“I took Panama”, Teodoro Roosevelt

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“I took Panama”, Teodoro Roosevelt

Por José Cambra

Alrededor de los sucesos del 3 de noviembre de 1903, se ha tejido una intrincada disputa entre la versión oficial de tales acontecimientos, plasmada en los primeros años de la república por mandato gubernamental en el texto de Sosa y Arce, y la denominada “leyenda negra”, originada en las acres críticas tempranamente vertidas en los escritos de autores como Oscar Terán y Belisario Porras. Pienso que es un error decantarse por una u otra, como si lo patriótico estuviera en aceptar la versión oficial y cerrar los ojos y oídos a la denuncia sobre los intereses extranjeros que gravitaron en los hechos de ese 3 de noviembre.

Con esa mente amplia de quien escudriña el hecho, sería perjudicial no advertir los intereses de una potencia extranjera, que, incluso un año antes, había favorecido a una de las partes en la guerra de los mil días. Para noviembre de 1902, las huestes liberales, contrario a su derrota en el resto de la Colombia de la época, estaban cercanas al asalto final de las ciudades de Panamá y Colón, todavía en poder del gobierno conservador de Bogotá. Entonces, Estados Unidos, que venía negociando con ese gobierno conservador un tratado para construir un canal por el istmo, invocó el derecho de intervención militar contenido en el Tratado Mallarino-Bidlack de 1846, para impedir el triunfo liberal. La continuidad de un conflicto entre una parte y el resto de la nación colombiana podía ser factor de retraso de su proyecto de canal.

Por eso, cuando en agosto de 1903, el Senado colombiano no le dio ratificación al Tratado Herrán-Hay, Estados Unidos no tuvo impedimento alguno en que Panamá se separase, apelando a Manuel Amador Guerrero y a José Agustín Arango, uno el médico, otro el abogado, de la compañía norteamericana del ferrocarril. Estados Unidos se mueve por el interés de construir el canal, por eso los llamados próceres de nuestro país firman con esa potencia un tratado, el Hay-Bunau Varilla, apenas 15 días después del 3 de noviembre.

Ese tratado infame, como lo llamara el insigne patriota Domingo H. Turner, que cedía a perpetuidad una parte de nuestro territorio a una potencia extranjera, fue también fuente de afirmación nacional. Si bien nacimos como un país mediatizado por la presencia de un oprobioso enclave colonial, se construyó nuestra identidad nacional en la lucha generacional por la reafirmación de nuestra soberanía.

De allí que el homenaje a la patria es a quienes enfrentaron y lograron que desapareciera ese enclave colonial, cuyos sacrificios nos permitieron llegar al 31 de diciembre de 1999. Es a los soldados de Coto, que enfrentaron las apetencias territoriales de una compañía bananera estadounidense, a la juventud organizada en la Federación de Estudiantes de Panamá que malogró el Convenio para extender bases militares de Estados Unidos en 1947, y sobre todo, a quienes ofrendaron sus jóvenes vidas ese enero de 1964, factor decisivo en nuestra soberanía, plasmada en el primero de los Tratados Torrijos-Carter.

Pero queda pendiente ajustar cuentas con un Tratado que ningún panameño ha ratificado, el de Neutralidad Permanente, sometido a trece (13) cambios por el Senado de Estados Unidos, que nunca fueron sometidos a referéndum nuevamente, como obliga nuestra excerta constitucional. Ese Tratado permite la intervención militar de la potencia norteña cuando así lo considere, como en efecto ya sucedió en la peor de todas las intervenciones que nuestra nación haya sufrido, la invasión del 20 de diciembre de 1989.

El general Omar Torrijos advertía, en la propia ceremonia de firma de los Tratados Torrijos –Carter, que la versión original del Tratado de Neutralidad “nos ponía bajo el paraguas defensivo del Pentágono”. Panamá ratificaría en un plebiscito ambos tratados a la vez. De manera calculada, el Senado de Estados Unidos le dio ratificación primero, con cambios fundamentales, al Tratado de Neutralidad, amenazando que de no darse una aceptación de tales cambios por la contraparte panameña, no sería ratificado el llamado Tratado del Canal que contenía la eliminación de la Zona del Canal, el desmantelamiento progresivo de las bases militares y la reversión final del canal en 1999.

El 25 de abril de 1978, cuando el Senado norteamericano ya había ratificado ambos Tratados, una declaración del gobierno nacional por vía de la Cancillería, en aras de los logros contenidos, asignaba la solución de tal dilema a “oportunas y patrióticas negociaciones que acometerán los gobiernos del futuro”. A nuestro entender, se optó por transitar el camino hacia la recuperación del canal, como efectivamente sucedió 23 años después, dejando para futuras generaciones tal tarea.

Como bien han explicado una y otra vez distinguidos expertos en la materia, un tratado que no sea ratificado por una de las partes no adquiere vigencia. Como en su momento se intercambiaron los instrumentos de ratificación, con la aceptación obligada de la parte panameña, se hace necesario su denuncia por parte del Estado afectado, en este caso el nuestro. Basta voluntad patriótica, al parecer ausente en sucesivos gobiernos, para declarar por inconstitucional, nulo de nulidad absoluta tal amenaza a nuestra soberanía.

Probablemente, allí resida la pérfida razón por la cual la Administración anterior elimina del pensum escolar la materia de Historia de las relaciones entre Panamá y los Estados Unidos, con el fin de erradicar de la memoria de nuevas generaciones tal tarea pendiente. Felizmente, por efecto de una ley propiciada por un amplio espectro de fuerzas, donde es de reconocer la iniciativa de la Asociación de Profesores de la República de Panamá, es ahora obligatoria su inclusión en el pensum de todas las escuelas secundarias y universidades, públicas y privadas, del país.

Por ello, el mejor homenaje que hoy le podemos hacer a la patria, es transitar por el camino de la eliminación de ese nefasto tratado a perpetuidad, como también el de la erradicación de la corrupción y la pobreza, para que tengamos el Panamá que todos y todas queremos, ese país digno que se merecen sus habitantes.

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