Una cita con el general

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General Omar Torrijos en el campo.

Por Graham Greene

Ella sintió la timidez no profesional que siempre experimentaba, con sensación de incomodidad, ante una entrevista; le faltaba, como ella bien sabía, el abordaje descarado del reportero varón tradicional pero no, o así pensaba aún hasta ese momento, su cinismo, ella podía ser tan cínica como cualquier hombre y con razón.

Ahora se encontró rodeada por rostros medio indios en el pequeño patio de una blanca villa suburbana. Todos los hombres llevaban revólveres al cinto y uno tenía un walkie-talkie que sostenía pegado a su oído como si aguardase alguna proclama de uno de sus dioses indios con la intensidad de un sacerdote. Son tan extraños los hombres para mí, pensó ella, como debieron parecer a Colón los indios hace cinco siglos. El camuflaje de sus uniformes era como dibujos pintados sobre la piel desnuda. Ella dijo:

–No hablo español –como Colón pudo haber dicho “No hablo lengua india”, luego intentó en francés –que no funcionó– y luego en inglés, que había sido la lengua de su madre, pero eso tampoco funcionó.

–Soy Marie-Claire Duval. Tengo una cita con el general.

Uno de los hombres –un oficial– se rio, y ante esa risa ella quiso salir del patio directamente para regresar al pseudo lujo de su hotel, con rumbo al aeropuerto a medio terminar, para seguir el penoso camino de regreso total a París. El miedo siempre la hacía enojar. Ella dijo:

–Vaya y diga al general que estoy aquí –pero, claro, nadie entendió lo que decía.

Sentado en un escalón un soldado limpiaba su automática. Era un fortachón de mediana estatura y pelo cano. Portaba descuidadamente el uniforme con las barras de sargento como si sólo fuera un impermeable con el que se cobijara de la suave lluvia repentina que ahora soplaba desde el Pacífico. Ella observó atentamente cómo limpiaba su arma, pero él no se reía; en tanto el hombre con el walkie-talkie seguía escuchando a su dios sin poner ninguna atención en ella.

–Gringa –dijo el oficial.

–No soy gringa. Soy francesa –pero, claro, para ese momento ya sabía que él no entendía ninguna palabra de lo que dijera excepto gringa. La señaló de nuevo con su sonrisa burlona, o así pensó ella, ya que no hablaba español. Todas las mujeres, parecía decirle, eran inferiores si no tenían un protector, y ella era incluso inferior a muchas porque no hablaba español.

–El general (ella repitió), el general –sabiendo que para un hispanohablante pronunciaba esa palabra completamente mal, y en la escasa memoria que siempre tenía para los nombres extranjeros, pescó el del asesor del general quien había hecho la cita para ella.

–Señor Martínez –dijo preguntándose si el nombre era realmente correcto, tal vez era Rodríguez, o González o Fernández.

El sargento cargó la recámara de su automática y desde su escalón le habló en un inglés casi perfecto:

–¿Usted es Mademoiselle Duval? –preguntó.

–Madame Duval –dijo ella.

–Ah, ¿entonces usted está casada?

–Sí.

–Bueno, eso no importa mucho –dijo él, y corrió el botón del seguro.

–Me importa a mí.

–No me refería a usted –le dijo. Se puso de pie y habló con el oficial. A pesar de que por sus barras era sólo un sargento, había en él un tipo de autoridad no militar. Su actitud le pareció a ella un poco insolente, pero igual era insolente con el oficial. Con su automática señaló la puerta de la ordinaria casita suburbana.

–Tú puedes entrar –le dijeron–. El general te verá.

–¿Se encuentra aquí el señor Martínez para traducir?

–No. El general quiere que traduzca yo. Quiere verla a solas.

–¿Entonces cómo puede traducir usted?

Su sonrisa, ella se dio cuenta, en realidad estaba limpia de insolencia, a pesar de las palabras que empleaba.

