El oscuro velo de la mala praxis

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La mala praxis debe ser castigada en defensa del derecho a la Salud.

El oscuro velo de la mala praxis

Por Ignacio Mallol Tamayo
Artículo publicado en la revista Lobby

Siempre me ha impactado, desde que tengo uso de razón, el contenido ético que encierra el juramento hipocrático, su fuerza y tradición histórica de casi 2000 años, tiempo que efectivamente tiene la medicina de occidente y del mundo árabe. Este compromiso del médico con su profesión es el más reconocido y alabado por la sociedad, porque es un acto de consagración de su propia vida por el bien de la humanidad. Son palabras que consagran una profesión, la jerarquizan y valorizan en la escala humana. Es un verdadero acto de fe el que deposita la comunidad en un médico. Toda esperanza y confianza, nuestro más sagrado patrimonio, la vida queda en sus manos. Un viejo filósofo alemán, Arthur Schopenhauer, refuerza esta idea sobre la importancia de la salud, cuando dice, que, aunque no lo es todo, sin ella todo lo demás es nada.

Desde luego, las profesiones se desarrollan mediante algunos principios fundamentales, tienen sus códigos de ética, estatutos, reglamentos, para ser ejercidas con conocimiento, responsabilidad, y producto de ello recibir el o los beneficios correspondientes. Esencialmente, son reglas que todos aceptamos para el ejercicio honesto, eficaz, y plenamente aceptado por las partes para que un profesional pueda desenvolver a plenitud su actividad, aplicar sus conocimientos libremente, con competencia, credibilidad, y que se garanticen sus deberes como sus beneficios.

Es un requisito sine qua non para cualquier profesión, que ésta se realice dentro de las normas establecidas, y que se respeten los derechos de las partes, teniendo como norte que el servicio brindado sea a satisfacción de quien lo solicitó y esté remunerado en justicia a lo pactado o a lo que dictan las normas aceptadas. Existen, sin duda, regulaciones a las cuales todos debemos o debiéramos atenernos y cumplirlas. Son normativas internas de cumplimiento obligatorio.

Cuando se violan los principios en cualquier profesión y en especial una tan sensible, como la medicina, debido a las consecuencias que puede tener sobre la vida humana, estamos ante una mala práctica profesional o mala praxis, en esencia a una actuación profesional realizada con negligencia. Se puede contar con la mejor tecnología existente en el medio, pero si se actúa, procede, de manera no diligente, descuidada, con desidia, indolencia, sin prudencia, ni esmero, el resultado esperado no puede ser otro que uno que, generalmente, deriva en impredecibles consecuencias negativas. Esto ocurre cuando conociendo un tema a cabalidad no se toman las previsiones y recomendaciones pertinentes. Un descuido de las precauciones necesarias y que el sentido común aconseja sean adoptadas, impiden un resultado feliz y positivo en la actividad que emprendamos.

La ética no es una palabra que existe para incluirla en el diccionario como un adorno o aporte al idioma. Hay quienes toman y aplican la palabra como un añadido a las buenas costumbres sin un compromiso real y moral. Los periodistas colombianos María Teresa Herrán y Javier Darío Restrepo, en su libro Ética para los periodistas, sostienen que ética y moral significan lo mismo, costumbre: La primera proviene del griego y la segunda del latín. Hay quienes afirman arbitrariamente, dicen los periodistas, que la moral se refiere a las normas que regulan las costumbres de todos los hombres, mientras la ética contiene las normas de los grupos determinados. Estas normas rigen para abogados, arquitectos, periodistas, médicos, contadores, las cuales no tienen el mismo grado de obligatoriedad para quienes no pertenecen a esos grupos profesionales. Sin embargo, todos están sujetos a la moral común, sostienen los autores. “La ética no pregunta cómo se conducen los LOBBYhombres, ese juicio de valor se le deja a la moral. Lo suyo es establecer cómo tienen que conducirse”.

Experiencia y observación eran las bases del “ejercicio de la medicina” en tiempos de Hipócrates, hace dos mil años, sabias recomendaciones que privilegian el conocimiento y la dedicación, como requiere toda persona que padece alguna enfermedad. Hipócrates en esos años que se pierden en la memoria sentenciaba: si no puedes hacer el bien, por lo menos no hagas el daño.

¿Qué lleva al ser humano en ocasiones tan vitales para la suerte de otro, no aplicar los conocimientos como las exigencias del cometido demandan o no asume con toda la dedicación que requiere la tarea emprendida? El descuido o la omisión, el abandono de un paciente o su vigilancia deficiente, no solo es el camino más seguro para cometer una mala praxis, sino para derivar en un daño que puede ser definitivo o irreparable en un ser humano. El cuerpo es la más perfecta edificación humana. Es tan fuerte como frágil. La ciencia ha avanzado en los últimos cien años como nunca antes hubiésemos imaginado. La gestación, “construcción o diseño” de un ser humano, a diferencia de un edificio, se sigue realizando con los mismos materiales desde que existe el hombre en la tierra. La evolución de nuestra especie, ha sido extraordinaria, y el acompañamiento de la medicina, igualmente sorprendente. La cirugía realiza prodigios y los laboratorios buscan fórmulas para enfrentar enfermedades rebeldes, desconocidas y siempre desafiantes. La humanidad hace un esfuerzo por ser más humana y no siempre los resultados son los esperados.

Sin embargo, cada día surgen más interrogantes sobre el papel social y comunitario que se dice debe cumplir la salud como sistema para que un pueblo crezca sano, se desarrolle de manera natural y pueda enfrentar con competencia el trabajo, atender la familia y servir también a la sociedad.

En el horizonte inmediato se vislumbran fantasmas como el mercantilismo, que nos sorprende dolorosamente, porque empaña la nobleza de una profesión tan sensible, cuyo servicio es proteger y dar vida. La mala praxis y el mercantilismo son, en definitiva, el cáncer del ejercicio profesional de la medicina, y todo lo que hagamos por denunciar estos vicios inadmisibles en nuestra época, se constituye en sí mismo una labor comunitaria y de profilaxis social. Cada vez que esto ocurra, tenemos el deber de denunciarlo, porque de esta manera protegeremos a otras personas que corren el mismo riesgo de quien ya ha sido afectado. En este aspecto tan sensible, la sociedad debe ser más responsable y asumir con objetividad y responsabilidad esta misión sanadora para evitar aquellos médicos que han olvidado su vocación y juramento hipocrático.

Séneca, el célebre filósofo, senador, escritor en tiempos del imperio romano, nos dejó una sentencia vigente hasta nuestros días, sencilla y llena de sentido común: “No puede el médico curar bien sin tener presente el enfermo”.

Personalmente, sigo apostando al ejercicio ejemplar de la mayoría de los médicos a lo largo de su milenaria historia, a su dedicación, al verdadero apostolado que ejercen donde un ser humano reclama sus servicios, y ese gesto me produce una profunda admiración que me siento llamado a subrayar en esta nota.

No podemos olvidar que ciencia y humanismo son un binomio inseparable y que a través del tiempo ha quedado demostrado que son la mejor fórmula para que el ser humano crezca, se desarrolle y prospere con optimismo, felicidad y convierta su presente en un porvenir exitoso

Aclaración: Mala praxis es un término utilizado para referirse a la responsabilidad profesional por actos negligentes. La forma más conocida de la mala praxis es la negligencia médica o mala praxis médica, pero la misma se aplica a todos los ámbitos.

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