África: del escenario colonial y el intercambio desigual

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Esclavos traídos a la fuerza al Nuevo Mundo.

África: del escenario colonial y el intercambio desigual

Por Julio Morejón
Jefe de la Redacción África y Medio Oriente de Prensa Latina.

La Habana (PL) – Desde principios del siglo XV, los intercambios entre comerciantes portugueses y los reinos africanos del Golfo de Guinea incluyeron un componente que luego persistiría en sus vínculos mercantiles: las armas de fuego.

El poder de esos reinados extendidos desde Senegal a Angola y que mantenían contactos estables con Europa, se basaba principalmente en su capacidad de ser intermediarios eficientes en el suministro de esclavos y en la posibilidad de defenderse e imponerse a sus competidores en la región.

Así, técnicamente, el armamento desempeñaba un importante papel para perpetuar la dominación. Con ese elemento de su parte, la legitimidad y la tradición de gobierno corporativo, podría un tanto obviarse en favor de ese clan dominante, que ordenaba e imponía las relaciones en el interior de la comunidad y con otras.

Las élites tribales poseedoras de armas de fuego cada vez eran más fuertes y estaban mejor facultadas para el mando, con lo cual garantizaban la continuidad de un proceso que empobrecía a África y favorecía a la Europa abierta más allá del Mare Nostrum, al Océano Atlántico, la trata esclava negra.

En el proceso de degradación de la sociedad igualitaria africana, la introducción del comercio con el Occidente, que después sería la metrópoli, contrariamente a lo imaginable, aceleró la destrucción de las economías tradicionales y extendió la dependencia a todas las esferas, lo cual luego solidificó el colonialismo.

Para el profesor africano Joseph Ki-Zerbo, en Historia del África negra, “la sociedad africana de ayer era una sociedad solidaria, de participación, que había alcanzado un determinado humanismo: la jerarquía según la edad, o según la situación sociopolítica”.

Se trataba de la aplicación de un principio de estabilidad. Solidaridad en el trabajo, gracias a la propiedad común y a las asociaciones de trabajo, en las que quedaba excluido todo parasitismo”, admira en la misma obra el destacado académico.

A la presencia primero de factorías y misioneros evangelizadores, siguió la conquista territorial que definió el carácter integral del proceso de sumisión, cuyas reglas funcionaron siempre a conveniencia de los intereses foráneos; se opina que si el excedente productivo destrozó la sociedad comunitaria, el comercio colonial la sepultó.

Asaltos y atracos

El rechazo de algunas potencias europeas al tráfico de esclavos africanos luego de tres siglos de actividad, demostraba que esos Estados se proyectaban hacia un cambio en su formación económico social, a optar por un sistema más avanzado que el instituido en los países suministradores de esa mano de obra, considerada mercancía.

Esa trasformación no suponía la existencia de otras en relación con el continente, al cual siguieron acudiendo para la extracción de riquezas, incluso por encima de España y Portugal, que aún virtualmente comandaban el llamado comercio triangular de esclavos, y que ya perdían primacía.

“En el siglo XVI ni Francia ni Inglaterra manifestaban interés significativo en los esclavos. Ninguno de esos países poseía las grandes reservas de ellos, que la reconquista cristiana conservaba en Portugal y España”. París y Londres avanzaban hacia un modo de economía mercantil que les convertiría en las grandes potencias de Occidente.

Esa consideración del historiador Basil Davinson esboza el preámbulo del salto cualitativo.

En la Conferencia de Berlín (1884-1885), que institucionalizó la repartición de África entre las metrópolis, el factor comercio fue una de las reinas del evento.

A Portugal, por ejemplo, se le impuso una salida por el Río Congo para transportar, principalmente, los minerales procedentes de África central, una decisión que amparó el anfitrión del evento, el alemán Otto von Bismarck, y que fortaleció medularmente el lema del encuentro: libertad de comercio.

“Se reconocía la libre navegación y el libre comercio por los grandes ríos africanos como el Níger, el Congo y sus afluentes”, según apuntes de la reunión.

El proceso de colonización se realizó teniendo en cuenta las grandes vías fluviales, y cada expedición a las entrañas del continente estuvo precedida en alguna medida por el afán comercial, recuérdese que desde sus puestos en las navieras en Europa se llegó a controlar los pasos de negociantes y mercenarios en sus aventuras africanas.

Fue precisamente ese espíritu mercantil el que entre 1874 y 1877 costeó la exploración de Henry Morton Stanley en la cuenca del río Congo, pues se requería conocer el terreno para después imponerle relaciones de intercambio desigual que existían desde tiempo atrás, pero necesarias de ratificar a finales del siglo XIX.

A la rebatiña colonialista de la Conferencia de Berlín sucedió la aplicación de denigrantes y gravosas formas de explotación, y las consecuencias de esa dinámica del intercambio persisten hasta hoy, las llagas continúan en el formato de las relaciones bilaterales, en tanto parece que no cicatrizarán en mucho tiempo.

“La economía colonial se orientó a la producción de materias primas y minerales para la exportación, convirtiendo los países africanos en monoproductores de cultivos, como el algodón y los cereales”, destaca Amaia García Ibáñez, en África y los efectos de la colonización.

Estilo permanente

Aunque el potencial económico africano mejoró en los últimos años, el tratamiento desigual en sus relaciones con los llamados países centrales continúa tal vez siendo la amenaza más grave para su desarrollo continental. Siempre está presente el temor a caer en el mortal vacío de ser una región fallida.

La reconfiguración de la estructura productiva del continente, tras la imposición de los programas de ajustes, hizo aún más frágil la disposición desarrollista de un buen número de países enfrascados en emerger de situaciones ruinosas y poner coto a la venta de materias primas sin elaboración alguna o semielaboradas.

África depende en gran medida de la exportación de esos productos, y a cambio recibe pocos beneficios, algo que sin ser novedoso sí es alarmante cuando se refieren a miles de millones de dólares que se desvían y nunca llegan a invertirse en su reproducción económica y social.

La relación África-Occidente, sin embargo, va describiendo nuevas fisuras y unas notables son que los países del continente comienzan a concederle más atención a sus vínculos con el Sur, lo que consideran es una alternativa válida para desentenderse en lo posible de la hegemonía tradicional.

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