–Ah, es que aquí les decimos a las muchachas, “ven conmigo para estar a solas”.

De nuevo fue detenida en corto a la entrada de un pequeño salón donde había un mal cuadro, una mesa ocasional, la estatua de un desnudo victoriano tardío y un perro de porcelana tamaño natural, por un guardia que apuntaba a la grabadora que colgaba de su hombro.

–Sí –dijo el sargento –sería mejor que dejara eso en la mesa.

–Sólo es una grabadora. Nunca aprendí taquigrafía. ¿Parece una bomba?

–No. De cualquier forma, sería mejor. Por favor.

La bajó. Tengo que confiar en mi memoria, pensó ella, mi condenada memoria, la memoria que odio.

–En realidad –dijo ella–, si fuera una homicida, usted tiene un arma.

–Un arma no es defensa –le dijo a ella.

Hacía más de un mes que el editor la había invitado a comer a Fouquet’s. Nunca lo había visto, pero él envió una pulcra y cortés carta estampada con caracteres que parecían de impresión de libros, alabando una entrevista suya que había aparecido en otra publicación. La carta se leía un poco condescendiente tal vez, como si estuviera convencido de controlar una publicación de mayor nivel intelectual que ésa para la que ella escribió. De seguro pagaba menos; un signo de calidad siempre. Aceptó la invitación porque la mañana en que llegó ella había tenido una pelea “final” más con su esposo, la cuarta en cuatro años. Las dos primeras habían sido las menos dañinas; después de todo los celos son una forma de amor; la tercera fue una pela furiosa con todo el dolor de las promesas rotas, pero la cuarta fue la peor, sin rabia ni amor, sólo el irritado cansancio que viene de la repetición del agravio, de la convicción de que el hombre con quien se vive es incambiable, y un triste saber que a ella no le importaba ya más gran cosa. Pensó que esa “fue” la pelea final. Todo lo que quedaba para ella era hacer las maletas. Gracias a Dios no había niños que considerar.

Entró al Fouquet’s diez minutos tarde. La habían hecho esperar en restaurantes demasiadas veces como para ser puntual. Preguntó al mesero por la mesa de Monsieur Jacques Durand y vio levantarse a un hombre para saludarla. Era alto y delgado y muy bien parecido, en eso le recordaba a su marido. Los bien parecidos pueden ser tan nauseabundos como una trufa de chocolate. Él habría tenido un aire de distinción casi todopoderoso si su cabellos grises hubieran estado un poco menos bien alineados sobre las orejas, a pesar de que las orejas, admitió ella, tenían la correcta proporción masculina. (Le disgustaban las orejas demasiado pequeñas.) Lo habría tomado por un diplomático de no haber sabido que era el director de ese distinguido semanario izquierdista que había leído raras veces, no simpatizando con su tendencia a la moda política. Muchos hombres que a primera vista parecen muertos cobran vida en los ojos, pero en su caso la parte más muerta eran los ojos; sólo cobró una cierta forma de vida en los gestos de su elegante caparazón cuando la sentaba junto a él y le alcanzaba el menú; una vida seductora, pero la seducción se expresaba sólo con palabras.

Él sugirió que lo mejor sería pedir el rodaballo, y cuando ella aceptó, le dijo de nuevo con exactamente las mismas palabras que había empleado en su carta, cuánto placer le había proporcionado su última entrevista, así que tal vez las palabras eran verdaderamente suyas y no de su secretaria; él difícilmente hubiera aprendido de memoria las palabras de ella. Y añadió:

–El rodaballo es muy bueno aquí.

–Gracias. Es muy amable.

–He estado al tanto de su trabajo desde hace mucho tiempo, Madame Duval. Usted toca fondo. Sus entrevistas no están dictadas por sus víctimas.

–Uso grabadora –dijo ella.

