El regreso de Martinelli

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El regreso de Martinelli

Por Jaime Cheng Peñalba

La relación existente entre la sociedad panameña y sus gobernantes es semejante al vínculo que pueda haber entre un hijo y su padre. El hijo pequeño puede estar inconforme y mostrar berrinche hacia su progenitor, por alguna decisión, pero al final reconoce la figura paterna, sobre todo si ésta es símbolo de autoridad. Otro elemento significativo en el perfil sociopolítico de las sociedades latinoamericanas, y del que Panamá no es ajena, es su frágil memoria histórica.

La gente común, que representa a la mayoría, tiende a olvidar algunos hechos del pasado de una manera vertiginosa. Ciertos pueblos más que otros son asiduos a esta práctica. Ello explica el regreso del Partido Revolucionario Institucional (PRI) al Gobierno de México, tras décadas de despilfarro y actos de corrupción. También está el caso de Perú, en el que la hija de un autócrata preso en las mazmorras peruanas tiene amplias posibilidades de llegar a ser presidenta de ese país andino. Ya lo dijo en su momento el laureado premio nobel de literatura, Gabriel García Márquez: “Las sociedades latinoamericanas padecen la peste del olvido”. Como en la novela Cien Años de Soledad, sería necesario escribir conceptos, utilidades y hechos en las paredes, para recordarlos por siempre.

Hace algunos días, circuló en Panamá un audio en el que el ex presidente Ricardo Martinelli anunciaba su “retorno triunfal” al país, por medio de una caravana apoteósica que partiría de David hacia la capital, emulando el famoso retorno de Omar Torrijos en aquel recordado “Día de la Lealtad”. Aunque parece descabellada la acción, en principio, no deja de tener aceptación en algunos sectores de la sociedad. Incluso, personas que le adversaron ayer, hoy miran con cierta simpatía su retorno. Parece que dos años de gobierno y la frustración colectiva son suficientes para que muchas cosas se olviden.

Habría que añadir el desgaste del gobierno panameñista, que promociona obras de interés social en la figura de Juan Carlos Varela, pero a un ritmo de cámara lenta, que a muchos ya decepciona. Además, la imagen de Varela que muestra suavidad “ayeyesada” contrasta con los arrebatos y el tono enérgico de Martinelli. A muchos no les gustan los gobernantes débiles y prefieren, bajo cierto estigma de masoquismo, que los insulten antes que les den abrazos. Otro segmento significativo legitima las acciones de Martinelli con el peligroso eslogan “robó, pero hizo”. Es curioso que de tantos países que Martinelli pudo escoger como refugio fue, precisamente, Estados Unidos donde instaló su centro de operaciones para despotricar contra el gobierno actual y lanzar advertencias. ¿Acaso Martinelli es un protegido por las informaciones que proporciona?

Los escándalos por las sociedades anónimas podrían tener un vínculo en este sentido, pues los datos revelados golpean a la ya sensible imagen del gobierno varelista. El estado catatónico en el que se encuentra la sociedad civil, el sospechoso silencio de algunas organizaciones populares, como los sindicatos, y el hecho de que la justicia parece ser tema de otra realidad, abonan al “regreso triunfal de Martinelli”. Él y sus asesores saben que su ventaja es haber nacido en un país mágico, como este, pues si les hubiera tocado la mala fortuna de ser ticos, guatemaltecos o salvadoreños, hace rato estuvieran pagando canas.

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