La muerte de la centroizquierda y los Trumpistas SEGUNDA ENTREGA

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Wolfgang Streeck, Director Emérito del Instituto Max Planck para los Estudios de Sociedades y profesor de sociología de la Facultad de Economía y Ciencias Sociales de la Universidad de Colonia. http://www.sciencespo.fr

La muerte de la centroizquierda y los Trumpistas
SEGUNDA ENTREGA

EL CAMBIO DE CLASE A GRUPOS DE STATUS HA DEJADO PROFUNDAMENTE RESENTIDOS A LOS RESTOS DE LA CLASE OBRERA TRADICIONAL

Cuando la clase obrera desmovilizada se sienta abandonada gira políticamente en favor de los intereses específicos de pequeños grupos.

WOLFGANG STREECK agosto 2017

La Muerte del Centro-Izquierda

En el último cuarto de siglo, el centro-izquierda realizó un compromiso histórico con el globalismo neoliberal, un proceso que exigió la modernización económica y social. Ahora el globalismo está en crisis, en este contexto histórico debe entenderse a Trump y el Trumpismo. En el decenio de 1990, el centro-izquierda depositó sus esperanzas en el restablecimiento del crecimiento, la consolidación de las finanzas públicas, la libertad de los mercados internacionales y una reestructuración industrial y social.

La competencia internacional presionó a las economías nacionales para que fueran más eficientes. Los perdedores de la nueva era fueron castigados con salarios cada vez más bajos y prestaciones de seguridad social cada vez más reducidas.

Los ganadores fueron recompensados por mayores ganancias y menores impuestos. Estas políticas fueron difíciles de vender a los votantes de centro-izquierda, por lo que estos partidos atribuyeron las medidas económicas a las fuerzas naturales de la globalización. De este modo, el centro-izquierda pretendía escapar de su responsabilidad por el dolor infligido a su electorado. La medicina amarga no funcionó; tampoco la inmunidad política del centro-izquierda.

En todos los países del mundo capitalista desarrollado, el número de perdedores aumentó hasta que los empresarios sintieron que era su oportunidad y entraron en la escena pública. El auge de los Trumpistas fue posible gracias a la caída del centro-izquierda en Estados Unidos, Italia, Francia, Reino Unido, Austria, Holanda e incluso Alemania, donde los perdedores en la antigua República Democrática Alemana (Deutsche Demokratische Republik) fueron los primeros partidarios del nuevo partido derechista, el AfD (Alternative für Deutschland).

Los agraviados por la acelerada internacionalización de sus sociedades se sintieron abandonados por su estado nacional. Las elites encargadas de los asuntos públicos fueron juzgadas culpables de haber entregado la soberanía nacional a las corporaciones internacionales. Estos cargos son en gran parte verdad.

El neoliberalismo global ha debilitado al Estado-nación, y con él, a la democracia nacional. Los ciudadanos más afectados por estos acontecimientos sólo tenían sus votos para expresar su disgusto. El Trumpismo inició despegue en un ambiente de irritación popular por la escandalosa ostentación pública de los globalizadores. Las élites económicas y culturales habían entrado en un espacio internacional rico en derechos, dentro y fuera de los estados nacionales.

Si se entiende la democracia como la posibilidad de establecer obligaciones sociales hacia aquellos desafortunados por el mercado, las élites globales habían creado un mundo en el que no tenían ningún tipo de obligaciones. Para aquellos que conspiraban, aprovechando el creciente descontento popular, el nacionalismo apareció como una fórmula obvia tanto para la reconstrucción social como para el éxito político.

Los ganadores y los perdedores del globalismo están enfrentados entre el cosmopolitismo y el nacionalismo. La vieja izquierda se había retirado de sus luchas para apoyar un internacionalismo sin estado, entonces la nueva derecha ofreció recuperar el estado-nación llenando el vacío político abandonado por la centro-izquierda.

El disgusto liberal con la retórica de Trump apenas ha servido para que la centroizquierda se justifique ante sus electores, ha evitado explicar su fracaso con el recurso de un lenguaje político “civilizado”. Pero, el descontento es muy fuerte y ha crecido rápidamente.

La presidencia de Trump es a la vez el resultado y el final de la versión americana del neoliberalismo. Habiendo comenzado a desmoronarse en la era de George W. Bush, el régimen neoliberal logró recuperar una apariencia de vitalidad bajo Barack Obama. Con su partida, estaba destinado a colapsar bajo el peso de sus contradicciones y de sus políticas absurdas.