–No quise decir, literalmente –él hizo crujir el pan tostado–. Desde hace mucho tiempo, usted sabe –su vocabulario parecía limitado, tal vez por las reglas del protocolo periodístico–, he pensado en usted como una de los nuestros.

Con su afirmación quería expresar obviamente una galantería e hizo una pausa, probablemente esperando que ella repitiera “muchas gracias”. Ella se preguntaba cuánto habría de transcurrir para que él empezara a hablar de negocios en realidad. Sobre su cama esperaban las maletas vacías. Quería llenarlas antes de que regresara su esposo; era improbable, pero no imposible, que regresara antes de la cena.

–¿Usted habla español? –preguntó Monsieur Durand.

–Francés e inglés son mis únicas lenguas.

–¿No habla alemán? Fue hermosa su entrevista con Helmut Schmidt; y tan destructiva.

–Él habla buen inglés.

–Dudo que el general lo haga –él guardó silencio ante su rodaballo. Era un muy buen rodaballo, una de las especialidades de Fouquet’s. Ella pensó, si puedo salir del apartamento antes que Jean regrese se evitarían bastantes discusiones. Las discusiones podría dejarse más tarde para los dos avocats. Tendría que haber, ella suponía, un encuentro de conciliation. La idea le fastidiaba profundamente. Quería despachar el asunto tan rápido como fuera posible.

–Otro tema que tengo en mente es la situación en Jamaica. En el camino de regreso usted podría pasar por Jamaica. ¿Dijo que hablaba inglés, no es así? Abordar a Manley en forma tal vez más moderada de lo que usted acostumbra. Él es de los nuestros. A pesar que está out por el momento. El tema del general creo que se puede tratar en su estilo habitual. Como puede suponer no nos interesan gran cosa los generales; los generales latinoamericanos particularmente.

Ella preguntó:

–¿Quiere decir que desea enviarme a alguna parte?

–Pues sí. Usted es una mujer muy atractiva. Y el general gusta de las mujeres atractivas en todos sentidos.

–¿Manley no? –preguntó ella.

–Me gustaría que hablase un poco de español. Usted tiene el valioso don de hacer la pregunta adecuada. La política, pensamos nosotros, no debe convertirse nunca en una lectura aburrida. No está bajo contrato, ¿o sí?

–No, ¿pero cuál general? ¿Usted no quiere que vaya a Chile, o sí?

–Chile nos está aburriendo un poco. Dudo que incluso usted pudiera ser suficientemente fresca sobre el tema de Pinochet; ¿y la recibiría él? La ventaja de una república verdaderamente pequeña es que puede ser cubierta (mire que, a profundidad) en cuestión de semanas. Nosotros la vemos como un microcosmos de América Latina. El conflicto con Estados Unidos, por supuesto, allá está más que abierto, con motivo de las bases.

Ella observó su reloj. Se preguntaba si podía llevar en dos maletas todo lo que necesitaba por el momento, ¿para ir a dónde’

–¿Cuáles bases?

No dejaría una nota porque podría ser utilizada por los abogados.

–Las estadunidenses, por supuesto.

–¿Usted quiere decir que entreviste al presidente? ¿De cuál república?

–Al presidente no. Al general. El presidente no cuenta realmente. El general es el jefe de la revolución.

Él le sirvió otro poco de vino. Ella sólo había ordenado una botella pequeña.

–Mire usted que tenemos nuestras sospechas del general. Es verdad que visitó a Fidel, y que entrevistó a Tito en Colombo. Pero nos preguntamos si su socialismo no es más bien epidérmico. No es marxista ciertamente. Su método con Schmidt le sentaría admirablemente. Y tal vez camino allá, o al regreso, un amigable retrato de Manley en Jamaica. Nos sentimos bastante contentos con Manley.

