceptarlas porque sabemos la humillación que hemos sufrido a través de setenta años de vida republicana y porque nos compenetramos plenamente con el pensamiento de Amílcar Cabral, ese gran líder independentista del África, cuando dijo: “Solidaridad sin igualdad es sólo caridad, y la caridad nunca ha contribuido al progreso de las naciones ni de los seres humanos. Y seguridad sin igualdad es sólo paternal control autoritario, proteccionismo, colonialismo, y esto está en conflicto con los sentimientos de liberación de las naciones y de los seres humanos”.

El pensamiento de este gran hombre, convertido en mártir, tiene completa vigencia dentro del problema que vive nuestra Patria.

Si Benito Juárez dijo que “El respeto al derecho ajeno es la paz”, ¿por qué no se nos respeta? ¿Por qué se nos provoca? ¿Por qué se nos somete? ¿Por qué no dejan a este pueblo panameño inofensivo, eufórico, que viva en paz?

En el caso particular de nuestro país, que hace setenta años abrió sus entrañas para beneficio de la marina mercante del mundo, y que hoy abre sus sentimientos ante esta histórica tribuna, se nos hace muy difícil comprender cómo un país que se ha caracterizado por no ser colonialista insista en mantener una colonia en el corazón de nuestra Patria. Para ese pueblo, esto debe ser una ofensa, porque ellos fueron colonia y sintieron lo denigrante de serlo y lucharon heroicamente por su liberación. Altos mandatarios de Norteamérica: es más noble enmendar una injusticia que perpetuar un error. Al mundo, hoy aquí presente, le pedimos que nos apoye moralmente, pues la lucha del débil sólo se gana cuando hay un apoyo moral de la conciencia del mundo. Porque ya nuestro pueblo está llegando a un límite de paciencia.

Distinguidos miembros del Consejo de Seguridad, distinguidos invitados: Nuestro pueblo quiere que piensen y mediten y se nos dé una respuesta sobre estas preguntas: ¿Es justo no respetar a una bandera que jamás ha sido utilizada como estandarte de una agresión? ¿Será moral negarle a un país sus ventajas naturales que le son inherentes, sólo porque nuestro reclamo lo hace una nación débil? ¿En qué diccionario jurídico moderno se consagra el concepto de perpetuidad como base de negociación?

Por último, como un mensaje muy especial que me ha pedido la ciudadanía, queremos decirle a la conciencia mundial —y que esto quede bien claro en la mente de todos— que nunca hemos sido, que no somos, ni nunca seremos, Estado asociado, colonia o protectorado, ni queremos agregar una estrella más a la bandera de Estados Unidos.

(La batalla de Panamá, páginas 116 a 122. Énfasis suplidos).

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