El rito social que también es vicio privado

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El rito social que también es vicio privado

Por Sergio Zabalza
Psicoanalista en el Hospital Álvarez.

El 30 de noviembre pasado se celebró, por primera vez, el Día Nacional del Mate, una bebida cuyo sabor y singular forma de ser tomada la distinguen como única. El mate no se destapa, no se compra, no se abre, no hay mate en los bares, no se sirve en confiterías, el mate convoca a una íntima y comprometida ceremonia. Entre calentar el agua, mojar la yerba y colocar la bombilla, se recrean múltiples versiones familiares en torno a la manera de preparar un mate. Por eso, nunca se está solo cuando se toma un amargo. Como si esta bebida ayudara a sorber la propia singularidad, eso que transcurre en el garguero convoca recuerdos, personas, historias, palabras; el mate congrega, por más que se beba en soledad. Es como si ese cuenco de calabaza celebrara la buena fe del encuentro, la confianza que las palabras necesitan para renovar el milagro de creer.

El valor simbólico que distingue a esta bebida explica el especial lugar que suele ocupar en los ámbitos de un hospital de día, espacios por lo general conformados por sujetos que –en lugar de recuerdos, asociaciones o imágenes– padecen la ominosa presencia de una alucinación o el cruel atropello de una Voz: aquí el mate no convoca múltiples versiones sino el mandato unívoco que aplasta al sujeto. Es en este punto donde cobra todo su valor la función de los grupos en el tratamiento posible de la psicosis: el grupo opera a la manera de esa cadena significante ausente en el alienado. En ese objeto que circula entre los varios que componen la reunión, la palabra encuentra un apoyo para transferir algo del padecimiento singular en el lazo social.

En su célebre Tristes trópicos, Claude Lévi-Strauss se refirió al mate: “Es a la vez un rito social y un vicio privado (…) Se sientan en círculo alrededor de una niña, la china, que tiene una ‘pava’, un calentador y la cuia, que puede ser una calabaza con un orificio bordeado de plata. El receptáculo está lleno de polvo hasta los dos tercios y la niña lo va embebiendo con agua hirviente; cuando la mezcla se hace pasta, la agujerea con una bombilla de plata (…) sólo queda saturarlo de líquido antes de ofrecerlo al dueño de casa; después de sorber dos o tres veces, éste devuelve el recipiente y la misma operación se repite para cada uno de los participantes (…) Los primeros sorbos procuran una sensación deliciosa –por lo menos al que está habituado, pues el principiante se quema– que viene del contacto un poco untuoso de la plata escaldada, el agua efervescente, rica de una espuma nutritiva, amarga y olorosa a la vez, como una selva entera concentrada en unas gotas”.

(Tomado de Página 12, Argentina).

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