Ella no estaba segura de cuál país quería que visitara. La Geografía no era su fuerte. Él tal vez había mencionado el nombre, pero si lo había hecho, éste se había precipitado ante sus ojos dentro de las maletas vacías. De cualquier modo, no importaba realmente: en ese momento cualquier sitio era preferible a París. Ella dijo:

–¿Cuándo quiere usted que vaya?

–Tan pronto como sea posible. Mire usted que ahí puede haber una crisis en los próximos meses, y si eso sucede… usted podría hallarse escribiendo tan sólo el obituario del general.

–Un general muerto, supongo, de seguro no sería un socialista lo suficientemente bueno para usted.

Su risa, si eso podía llamarse verdaderamente risa, era como el carraspeo de una garganta seca, y sus ojos, que ahora estaban puestos en el menú, habiendo terminado el rodaballo meticulosamente, no mostraban ningún signo de que una broma, como un ángel, había pasado en silencio por encima de sus cabezas y se desvaneció.

–Oh, como le decía, tenemos nuestras dudas acerca del tipo de socialismo de él. ¿Puedo sugerir un poco de queso?

“Usted podría hallarse escribiendo su obituario”; la frase dicha por un escritor de modas izquierdistas sobre el menú del Fouquet’s hacía dos semanas, vino inmediatamente a la memoria de Marie Claire cuando vio la bruma de fatalidad en los ojos cansados del general. La muerte era el fin prematuro aceptado, ella siempre lo entendió así, por los generales en América Latina; la alternativa podía ser Miami, por supuesto, pero no podía ver en Miami al hombre que tenía ante ella, compartiendo la ciudad con el ex presidente de la República y la esposa del ex presidente y su cuñado y su sobrino. Miami era conocido aquí, eso lo aprendió de inmediato, como “El valle de los caídos”. El general vestía piyamas y sandalias y su cabello estaba alisado como el de un muchacho, pero ningún muchacho habría tenido los ojos tan cargados de futuro. Él habló en español y el sargento tradujo en un correcto aunque ceremonioso inglés.

–El general dice que usted es muy bienvenida en la República. No conoce el periódico para el que escribe usted, pero el señor Martínez dice que en Francia es bien conocido por sus opiniones liberales.

Marie-Claire creía en la provocación; Helmut Schmidt había respondido de inmediato con rabia y orgullo a sus primeras preguntas, se había entregado a la despiadada cinta, pero esta vez la cinta había quedado atrás en la grabadora. Ella dijo:

–No, liberal no, izquierdista. ¿Sería correcto decir que el general es muy criticado por moverse muy desganadamente hacia el socialismo?

Ella observó atentamente al sargento cuando éste traducía, tratando de atrapar algún significado en el sonido, latinoamericano de las palabras y en sus ojos vio un brillo de regocijo por la pregunta que tal vez aprobaba.

–Mi general dice que él se dirige hacia donde su pueblo le dice que vaya.

–¿O son los estadunidenses quienes le dicen?

–Mi general dice que tiene que tomar en cuenta a los estadunidenses naturalmente, así es la política en un país tan pequeño como el nuestro, pero no necesita adoptar sus posiciones. Mi general sugiere que usted debe estar cansada de estar de pie; debe sentarse cómodamente en el sillón.

Marie-Claire se sentó. Sintió que el general había marcado un punto sobre Helmut Schmidt, y también sobre ella. Aún no había tenido tiempo para pensar la siguiente pregunta, había esperado que el general dejara la puerta abierta para que ella hiciera una rápida pregunta intempestiva, mas parecía que el general hubiera cerrado todas las puertas en su cara. Hubo una extraña y prolongada pausa. Sintió alivio cuando el general habló nuevamente.

–Mi general dice que espera que el señor Martínez la esté ayudando en todo lo posible.

–El señor Martínez me ha prestado su propio auto muy amablemente, pero el chofer sólo habla español y se vuelve muy difícil para mí.

Ellos dos discutieron con cierta amplitud lo que decía ella. El general se descalzó la sandalia y frotó suavemente la planta de su pie izquierdo.

