Con el corazón en el aire

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Escena de aeromozas y pilotos de aviones en la serie Pan Am.

Por Deina Arrocha
Estudiante de Periodismo
deynagisvel@gmail.com

En algún momento de la adolescencia y juventud, toda mujer ha soñado con ser aeromoza (azafata de vuelo comercial) y, la verdad, es que casi siempre surge en las adolescentes movidas por la fantasía de lucir un vistoso uniforme del personal aéreo que asiste a los pasajeros dentro de espaciosos aviones.

Hoy, es frecuente ver en colegios de nivel medio a representantes de universidades particulares e institutos de carreras intermedias, ofreciendo cursos para muchachas recién graduadas de bachiller. Venden el oficio, porque no se puede llamar profesión a la actividad que permite conocer el mundo viajando y aprender de otras culturas y su idioma, como sobrecargos de vuelo.

Los programas de televisión proyectan la imagen de elegancia y alegría de las chicas a bordo de aviones de pasajeros. Ellas suelen aparecer en portadas de revistas con glamorosos uniformes. Incluso, hay compañías, como Copa Airlines, que entrenan a las aspirantes con el perfil requerido. Un curso técnico de seis meses, además de las características de ser alta y atractiva, son suficientes atributos para calificar a la posición de azafata.

Pero, ¿es así de sencillo? Recuerdo que, como toda chica, yo también deseaba ser azafata. Estaba emocionada y comenté a mis padres que sabía a lo que me dedicaría el resto de mi vida: viajar, conocer países, obtener buena paga, viéndome elegante, como azafata. Al compartir esa preferencia con mi familia, la respuesta fue un rotundo NO. Mi madre dijo que yo no tenía suficiente edad para ello y que ese trabajo era de tiempo completo. Advirtió que si osaba dar ese paso, yo jamás tendría vida propia.

Por su parte, mi papá renegó, diciendo que él no me había pagado tantos años de escuela para que terminase siendo “salonera de avión” y, por último, mi hermano mayor me dijo algo que hasta el día de hoy me ha quedado en la mente: “vas a ser la amante del piloto y de los pasajeros de primera clase”. En ese momento, me sentí ofendida con las palabras que pronunció, pero al compartir mi experiencia con otras chicas, caí en cuenta de que a todas les habían dicho cosas similares, al compartir con familiares cercanos la idea de convertirse en aeromozas.

Investigando y hablando con personas de mayor edad que yo, me percaté de que esa posición laboral ha sido “sexualizada”, desde hace muchos años, como parte de una visión distorsionada.

Nadie se pone a pensar que, tal vez, muchas de estas “aventuras” laborales pueden surgir por “mobbing”, un término anglosajón que hace referencia al acoso laboral. Algunas de ellas tienen hijos a quienes deben mantener o enfrentan problemas financieros, y se sienten presionadas por sus jefes para cruzar fronteras como subordinadas. Además, puede presentarse el caso de que son engañadas. Sus pretendientes con poder y rango les ocultan que son padres de familia y cuando se dan cuenta de la realidad, ya es tarde, debido a que están vinculadas sentimentalmente.

Con este enfoque no trato de justificar las acciones de nadie. Cada quien puede actuar como mejor le parezca, siempre y cuando no perjudiquen a terceros, pero el tema que para mí está en el ojo del huracán, es por qué siempre, sin importar el oficio, se “sexualiza” la labor de la mujer, como parte de un mecanismo de control que las hace más vulnerables al asignarles un papel provocativo y sensual en un mundo dominado por relaciones económicas.

Es algo que dudo que termine tan fácilmente. Lastimosamente, muchos de los señalamientos críticos provienen de otras mujeres. Pero, mientras no se cambie la percepción que hay en este momento, las azafatas o aeromozas serán catalogadas como las “amantes aéreas”, como lo refleja la serie de TV estadounidense Pan Am, estrenada en 2011, y en la que se muestra el desencanto de bellas mujeres que dejan su vida y corazón en los aviones.

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