Encrucijada en las relaciones entre Turquía y Estados Unidos

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Recep Tayyip Erdoğan.

La Habana (PL) – Turquía se enfrenta a una delicada situación debido a la decisión de Washington, de proporcionar armas a las milicias kurdas, denominadas Unidades de Protección Popular (YPG) y establecidas en el norte de Siria.

La orden ejecutiva firmada por el presidente norteamericano, Donald Trump, tensa aún más las difíciles relaciones de los últimos tiempos entre Estados Unidos y Turquía, que emanan de sus diferentes perspectivas y prioridades en el conflicto sirio y que comenzaron con el anterior regidor de la Casa Blanca, Barack Obama.

A pesar de la confianza de Ankara en que la nueva administración estadounidense pusiera fin al apoyo aéreo y logístico a las YPG, como ocurrió en 2014 cuando el Estado Islámico (EI) trató de tomar el cantón kurdo de Kobani, Trump ha ido más allá, al anunciar oficialmente la entrega de armamento pesado al grupo rebelde.

Para el estado turco, tanto el Partido kurdo de la Unión Democrática (PYD), sirio como sus milicias, las YPG son organizaciones terroristas hermanadas con el proscrito Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), cuyo enfrentamiento con las fuerzas de seguridad turcas ya causó miles víctimas desde que en el verano de 2015 se reactivó un conflicto armado surgido hace tres décadas.

A su vez, EE.UU. considera abiertamente que las tropas kurdas son su mejor aliado en la lucha contra el EI en Siria y de nada parecen haber servido las reuniones de alto nivel mantenidas en las últimas semanas entre ministros y responsables militares turcos y norteamericanos.

El principal objetivo de Ankara era persuadir a Washington de que en la ofensiva contra Raqqa, la denominada capital del califato del EI en Siria, el ejército turco sería la mejor opción para el avance terrestre, en lugar de utilizar a las unidades kurdas.

Sin embargo, la posición del Pentágono sobre sus intereses en la región parece firme, aunque ello sea en detrimento de su fiel aliado durante décadas, y no parece probable que la visita oficial del presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, a Washington el 16 de mayo pueda variar una medida que cuenta con la rúbrica del nuevo mandatario norteamericano, Donald Trump.

El 9 de mayo, un día después de la publicación de la orden ejecutiva, la portavoz jefe del secretario de Defensa, Dana W. White, aseguró que las unidades kurdas son “la única fuerza en el terreno que pueden alcanzar con éxito Raqqa en un futuro próximo”.

Y para tratar de apaciguar a los dirigentes turcos agregó en su mensaje “ser muy conscientes de las preocupaciones de seguridad de nuestro socio de coalición, Turquía”, asegurando que EE.UU. “está comprometido en prevenir los riesgos de seguridad adicionales y proteger a nuestro aliado de la OTAN”.

Un oficial militar estadounidense conversa con otro de la milicia kurda YPG. (Foto: Delil Souleiman / AFP).

Entre las interpretaciones más evidentes sobre la decidida apuesta de Estados Unidos se pueden señalar dos, una de carácter político y otra de orden militar.

Por un lado, la medida es una dura advertencia a Turquía por su acercamiento a Moscú, tanto en el campo de la diplomacia desplegada en las conversaciones de Astaná para la paz en Siria como por el desafío de Ankara en su negociación para la compra de un sistema de misiles S-400 a Rusia, creando un hondo malestar en el seno de los países de la OTAN.

Por otra parte, y ante la imposibilidad de desplegar a gran escala tropas en el país árabe, Washington quiere poder influir de algún modo en el tablero sirio y por ello su alianza con las YPG, que no solo controlan una buena parte del norte de Siria, sino que además tienen importantes conexiones, tanto en Iraq como en Irán.

También se podría citar el bombardeo por parte de Turquía de posiciones kurdas en la ciudad de Derik, llevado a cabo el 25 de abril y que dejó una veintena de muertos, una acción unilateral sin coordinación previa con la coalición internacional contra el EI, a pesar de que Ankara aseguró haber informado previamente a norteamericanos y rusos.

En un gesto disuasorio EE.UU. desplegó unidades a lo largo de la frontera con Siria, con el objetivo de evitar nuevos ataques contra sus aliados kurdos, y reforzó su medida con la orden de proporcionar armas pesadas a las YPG, aun a sabiendas de que ello desataría las iras de Turquía.

No cabe duda que la decisión adoptada por la nueva administración estadounidense supone un duro golpe a las esperanzas de Erdogan y del ejecutivo turco de poner fin por la vía militar al desafío que supone la presencia de milicias kurdas junto a sus fronteras.

La respuesta del presidente turco ha estado hasta el momento bastante alejada de la inflamada retórica que suele ser habitual en sus declaraciones públicas, quizás porque sabe la trascendencia que tiene su próxima visita a la Casa Blanca, si pretende revertir la situación hacia sus intereses.

 

 

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