El osado intento de Clinton de presentarse como defensora de los estadounidenses que “trabajan duro y siguen las reglas”, mientras cobraba una fortuna por sus conferencias en Goldman Sachs estaba destinado a fracasar. También su insistencia en ser la primera presidenta. Su propuesta de baños transgénicos públicos enfureció a todos, excepto a aquellos que buscaban acceso a ellos, no importó el intento de Obama de describir el acceso a estos baños como un derecho civil. En el fondo, a nadie le importaba.

Clase, estado, partido

Hace casi un siglo, Max Weber hizo una distinción entre clase y estatus. Las clases están constituidas por el mercado; por un modo particular de vida y una exigencia de respeto social. Los grupos de status son comunidades sociales locales o particulares; Las clases llegan a ser clases sociales sólo a través de la organización.

La máquina electoral Trumpista movilizó a sus partidarios como grupos de estatus. Apeló al sentido común del honor más que a sus intereses materiales. En esto, el Trumpismo sigue al neoliberalismo del Nuevo Laborismo y de los Nuevos Demócratas, que eliminaron a las clases de su vocabulario político. En su lugar, redefinieron la lucha por la igualdad social como una lucha sobre la identidad, es decir, sobre el reconocimiento simbólico y la dignidad colectiva de un número indefinido de grupos sociales cada vez más pequeños.

El neoliberalismo había podido anticipar un descubrimiento hecho por politólogos; cuando la clase obrera desmovilizada se sienta abandonada gira políticamente en favor de los intereses específicos de pequeños grupos. Este hallazgo inevitablemente degrada los intereses generales de la clase obrera.

A medida que los Estados Unidos se fue transformando en una comunidad de grupos de status, la clase obrera perdió su identificación con el país en su conjunto, reducida en su identidad histórica, un sector ha tendido a grupos de estatus partidarios del racismo, el sexismo, la violencia armada y el declive educativo e industrial.

Como respuesta a la propaganda Trumpista, la centroizquierda transmitió, consciente o inconscientemente, a los grupos que se sienten privados de una solidad identidad, que pronto se convertirían en “una minoría en su propia tierra”. El Trumpismo, por su parte, prometió la restauración del honor nacional. El país se reconstituiría como un grupo unificado de estatus, defendiendo su integridad contra los inmigrantes y las élites urbanas.

A diferencia de la política de identidad del centro-izquierda, el Trumpismo, hablo del honor colectivo. A diferencia del centro-izquierda, Trump se dirigió a la mayoría silenciada de una clase desorganizada. Una clase que está resentida por su relegación al estatus de una minoría moral, menos digna de respeto que otras minorías debido a ofensas contra un nuevo espíritu de apertura y diversidad.

La dinámica electoral de la victoria de Trump en los Estados Unidos es ahora bien entendida. Las elecciones fueron no tanto porque perdió Clinton, sino porque ganó Trump. A diferencia de otros candidatos Trump no tuvo que aumentar la participación electoral para ganar. Habiendo insultado a los simpatizantes de Trump como una “cesta de deplorables”, Clinton colocó sus apuestas en una colección de grupos de estatus definidos por color, género, origen nacional, identificación sexual y similar.

De esta manera Hillary Clinton entregó tempranamente Pennsylvania, Ohio, Michigan, y Wisconsin. Clinton también confió su campaña en el respaldo financiero de Wall Street, de Silicon Valley y del glamour aportado por Meryl Streep y Beyoncé. Como campeona de los “estadounidenses que trabajan duro y cumplen las reglas”, Clinton no pudo explicar su sospechoso enriquecimiento. Finalmente, Trump recibió la mayor parte de sus votos de las víctimas de la desindustrialización en el centro del país.

El resultado fue una división casi perfecta del paisaje político entre las mayorías de Trump en el centro del país y las mayorías de Clinton a lo largo de las costas. Clinton se centró en el estatus más que en la clase, la clase se la dejó a Trump, quien, en un acto de genio político instintivo, hizo de la clase otro grupo de estatus, olvidado y deshonrado. Esto le permitió atraer a los votantes en circunstancias económicas relativamente cómodas, que ya no sienten suficientemente respetados por las fuerzas de la modernización cultural.

La persona de Trump y su indignante apariencia no les disuadió, al parecer porque lo que dijo estaba más cerca de su corazón que el discurso político convencional. Tampoco sus votantes se cambiaron por el hecho que no era un experto en política. Apoyarlo fue una expresión de su fe perdida en la capacidad de resolución de problemas de la política convencional.

Aunque el atractivo de Trump estaba referido al respeto, el rechazo a Clinton fue acerca de la clase. Mujeres blancas de clase trabajadora votaron por Trump. Un 62 sobre 34 por ciento. En comparación con Obama, Clinton perdió entre negros y latinos, así como entre asiáticos.

Continuará…

Traducción: Emilio Pizocaro

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