El rechazo por la derecha a la globalización, en auge en el mundo occidental

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Le Pen y Trump. (Foto: Mundiario).

El rechazo por la derecha a la globalización, en auge en el mundo occidental

El año 2016 ha sido testigo de la victoria de Donald Trump y del ‘Brexit’ como los principales exponentes de éxito, inesperado en ambos casos, del populismo de derecha.

Por Adrián Rosales Rodríguez | Mundiario
Licenciado en Ciencias Políticas y de la Administración, máster en Formación del Profesorado y máster en Dirección de Recursos Humanos. Mantiene el blog Polileaks y colabora en MUNDIARIO.

Este 2016 pasará a la historia como el año en que tuvieron lugar los primeros grandes éxitos de la derecha alternativa en Occidente. Así, a la primera salida de un estado miembro de la UE ‒Reino Unido‒, sustentada por sus principales defensores en los efectos considerados nocivos de la globalización, se le suma, como hecho de gran magnitud, la primera victoria de un candidato presidencial, en Estados Unidos, que desconfía fuertemente de las supuestas bondades, en la esfera demográfica y económica, del fenómeno mundializador.

El auge de la derecha alternativa no es un fenómeno aislado ni tampoco homogéneo. Eso sí, presenta como rasgos comunes un claro nacionalismo de Estado y la defensa de la desigualdad dentro de unos parámetros populistas. Dentro de estos últimos, podemos resaltar: la informalidad del discurso, el antiintelectualismo, la proximidad física y discursiva hacia el oyente, la dureza en el lenguaje contra el enemigo, la defensa de los intereses del “pueblo” o la apelación a las emociones “fáciles” (fundamentalmente, contra lo que consideran un exceso de inmigrantes).

En el plano de las diferencias, se encuentran, dentro de las tendencias más influyentes, la neoconservadora aislacionista y la social-patriota. La primera es sostenida por la “ultraderecha” anglosajona (republicanos trumpistas y UKIP), quienes preconizan la consecución de unos EE.UU. y RU, respectivamente, proteccionistas en lo económico, mínimamente intervencionistas en lo militar y, al igual que el neoconservadurismo aperturista (asociado a las políticas de Reagan o de los dos Bush ex-presidentes), posee un claro individualismo socioeconómico, receloso del “government”, de base protestante.

Por su parte, los social-patriotas predominan en la Europa continental -de tradición histórico-jurídica estatista- y son también nacionalistas en el plano comercial, pero intervencionistas socializantes en asuntos de política económica.

¿Y cuáles son las causas del desarrollo de la derecha “antiestablishment” en muchos países occidentales? En primer lugar, el aumento del desempleo, como resultado de la “Gran Recesión” -en los países de la OCDE era de 5,6% en abril de 2008 y ascendió hasta el 8,1% en enero de 2013; de acuerdo con los datos de esta organización-, ha dado lugar a un notable aumento de los movimientos migratorios a los países de mayor PIB de ciudadanos procedentes de España y de países de nuestro entorno con peores niveles salariales y mayores tasas de paro, especialmente, la Europa eslava y del sur, respectivamente. Así, de acuerdo con la OCDE, entre 2009 y 2011 se produjo una progresión del 45% de migrantes de esas zonas.

Por otro lado, los recortes en el Estado del Bienestar ejecutados por gobiernos conservadores y socialdemócratas europeos ha influido en el aumento del número de pobres (en 7,5 millones entre 2009 y 2013; según Oxfam Intermón). Los social-patriotas han aprovechado esta situación criticando por ello duramente a los distintos gobiernos convencionales.

Asociado a los elementos anteriores se posiciona la reacción identitaria. De esta forma, vivimos en una etapa sociológica neofordista de constantes movimientos de personas y capitales a causa del desarrollo tecnológico y económico, así como de la liberalización jurídica (deslocalización de empresas); a las que se suman las mencionadas de naturaleza socioeconómica. En este contexto los estados nacionales ocupan un rol más secundario que el que ocupaba antaño y, en el caso específico comunitario, aún más, al ser la Unión Europea un ente transnacional de integración donde impera el principio de primacía y cuyo ejercicio parte de la cesión de soberanía de los veintiocho. Si, a mayores, tenemos en cuenta que la UE transmite constantemente una imagen pública de constante desacuerdo y que sus empleados públicos (sobre todo, sus cargos) gozan de unas prerrogativas económicas inalcanzables para la gran mayoría de los ciudadanos, la consecuencia lógica de todo este encadenamiento sociológico y normativo es una exaltación estatalista-nacionalista en una parte importante de los habitantes de Occidente.

Dentro de esta sociedad del riesgo, denominada así por el sociólogo Ulrich Beck, no nos podemos olvidar de la cuestión “yihadista” y de la crisis de los refugiados sirios, que ha influido en el aumento de la islamofobia en los países de nuestra civilización.

Finalmente, como resultado de la extensión de internet, debemos considerar la aparición de la prensa digital políticamente no convencional, así como de las redes sociales, que han contribuido a difundir este discurso disidente con el “statu quo”.

En conclusión, es difícil que el auge del populismo de derechas se traduzca en grandes éxitos electorales, exceptuando casos aislados como el de Trump, pero sí puede influir puntualmente en asuntos puntuales -véase el referéndum británico del 23-J- o en la “lepenización” de los discursos de políticos “mainstream” (Cameron o Fillon); lo cual puede desembocar, en el plano axiológico, en un cambio político-cultural (apogeo de valores, en mayor o menor medida, xenófobos) y, desde una perspectiva normativa, en el freno al movimiento de mercancías y de personas físicas y jurídicas.

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