“Hay que asegurar la unidad nacional”, Omar Torrijos

Encuentro del general Omar Torrijos con jóvenes argentinos en Farallón, República de Panamá, en diciembre de 1974. Material suministrado por la colaboradora e investigadora Dalys Vargas.

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[Pregunta de la juventud peronista:] ¿Cuál es la actitud de los militares ante este proceso?

[Respuesta del general Torrijos:] Ese proceso ha acercado a los militares a la realidad nacional. Se promueven debates con frecuencia y se les informa cómo anda el país; por qué no se toma tal medida o por qué se toma esta otra, a fin de que ellos sepan cuál es el producto de este esfuerzo. Hacemos seminarios de subtenientes, tenientes, capitanes, hasta el grado de mayor. Los otros oficiales, desde el grado de teniente coronel, están en el Estado Mayor, donde nos reunimos todos los días. Y también vienen conferenciantes de afuera. A veces, hacemos seminarios mixtos entre funcionarios y oficiales, y eso da buen resultado. Los oficiales deben adquirir un buen grado de conciencia política.

–¿La Guardia Nacional no piensa en implantar el servicio militar obligatorio?

–No.

–¿Y no piensa incentivar a la juventud a tomar instrucción militar?

–Aquí la juventud ya está incentivada, está pidiendo fusiles.

–¿Y por qué no les interesa el servicio militar?

–A nosotros nos ha resultado el servicio voluntario. Aquél a quien le gusten las filas, viene y hace carrera. Además, el servicio obligatorio sería muy costoso para un país pequeño como éste.

–¿Seguramente, los norteamericanos han hecho muchos esfuerzos para adoctrinar a las Fuerzas Armadas para inculcarles una mentalidad dependiente?

–Bueno, nosotros mandamos oficiales allí, a la escuela militar de Estados Unidos. Yo soy producto de la escuela de ellos también. Pero no hay escuelas malas, hay productos malos. Caamaño [*] salió de allí. Velasco Alvarado [**] también. No es fácil adoctrinar a un hombre. Y a nosotros menos, porque los tenemos aquí dentro de nuestra propia Patria.

–Ustedes deben tener presentes muchos recuerdos del imperialismo. Además de la ocupación de la Zona, la Guardia, en particular, debe recordar muy bien que los norteamericanos disolvieron las Fuerzas Armadas panameñas.

–Sí. Metieron una cláusula en el Tratado, reservándose la facultad de mantener la paz y el orden en Panamá como pretexto para poder intervenir.

–¿Son recuerdos imborrables, verdad?

–Tanto es así, que ahora mismo tenemos soldados en el Medio Oriente [en la Fuerza de Emergencia de las Naciones Unidas] y están cuidando el Canal de Suez. Aunque no sea nuestro, estamos cuidando un canal, para que no salga otra generación traumatizada. Y todos se quieren ir para allá. Porque tenemos el complejo de cuidar canales, ya que no podemos cuidar el que es nuestro.

–¿Cómo reaccionaron la derecha y los sectores económicos dominantes ante su Gobierno?

–Bueno, el primer año se movieron bastante. Ahora como que están cediendo. No hay oposición manifiesta, en forma agrupada, al menos.

–¿Y no hubo resistencia por medios económicos?

–Eso se dio con aumentos de precios, provocando desabastecimiento, levantando rumores. Pero en realidad no es tan notorio. Antes, la Constitución decía que la actividad productiva debía ser fundamentalmente privada. Nosotros modificamos ese concepto, diciendo que las actividades productivas pueden ser privadas, estatales o mixtas. Hubo una gran oposición a estos principios, pero luego los aceptaron y se dieron cuenta de que no son tan peligrosos como pensaban.

Es que el Estado puede ir más allá de la capacidad que muchas veces tienen los empresarios privados. Nosotros estamos diseñando una fábrica de cemento estatal y otras empresas, para hacer un Estado económicamente fuerte, mientras que ellos no pueden ni siquiera pensar en emprender esas obras.

Lo que sucede, es que el sector privado no es aquí tan fuerte como en otros países. Hay que tener en cuenta que este es un país de un millón y medio de habitantes. Así es que los empresarios andan buscando al Gobierno para asociarse con él, porque hay muchas cosas que no puede hacer el sector privado, así como no puede conseguir determinados precios, que sólo pueden obtenerse a nivel de Gobierno. Así es que nos buscan para que las compras las haga el Estado.

