Pingüinos reales en la isla de la Posesión

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Pingüimos en la isla de la Posesión. (Foto: Stefano Unterthiner).

Pingüinos reales en la isla de la Posesión

  • Año tras año, cuando llega la época de cría, una multitud de pingüinos reales se apoderan de la isla de la Posesión.

    National Geographic

Lo primero es el ruido, el alboroto de los pingüinos reales con sus reclamos, peleas y cortejos, algo similar al griterío de un patio de escuela elevado a su máxima potencia. Después llega el olor, un hedor sofocante a pescado y amoníaco del guano de las aves. Pero el asalto al oído y el olfato no es más que el preludio de lo que le espera a la vista. Tras coronar una cresta volcánica en la isla de la Posesión, una húmeda y ventosa mancha de tierra en el archipiélago de las islas Crozet (unos 2.500 kilómetros al norte de la Antártida), el fotógrafo Stefano Unterthiner se encontró ante un valle completamente tapizado por una alfombra de pingüinos reales: decenas de miles, todos de pie como si se hubieran congregado para una manifestación.

Era verano en el hemisferio Sur, la temporada de la puesta, época en que los pingüinos, tan ágiles y veloces en el agua, salen torpemente a la orilla para mudar el plumaje, encontrar pareja y, con suerte, producir una nueva generación de pollos. Como corresponde a su nombre, el pingüino real se caracteriza por su aspecto majestuoso. De un metro de alto y unos 13 kilos de peso, es, después del emperador, la segunda especie de pingüino de mayor tamaño. También se distingue fácilmente por sus marcas anaranjadas en la cabeza, el pico, el cuello y el pecho.

En la isla de la Posesión la especie ha establecido seis colonias de cría, la mayor de las cuales está en un peñascal de unas 36 hectáreas que los investigadores franceses han bautizado como «Jardín Japonés». Lejos de ser un espacio meditativo, la colonia bulle con la actividad de miles de aves que defienden sus parcelas no más grandes que una tapa de alcantarilla. Los pingüinos reales no construyen nidos. En su restringido espacio, macho y hembra se turnan para incubar un único huevo que mantienen en equilibrio sobre las patas y cubren con un pliegue de piel. Cuando sale del cascarón, ambos cuidan al pollo con el mismo tesón hasta que su plumaje es lo bastante denso como para soportar el frío.

Durante ese período de tres meses, los adultos atacan a picotazos a todos los intrusos, sobre todo petreles y págalos, aves depredadoras que intentan robar huevos y pollos. Los científicos calculan que un pingüino real dedica cuatro horas diarias al cuidado de su cría y da 2.000 picotazos para mantener a raya a los entrometidos.

“Pese al hacinamiento, no había sensación de caos –dice Unterthiner, que estuvo en la isla de diciembre a abril–. Los pingüinos parecían muy organizados, cada uno vigilando su parcela”

Los pingüinos reales han establecido colonias en siete islas y archipiélagos estratégicamente situados cerca de la Convergencia Antártica, una zona donde las frías aguas polares se mezclan con los mares subantárticos más templados, pro­duciendo un área rica en nutrientes.

La población de pingüinos reales, estimada en 2,2 millones de parejas, goza de buena salud. Aun así, un estudio reciente en las islas Crozet, adonde acude a criar la mitad de los individuos de esta especie, revela que el aumento de la temperatura del mar está reduciendo los recursos alimenticios cerca de las colonias, por lo que el cambio climático podría suponer una grave amenaza para la supervivencia de la especie a largo plazo. Pero por ahora, el alboroto, el hedor y los picotazos son el testimonio de que los pingüinos reales conservan todo su esplendor.

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