Se prendió el continente

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Michel Temer en la encrucijada en un país en llamas.

Un viejo adagio popular reza: “Con la vara que midas, serás medido y una cuarta más”.

Por José Dídimo Escobar Samaniego

Michel Temer, el que encabezó el proceso chueco contra Dilma Vana da Silva Rousseff, la ex presidenta reelecta por el pueblo de Brasil, ha determinado aferrarse al poder por encima de procesos de investigación que se adelantan ante la Fiscalía de ese país por graves actos de corrupción.

Su tozudez ha desembocado en violentos incidentes, con incendios en tres edificios ministeriales, escenas de vandalismo y una represión que no tiene parangón en la capital brasileña y en varias importantes ciudades de ese país en las que las fuerzas de seguridad, le han dado lugar al propio ejército, ya que fueron rebasadas ante la determinación de pedir la renuncia de Temer y proceder a convocar al pueblo para que elija a un presidente legítimo y se acabe el período de insolvencia democrática y el ejercicio del poder público por personajes vinculados a la corrupción que ha permeado y debilitado a las instituciones del más grande Estado latinoamericano.

En un campo de batalla se ha convertido la capital Brasilia, sede del gobierno, y la tensión se ha desbordado en el corazón político del país. Una multitudinaria protesta de más de 150.000 personas venidas de todas partes, en contra del gobierno, al que califican de ilegítimo.

Las protestas han levantado los ánimos que amenazan con un levantamiento general del pueblo, sino se le encuentra una salida al ejercicio del poder público de Temer, ante tan graves acusaciones y evidencias de ser parte de la corrupción junto al ex presidente de la Asamblea o Parlamento de ese país, Eduardo Cunha; el diputado que lideró esta acción en acuerdo con Temer, quien era vicepresidente del Dilma, y quien dos semanas después del juicio político que sacó de la Presidencia de Brasil a Dilma Rousseff, también cayó producto del destape de actos de corrupción que le atribuían a Dilma.

El pueblo de Brasil está hastiado de tanta corrupción y confronta medidas económicas del gobierno que afectan la disminuida situación de las familias brasileñas.

Aquí cabe señalar que los actuales gobernantes, exigieron la salida de Dilma y por esas mismas razones, más graves ahora, se resisten a salir del gobierno, a pesar de pruebas irrefutables de sus conductas antijurídicas, por lo que el pueblo se ha levantado para poner fin a tanta lenidad.

Ojalá en Panamá la población también asumiera ese compromiso de limpiar al país de la gran mancha de corrupción que hoy ahoga a los panameños y que ha puesto en jaque a todas las instituciones y a la seguridad pública y la seguridad nacional, y en cuyo proceso de degradación y corrupción generalizado, también tiene serios vínculos con hechos que se debaten en las calles de Brasil.

En este caso, sin embargo, y a pesar de la violencia del ejército contra su propia población, en la Organización de Estados Americanos (OEA), nadie ha dicho “esta boca es mía”. Es evidente que reina allí un doble rasero en sus decisiones.

¡Así de sencilla es la cosa!

 

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