No tuve que tratar yo, como el Presidente del Perú, el General Velasco Alvarado, a una oligarquía de cuatrocientos años, tan vieja como la higuera de Pizarro, el árbol que tienen en la Casa de Gobierno. Un árbol que tiene raíces de cuatrocientos años no es fácil de tumbar. Aquí, las raíces son más superficiales; se pudieron tumbar con un D6, no hubo que usar el tractor D8.

–Entonces, ¿usted considera que el Proceso es irreversible?

–Es que, a diferencia de otros países, aquí hemos ido a la base misma. Y no sólo las Fuerzas Armadas, también las bases van a defender este Proceso. Estamos conscientes de la necesidad de asegurar la unidad nacional y a ello tienden los seminarios de estudiantes y guardias, todo eso va galvanizando.

–¿Cuántos oficiales tiene la Guardia?

–350 oficiales. Somos pocos. Aquí no hay una superestructura donde hay muchos generales. Aquí hay un general, un coronel, cuatro o cinco tenientes coroneles. Las tres fuerzas llevan el mismo uniforme; nada de eso de que la marina opina, que la aviación opina.

–Cuando usted comenzó a tomar contacto con las comunidades, ¿qué ambiente encontró?

–Indiferencia. Yo llegaba y decía: “Buen día.” Daban vuelta a la cara o hacían como que no me veían.

–Eso, ¿por qué?

–Le tenían odio al uniforme, porque la Guardia estaba en función de poder. Un día, uno me dijo: “Si ustedes antes, cuando trabajaban como amanuenses de la oligarquía, eran atropelladores, ahora que van a trabajar para ustedes, van a ser atropelladores y medio.” Y no dejaba de tener un poquito de lógica. Pero uno, sabiendo que no era malo, le decía: “Denme un tiempecito, vamos a ver.” Y dale y dale, visitando pueblecitos, hablando con la gente. Los muchachos [de la Guardia] me preguntaban cómo me iba en las giras. “Bien, bien”, les decía yo. “Me están aceptando”. Pobrecitos, cómo los iba a desconsolar, si les decía que estábamos en la luna y que no nos aseguraba ni el Lloyd de Londres.

A los pocos meses, ya decían: “Parece que este hombre tiene características de bueno. Pareciera”. Tenían miedo a las represalias, que fuera un gobierno policíaco. Yo entré por los niños. Es que, realmente, tengo vocación por los niños. Yo los quiero y ellos me quieren. El niño intuye quién lo quiere.

Es el diario contacto. Yo estudio el área que tengo medio abandonada. Y cuando tengo tiempo, allá voy. Hay como 120 colegios secundarios en todo el país. Yo voy a los 120. Toco el timbre, junto a la escuela y comienza la discusión. Y a las escuelas que son más bravas, más las atiendo. Porque son cuentos eso de que uno no recibe presiones, como dicen los gringos. Mentira, si ellos obedecen a presiones, como todos. Hay un colegio, el Instituto Nacional, que ¡si es bravo! Los muchachos del Instituto tienen una tradición de cuarenta años de rebeldía y dicen que no van a entregar su rebeldía.

A la Universidad voy poco, pero converso mucho con los dirigentes aquí. Los universitarios me dicen “Comandante”; no me quieren decir general. Así es que, cuando les mando una invitación, firmo “Comandante”.

–¿Este gobierno alienta la idea de mantener el sistema de varias centrales de trabajadores, o se procura que en algún momento exista una central única?

–Quisiéramos que hubiera una sola, pero las cosas no se hacen por decreto. Ojalá hubiera una sola. Estamos alentando que se organicen. Es que también la patronal los desorganiza. Si estuvieran organizados, ¡cuántas conquistas se hubieran logrado! Sin embargo, ya tienen algo.

–En cuanto a las reivindicaciones a los monopolios bananeros, ¿cuál es la situación?

–Vieran qué bien se han portado los muchachos del sindicato de los bananeros en esta lucha. Esta lucha no es cuestión de un centavo más o de un centavo menos. Es cuestión de dignidad nacional. Pero fíjate tú que, muchas veces, los pobres defienden a los ricos. Ahora parece que son los muelleros [norteamericanos] los que no nos quieren descargar la fruta.

Este proceso de lucha, que es ya continental, se dio porque resultaba que el país que más exportaba, más perdía. Y llegó a un extremo en que la fruta valía tan poco, que la caja y el plástico valían más que la fruta.

