Reagrupar al torrijismo y las fuerzas afines

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Omar Torrijos en un mitin al aire libre.

Por Nils Castro
Profesor, escritor y diplomático panameño

Aunque la época ya no es la misma, como tampoco muchos de sus desafíos, los propósitos y valores que le dieron vida al torrijismo son tan necesarios como antes.

El perfil ideológico y político de las acciones y el liderazgo de Omar Torrijos fueron propios de su época, pero esto no implica que su vigencia se agotó en aquel tiempo.

Al contrario, lo que él tomó de aquel período fue un conjunto de anhelos, valores y principios que concretó dándoles un método eficaz por su adecuación al país y su circunstancia regional.

Aunque la época ya no es la misma, como tampoco muchos de sus desafíos, coyunturas y actores, sí lo son los propósitos y valores y el estilo de trabajo que le dieron vida al torrijismo, los cuales, frente a las nuevas exigencias y retos, son tan necesarios como antes.

Su vitalidad sigue activa al margen de cualquier partido político. De hecho, el torrijismo fue el movimiento dominante de la gestión gubernamental y la cultura política de los años 70, cuando el Partido Revolucionario Democrático (PRD) no existía. Sus atributos se formaron en las luchas populares de las tres décadas anteriores y, tanto hoy como ayer, también los han compartido muchos compatriotas que no se consideran torrijistas.

Lamentablemente, ahora ciertos voceros del PRD son ajenos a dichos valores y, como dice un veterano militante, “el torrijismo se ha quedado sin partido”.

Esa vigencia viene del ambiente cultural y moral en que se formó dicho modo de valorar, pensar y actuar que en los 70 pasó a llamarse torrijismo. Viene de las experiencias acumuladas desde la lucha contra el tratado Filós-Hines y la formación del Frente Patriótico hasta las siembras de banderas en la zona del Canal y la gesta del 9 de enero, entre otras.

Viene de cuando el movimiento popular y patriótico aceleró el desarrollo de su conciencia y su fuerza. Y, más allá de nuestras fronteras, del auge de los movimientos anticoloniales africanos y asiáticos -no es casual que Torrijos admirase a Amílcar Cabral-, los movimientos insurreccionales latinoamericanos, las revoluciones del 68 y el movimiento norteamericano por los derechos civiles.

Eso caracterizó al torrijismo como un movimiento de liberación nacional. Y así lo demostraron tanto los adelantos sociales y patrióticos logrados por nuestro pueblo desde inicios de los 70 en los sectores agrario, laboral y de salud, la modernización institucional y el sistema de representación popular, como la independencia diplomática, la solidaridad latinoamericana y la capacidad de movilizar el respaldo mundial a las reivindicaciones panameñas, que fueron parte de ese ambiente internacional y se nutrieron de él.

Se puede incursionar en la política para uno de dos fines. El propósito virtuoso de cambiar una realidad injusta y atrasada. O, el vicioso, de gozar las mieles del poder y el erario nacional. En los años 70, millares de ciudadanos se sumaron al torrijismo por su anhelo de rehacer al país, asumiendo un nuevo proyecto de desarrollo con justicia y solidaridad sociales. Ese proyecto impulsó una enorme transformación, que tras la muerte física de Omar quedó incompleta y sin consolidar.

Es indispensable reagrupar las corrientes torrijistas y afines para recuperar su partido y el proyecto transformador que haga de este país la patria de todos los panameños.

En particular, se frustró la estrategia del repliegue democrático iniciado por él. Precisamente, la razón originaria del PRD era implementar ese aspecto del objetivo virtuoso: retornar a los guardias a su especialidad profesional y continuar el proceso revolucionario por medios participativos y electorales, con base en las organizaciones sociales y comunitarias.

A este propósito de continuidad democrático-revolucionaria se debió el nombre que Omar Torrijos le puso al partido. Pero su prematura muerte ocurrió cuando el PRD aún no estaba en condiciones de garantizar el repliegue, lo que favoreció el extravío del proyecto.

Todavía padecemos sus consecuencias. Al incorporar la economía canalera al patrimonio nacional, obtuvimos un país con fuerte capacidad de crecimiento, pero al que le usurparon aquel rumbo del desarrollo humano incluyente y sostenible. En consecuencia, un crecimiento desigual, injusto y corrupto, moral y cívicamente inaceptable.

Por consiguiente, es indispensable reagrupar las corrientes torrijistas y afines para recuperar su partido y el proyecto transformador que haga de este país la patria de todos los panameños.

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