La agricultura como negocio

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Agricultura mecanizada. (Foto: Marcos Vergueiro/Secom –MT).

Por Pedro Rivera Ramos

“La transnacionalización de la agricultura orientada fundamentalmente por el lucro desmedido, le viene causando a las actividades agrícolas y al derecho a la alimentación de todos los seres humanos, un daño imperdonable e irreparable”.

La agricultura es una invención cultural que data de hace más de 12,000 años. Agricultura y Humanidad se fueron gestando a lo largo de un proceso de adecuaciones, vínculos e interacciones, donde lo humano con lo natural, las plantas y los animales, tenían una separación tan imprecisa, que las cosmovisiones de los pueblos originarios reflejaron con tanta belleza e insuperable esplendor. Concebían lo humano como parte del mundo natural, no existiendo contradicciones ni antagonismo entre un mundo y otro. Pero la agricultura ha sufrido cambios y transformaciones importantes desde su nacimiento hasta la fecha.

Aun cuando su misión principal sigue siendo la de producir alimentos para satisfacer las necesidades básicas de los seres vivos, principalmente de los humanos, esto no siempre se cumple a cabalidad, por la influencia y participación de poderosos intereses mercantilistas y corporativos. Y es que resulta un hecho inocultable que la transnacionalización de la agricultura orientada fundamentalmente por el lucro desmedido, le viene causando a las actividades agrícolas y al derecho a la alimentación de todos los seres humanos, un daño imperdonable e irreparable.

Hace poco de menos de tres décadas, existían 7.000 compañías de semillas comerciales y hoy es ya posible que solo tres lleguen a controlar casi el 60% del comercio mundial (ChemChina, Bayer y Dow-Dupont). Asimismo, tres grandes empresas transnacionales controlan el 80% del comercio mundial de granos, situación muy similar a la que existe en el comercio de plaguicidas e innovaciones biotecnológicas. Pero estos no son los únicos rasgos que tiene la agricultura del mundo de hoy.

Uno de los principales desinfectantes de los suelos, el bromuro de metilo, sigue siendo acusado de ser el responsable de la pérdida de casi el 10% de la capa de ozono. La FAO ha estimado que el 25% de las tierras agrícolas del planeta han sido degradadas por malas prácticas y que en el último siglo, se han perdido unas tres cuartas partes de la diversidad genética agrícola; mientras que alrededor del 10% de las tierras regadas, están seriamente dañadas por salinización, alcalinización y compactación del suelo. Todo esto ocurre en un mundo donde la producción de alimentos guarda más relación con la política y la justicia, que con la técnica, y donde la riqueza material aumenta junto a las grandes desigualdades sociales. Ya es una verdad de Perogrullo que la brecha entre el 20% de los más pobres y el 20% de los más ricos era en el año de 1960, de 1 a 30 y hoy se ha ampliado tanto, que se encuentra entre 1 a 80. Estas son realidades y hechos objetivos que nadie puede ni debe ignorar o subestimar en lo absoluto.

He allí porque la técnica agropecuaria predominante, debe comenzar un proceso de reconciliación con el saber campesino e indígena, cuyas cosmovisiones sentaron las bases de la agricultura que llamamos moderna. Hoy día, cualquier ejercicio profesional en la agricultura, debe hacerse desde una perspectiva ecológica, fomentando la producción y productividad sustentables de los principales cultivos alimenticios. Se ha de estar dispuesto además, a rechazar cualquier política económica y agropecuaria que vaya a comprometer seriamente la seguridad y soberanía alimentarias de los países. A reconocer en definitiva, que tal vez la tarea y responsabilidad de los técnicos agrícolas, no sea la de modificar únicamente semillas y animales, sino la de mejorar completamente los sistemas agrícolas o pecuarios existentes.

La agricultura vista desde esta perspectiva es, como una maravillosa expedición que nos da la oportunidad singular, de reconocer la existencia de visiones subestimadas y marginadas, pero que encierran una impresionante sabiduría sobre la armonía que debe existir entre todo lo vivo y el resto de la naturaleza; sobre lo delicado de alterar los ciclos y ritmos naturales, socavando de ese modo, las bases de nuestra existencia misma como especie. Nos ofrece, en fin, la ocasión irrepetible de valorar en su justa dimensión, un conocimiento que puede ayudar a resolver las grandes disfunciones ambientales que hacen hoy, más que nunca, peligrar la vida en la Tierra.

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