El Imperio Yankee y sus guerras

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Imperialismo en África, un continente rico en minerales.

Poe Mario Enrique De León
Estudiante de Sociología de la Universidad de Panamá

Quince conflictos que se han originado en los últimos siete años. Ocho de ellos en África (Costa de Marfil, República Centroafricana, Libia, Malí, Noreste de Nigeria, Sudán del Sur, Burundí), tres en el Medio Oriente (Siria, Irak, Yemen), uno en Europa (Ucrania) y tres en Asia (Kirguistán, Myanmar y Pakistán). Curiosamente, en la mayor parte de las zonas donde se están librando los conflictos armados hay recursos naturales valorados por el desarrollo industrial capitalista y belicista de occidente (EEUU). También, demandados por la cultura del consumo y del derroche que sostiene el sistema económico actual.

Los casos más evidentes son los de: Libia, Siria, Yemen, Irak y Sudan del Sur. En estos Estados naciones yacen en el subsuelo importantes reservas de combustibles fósiles; y que además, son la fuente de energía que mayor impacto tiene en el calentamiento global.

El desarrollo industrial capitalista de los países más ricos del norte es dependiente de los combustibles fósiles que subyacen en las tierras de los países más débiles y explotados del sur. Por ello, sus garras sobre la América bolivariana y la península arábiga.

Sin embargo, el agotamiento de los recursos naturales de los Estados más débiles del sur, por la demanda excesiva de los países poderosos del norte, está creando fértiles escenarios para el estallido de nuevas guerras en nombre de ‘nobles reivindicaciones’, como la democracia (Medio Oriente, Suramérica).

En ese sentido, en medio de la crisis ambiental que azota –actualmente– al mundo, el pontífice de Roma en su encíclica Laudato Sí, señaló que “la guerra siempre produce daños graves al medio ambiente y a la riqueza cultural de las poblaciones, y los riesgos se agigantan cuando se piensa en la energía nuclear y en las armas biológicas”. Estas últimas son utilizadas sobre el pueblo de Siria por las hordas norteamericanas.

Por otra parte, las relaciones entre los Estados del norte y del sur son desiguales, incluso, hasta en la distribución de los refugiados de los conflictos armados, “ya que los países ricos dejan la responsabilidad de refugiar a estas personas a los países con menos recursos. Casi nueve de cada 10 refugiados (el 86 por ciento) se encuentran en regiones y países considerados económicamente menos desarrollados”.

Agrega, el presidente de la Soka Gakkai Internacional, Daisaku Ikeda, que “el número apabullante de personas desplazadas ha significado una carga onerosa para estas comunidades de acogida, de por sí vulnerables, hasta el punto que están teniendo dificultades para suministrar agua potable y servicios públicos básicos a la población”.

Además, incurren en una mayor contaminación por parte de las ciudades (aumenta el consumo de energía y de recursos naturales) que albergan a esta población refugiada, ya que ellas no están preparadas para cobijar la residencia de un número mayor de población al que están planificadas, que de por sí no cuentan con las infraestructuras ni con los servicios para albergar, de buena manera y humanamente, a sus propios ciudadanos.

Al respecto, la ONU ha implementado una iniciativa en el Medio Oriente, donde combina “las operaciones de ayuda a los refugiados con intervención de apoyo a las comunidades anfitrionas” (Plan Regional para Refugiados y Resiliencia). El propósito del plan es fortalecer la cooperación internacional entre los países de la región que han admitido más de un millón de refugiados sirios para el caso de Turquía y el Líbano, y otros países vecinos como Jordania, Irak y Egipto. Pero estos planes no logran alcanzar o no están concebidos para tener un impacto sobre los daños y las presiones ambientales ocasionados por los conflictos armados.

Panamá no es ajeno a lo mencionado, en el último año hemos sido testigos del paso de emigrantes africanos que huyen de la guerra y la miseria que provoca la maquinaria capitalista por mantenerse, trayéndonos así nuevos problemas sociales y ambientales en nuestras fronteras.

Nota de aclaración:

El presente artículo es un extracto del ensayo “Degradación de la sociedad: crisis ambiental y cambio climático”.

 

 

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