Entonces nos pusimos a pensar y a aplicar el principio de la economía de la alcaldía. En las alcaldías, cuando la caja cuesta más que el difunto, los alcaldes mandan a cremar al difunto. Al pobre de solemnidad, lo mandan a cremar. Entonces dijimos: “Vamos a cremar el banano, ya que vale tan poco”. Cuando uno aprieta un poco a la compañía, ella dice: “Me voy”. Cuando los llamé, los apreté y me dijeron eso, les contesté: “Nosotros los llamamos para que se vayan”. Entonces, no quisieron irse. Dicen que ningún minero abandona sus minas.

Así quedó claro que no querían irse, que, en medio de esa lucha, había la presión del engaño.

A partir de allí comenzamos. Hablamos con los sindicatos para sembrar otra cosa y ellos dieron todo el apoyo. Pero después Costa Rica, que tenía mucho tiempo de andar en la misma cosa, dio su respaldo de aumentar el precio del banano. Figueres se portó muy bien; López Arellano, de Honduras, también. [***] El mismo general Somoza [de Nicaragua], cuando recibimos la presión de la empresa, dijo: “Ante el chantaje, boicot.” Todos decidimos resistir la posibilidad de que no se fuera a arrepentir después. Y las empresas lo están pagando. El impuesto lo pusimos nosotros y Costa Rica, Honduras, Colombia y lo mismo Ecuador, a pesar de que allí el General Rodríguez debe ser más prudente, porque tiene trescientas mil personas dependiendo del banano, mientras que nosotros tenemos ocho mil.

–¿Cómo ha evolucionado la situación en el agro?

–Cuando yo era un joven oficial, un porcentaje importante de la población penal estaba detenida por asuntos de tierra. Eso desapareció de Panamá. Con eso no quiero decir que el problema de la tenencia de la tierra esté resuelto del todo. Voy a transmitir una impresión personal: La reforma agraria, más que tierra, es hombre. Yo antes creía que era tierra, y dimos tierra, y tierra.

La tierra está allí, no se va. La puedes adquirir o expropiar. Pero lo que más importa es la organización. El primer año repartimos tierra indiscriminadamente. Es fácil repartir, y hasta agradable.

Pero recuerdo lo que me sucedió en un asentamiento, en Barú. Allí tenían dos mil hectáreas de arroz. Le propuse al jefe del asentamiento, un tipo muy despierto: “Vamos a las cinco mil este año.” Contestó: “No, mil hectáreas solamente.” Al principio no me gustó la respuesta. El jefe explicaba: “Vamos a explotar las tierras, pero organizadamente.”

Y así debe ser. Poco a poco lo fuimos aprendiendo y los mismos campesinos también saben que, en la proporción en que se organicen, tendrán la tierra. Y mientras uno pueda garantizar que mediante el esquema de asentamientos, de cooperativas, o de juntas agrarias, produzca la tierra, hay que dejarla producir con el esquema que está vigente. Porque, a fin de año, los totales cuentan.

En cuanto a la reforma en conjunto, ya el treinta por ciento de los granos está en manos de los distintos grupos. Y será el sesenta por ciento o más, en la medida en que se vayan organizando.

Otra cosa que comprobamos es que, en muchos casos, los líderes de la lucha pro consecución de la tierra, que tanto tiempo estuvieron detenidos y perseguidos y que quedaron automáticamente como presidentes de los asentamientos, se quemaron porque no eran líderes de producción. Con eso perdimos otro año. La producción no andaba ni para atrás ni para adelante. Hasta que se fue perfilando otro tipo de líderes, “líderes de producción”. Hay asentamientos que vuelan solos, se manejan ellos mismos.

Otra cosa rara, que nos sorprendió: Pensábamos que los campesinos iban a pedir de inmediato los títulos. Y fíjate: No han pedido títulos. Nosotros hacíamos énfasis en eso, pero ellos no le dan importancia. Saben que nadie les va a quitar las tierras.

* Francisco Caamaño Deñó (1918-1973?), militar y político dominicano.

** Juan Velasco Alvarado (1910-1977), militar y político peruano.

*** Posteriormente, quedó al descubierto la participación del general Oswaldo López Arellano en la aceptación de un soborno millonario de parte de la United Brands para favorecer a los intereses de esa empresa, lo que ocasionó un gran escándalo en los Estados Unidos y Honduras, y condujo al desprestigio y suicidio de Eli Black, el presidente de United Brands. A raíz de lo ocurrido, López Arellano fue depuesto por un golpe militar el 22 de abril de 1975.

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