Mi general dice que usted puede descartar el auto y al chofer. Me ha dado órdenes de atenderla; mi nombre es sargento Gurdián. Estoy aquí para llevarla a donde usted desee.

–El señor Martínez me pidió en su carta que hiciera un programa para su aprobación.

Hubo una consulta de nuevo.

–Mi general dice que es mejor para usted no tener ningún programa. Un programa mata.

Los cansados ojos melancólicos del general la observaron con algo que ella juzgó como el regocijo del jugador de ajedrez que sabe que ha hecho un movimiento sorpresivo desconcertando a su adversario.

–Mi general dice que incluso un programa político mata. Su editor debería saber eso.

–El señor Martínez pensó que yo debía visitar…

–Mi general dice que debe hacer siempre lo opuesto a cualquier consejo del señor Martínez.

–Pero a mí se me dijo que él era el jefe de consejeros del general –el sargento se encogió de hombros y también sonrió.

–Mi general dice que mientras que es obligación de él, por supuesto, escuchar a sus consejeros, no es obligación suya.

El general empezó a hablar en voz baja con el sargento. Marie-Claire tuvo la impresión de que la entrevista se le escapaba de las manos desastrosamente. Al abandonar la grabadora había abandonado su mejor arma.

–Mi general desea saber si su editor es marxista.

–Bueno, apoya a los marxistas, de algún modo, pero jamás admitiría ser marxista él mismo. Antes de la guerra la gente llamaba a los de su índole, un compañero de ruta. ¿El partido comunista es legal aquí, no es así?

–Sí, es completamente legal ser comunista. Pero no tenemos partidos.

–¿Ni uno solo?

–Ni uno. Un hombre puede pensar lo que quiera. ¿Es así en un partido?

Ella dijo –y con ello quería insultar– porque en su experiencia un hombre sólo dice la verdad cuando se enoja; incluso Schmidt le había dicho unas pocas verdades:

–¿Su general es un compañero de ruta como mi editor?

El general le dirigió una sonrisa alentadora, y por un momento pareció menos cansado, un poco más interesado.

–Mi general dice que por el momento los comunistas viajan en el mismo tren que él. Los socialistas también. Pero es él quien conduce el tren. Es él quien decidirá en cuál estación detenerse y no sus pasajeros.

–Usualmente, los pasajeros tienen boletos para ciertos destinos.

–Mi general dice que le podrá explicar mejor a usted cuando haya visto algo de su país. Mi general quisiera ver su país por una vez a través de sus ojos antes de que regrese a Europa. Los ojos de una extranjera. Dice que son muy hermosos.

Así que el editor tenía razón, pensó ella, las mujeres le gustan, las encuentra fáciles de abordar, el poder es un afrodisíaco obvio… El encanto puede ser un afrodisíaco también, Jean tenía bastante encanto, exudaba encanto con la habilidad de un político, pero ella había roto con el encanto y los afrodisíacos. Ella dijo:

–Ahora que el general tiene poder, supongo que le es fácil abordar a las mujeres.

El sargento Gurdián sonrió. No tradujo.

–Supongo que disfruta su poder –dijo. Casi añadió: “y sus mujeres”.

Intentó una pregunta que había funcionado sorprendentemente bien algunas veces:

–¿En qué sueña él? Quiero decir por la noche. ¿Sueña con mujeres? –prosiguió, burlona–. ¿O acaso sueña en los acuerdos que ha de hacer con los gringos?

Los cansados ojos heridos miraron la pared detrás de ella. Incluso ella pudo entender la única frase que dijo en respuesta a su pregunta:

–La muerte.

–Él sueña con la muerte –tradujo el sargento innecesariamente, y yo podría construir un artículo sobre eso, pensó ella, odiándose.

An Appointment with the General. The Last Word and Other Stories (1990).

(Traducción de Rubén Moheno).

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