José Carlos Mariátegui: los deberes de la inteligencia

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José Carlos Mariátegui.

Por Gustavo Espinosa M. / Firmas Selectas

 

Si como consecuencia de las grandes guerras ocurridas en el pasado, el siglo XX bien podría ser considerado el Siglo de las armas; por la evolución de la humanidad y los avances de la vida moderna el XXI podría definirse como el Siglo de las ideas. Con ellas, la inteligencia del hombre, más poderosa que las armas, podrá cumplir un papel de primera magnitud.

Mariátegui pareció percibir siempre este fenómeno. Por eso atribuyó una incidencia decisiva a la ideología en el desarrollo social y el ascenso de las luchas que asomaron en su tiempo. Tanto en sus escritos sobre política como en sus creaciones vinculadas con la literatura, el arte y otros temas, el Amauta puso énfasis en el rol de las ideas como fuerza renovadora en nuestro tiempo.

Si algo le reprocha Mariátegui a la burguesía, es carecer de ideas, no poseer un mito. “La burguesía no tiene ya mito alguno. Se ha vuelto incrédula, escéptica, nihilista”. El proletariado, en cambio, afirmaba, “tiene un mito: la revolución social”.

Consecuentemente buscó afirmar su propio arsenal, a partir de la identificación del proceso concreto con la evolución del pensamiento humano. El papel de la imaginación, el fenómeno del mito, la fuerza de las motivaciones espirituales en la acción de los pueblos, estuvo en el centro del interés del Amauta que, sin embargo, no perdió nunca su amor por el análisis de los fenómenos reales y jamás dejó de otear el horizonte con ojo avizor, para precisar el futuro.

Para Mariátegui ‒lo recuerda en “El alma matinal y otras estaciones del hombre de hoy”‒, el mito mueve al hombre. Sin un mito -dice- “la existencia del hombre no tiene ningún sentido histórico”.

No contrapone esta base de su filosofía a un proceso social que se desenvuelve como una máquina en el marco de la incesante lucha de clases; sino que le da al pensamiento, a la idea, el lugar que le corresponde para convertirla en un instrumento eficaz de la acción liberadora.

Muchos años más tarde, un hombre de nuestro tiempo -Fidel Castro- diría “Un revolucionario debe darlo todo, estar dispuesto a darlo todo a cualquier precio por un objetivo concreto, por el triunfo de una idea, de una causa”.

En otras palabras, la idea, el propósito, el objetivo del hombre ‒su causa‒ se convierte en mito. Y a partir de allí asoma como una vigorosa arma en la lucha por un mundo mejor. La inteligencia se pone al servicio de la vida, y las ideas pasan a jugar un rol protagónico para la especie humana.

Si algo le reprocha Mariátegui a la burguesía, es precisamente eso, lo de carecer de ideas, no poseer un mito. “La burguesía no tiene ya mito alguno. Se ha vuelto incrédula, escéptica, nihilista”. El proletariado, en cambio “tiene un mito: la revolución social”.

Aníbal Ponce, quizá el argentino más parecido a Mariátegui por su lucidez y su compromiso con el pensamiento, desarrolla conceptos trasparentes referidos al papel de la inteligencia.

Hablando en 1926 de un incidente ocurrido en Milán, cuando el alcalde fascista de la ciudad resolvió disolver el Congreso Italiano de Filosofía porque uno de los expositores del evento dijo que “la autonomía espiritual no podía ser amordazada por cuanto el deber de profesores y estudiantes, era únicamente buscar la verdad”, Ponce, criticando acerbamente la inteligencia complaciente, comentó:

“Hay algo aún más grave que la humillación de los inferiores: la servidumbre de la inteligencia”. Los pensadores deben ser para su pueblo ‒añadió‒ “los vigías y los orientadores. Por eso cuando engañan y cuando adulan, su palabra adquiere a veces una repercusión nefasta”.

Excelente función que, tanto el peruano como el argentino, entregaban a los hombres de pensamiento, buscando convertirlos siempre en procuradores del más alto compromiso humano: la lucha contra los mecanismos de horror que intentan maniatar a las sociedades y a las multitudes, para colocarlas al servicio de intereses deleznables. El combate por esta causa, sostiene Mariátegui, es la lucha final en la voz de los pueblos.

 

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