Las dos pasiones de Andrés Eloy Blanco

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Poeta Andrés Eloy Blanco.

Las dos pasiones de Andrés Eloy Blanco

Por David Corcho

Caracas (PL) – Dos grandes pasiones marcaron la vida de Andrés Eloy Blanco (1896-1955), uno de los más importantes intelectuales venezolanos del siglo XX: la poesía y la política.

Los homenajes por el 61 aniversario de su fallecimiento, el 21 de mayo de 1955, tanto entre críticos como admiradores tienden a resaltar esta pulsión doble de su carácter, que ya a temprana edad lo impulsó a escribir versos y protestar contra los gobiernos de su época.

Mientras, el Festival Mundial de Poesía, recién inaugurado en esta capital, vuelve sobre el legado intelectual, moral y político del poeta, que merece conferencias y charlas de parte de historiadores colombianos y venezolanos.

Nacido en Cumaná, capital del estado de Sucre, el 6 de agosto de 1896, recibió una educación laica de parte de su padre Luis Felipe, médico de ideas progresistas muy indispuesto con la dictadura del general Cipriano Castro (1899-1908).

Desde su ingreso al Colegio de Bellas Artes, en 1913, sobresalió por su rebeldía al participar en manifestaciones contra el nuevo dictador Juan Vicente Gómez, quien impuso un régimen aún más despiadado que el de su antecesor.

Cinco años más tarde, siendo estudiante de Derecho en la Universidad Central de Venezuela, Blanco se estrenó como prisionero luego de una protesta callejera, la primera estancia de su largo periplo por las cárceles venezolanas.

El viaje por España y Cuba entre 1923 y 1925, hizo creer a los secuaces de Gómez que por fin habían silenciado la voz del empecinado opositor, pero el poeta volvió a Caracas para combatir al régimen utilizando su mejor arma: la palabra escrita.

Ese propósito lo llevó a fundar y editar el efímero periódico El Imparcial, que lanzó una invectiva tras otra contra el régimen hasta 1928, cuando la policía política lo clausuró y encarceló a sus organizadores.

Blanco vivió cuatro años en prisión, bajo un régimen de aislamiento y tortura.

Al salir de la cárcel, el tirano le prohibió escribir, hablar por la radio y lo confinó a los límites de Caracas. Sin embargo, el encierro duró apenas tres años, pues en 1935 la muerte terminó por sacar a Gómez del poder, para alegría de hombres como Andrés Eloy, que gastaron su juventud anhelando el final de la satrapía.

En la década de 1940, bajo un régimen de mayores libertades, se destacó por su activismo en la prensa, pues llevó a la imprenta una recopilación de artículos políticos bajo el nombre Navegación de Altura en 1942, e inauguró hacia 1943las columnas de opinión Reloj de Arena en el diario El Nacional, Puerta sin Llave (El Universal, 1944) y Campanadas (El País, 1944).

En ellas dejó patente su vocación democrática y a la vez popular, al reivindicar la solidaridad entre iguales como fundamento del buen vivir y al criticar el credo liberal, heredado del siglo XIX, que tendía a justificar la dominación oligárquica.

“La ciencia nos ha venido a enseñar que los pueblos pastores, cuya vida primitiva es trashumante, viven dentro de un concepto igualitario.

Como resultado de todo esto, no es hipotético decir que la democracia se realiza de un modo inconsciente”, escribió en el periódico El Universal hacia 1945.

“La democracia inconsciente es esa forma de vida que reside en la propia índole de un grupo humano. Ese grupo la practica, sin saber definirla; la vive, simplemente”, agregó.

Para el poeta, la democracia es una realidad histórica que ya formaba parte de la cotidianidad de nuestros antiguos pobladores, incluso antes de que los filósofos griegos le dieran forma. Para él, el sentido de lo igualitario se sustenta en un planteamiento ético.

Durante aquella etapa participó en la fundación de varias organizaciones políticas, ahora reconocidas legalmente, hasta culminar en la aparición del partido Acción Democrática, cuyo candidato Rómulo Gallegos ganaría las primeras elecciones genuinamente libres de Venezuela en 1947, tras los desgobiernos posteriores a la dictadura.

Blanco ocupó el cargo de canciller luego de aquella victoria electoral, pero tuvo que exiliarse cuando un nuevo golpe de Estado terminó con el primer gobierno democrático de Venezuela, para colocar en la silla presidencial a un nuevo déspota, el general Marcos Pérez Jiménez.

En el exilio mexicano, se dedicó a tiempo completo a la poesía; de esta época son los poemarios “A un año de tu luz” (1951) y “La hilandera” (1954).

Desde los inicios, su obra literaria quedó marcada por el compromiso con el pueblo llano, las vivencias de las personas humildes con las que compartió el dolor de vivir bajo un gobierno despótico e inclemente.

Cultivó la copla, la décima y el romance, géneros que sirvieron de vehículo para expresar sus conocimientos sobre la historia, la mitología, las virtudes, el sentido del humor e incluso los vicios característicos del pueblo venezolano.

Aunque también frecuentó el teatro, los críticos coinciden en rebajar su obra dramática a un segundo puesto, muy inferior en comparación con sus versos.

En 1955, perdió la vida en un accidente de tránsito. El 6 de junio de ese año, sus restos fueron trasladados a Caracas para su sepelio, realizado entre estrictas medidas de seguridad por parte de las fuerzas del régimen de Pérez Jiménez.

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