La poesía de Pablo Menacho

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Poeta Pablo Menacho rodeado de libros.

(Tomado de Panamapoesía.com)

Pablo Menacho nació en Chitré, provincia de Herrera, el 2 de octubre de 1960. Tiene estudios de Ingeniería Civil en el Instituto Politécnico de la Universidad de Panamá. Hizo la carrera de Diseño Gráfico en la misma institución.

Ha obtenido diversos premios nacionales de poesía, entre ellos: El primer premio del VIII Concurso Literario Intercolegial (sección poesía), convocado por el Ministerio de Educación en 1978, con su obra Poemario elemental. Premio Único del II Concurso Literario convocado por la Dirección de Asuntos Estudiantiles de la Universidad de Panamá, en 1979, con su obra Futuros ejércitos del mundo.

En 1980 gana el Premio del Torneo de Poesía VERANO ’80, conferido por el Instituto Nacional de Cultura. También obtuvo la Primera Mención Honorifica en el I Certamen Signos de Joven Literatura Panameña en 1985. Segundo Premio en el Concurso de Poesía “Amelia Denis de Icaza”, convocado por el Instituto Nacional de Cultura en 1986. Segundo Premio y Finalista en el Torneo de Poesía de Verano INAC-TEXACO en 1995 y 1996, respectivamente. Primera Mención Honorifica en el Premio Centroamericano de Literatura Rogelio Sinán, 2001-2002, con la obra Carta a Edmond Bertrand.

La patria nunca muere.

Ha publicado en periódicos y revistas nacionales e internacionales como los diarios La Estrella de Panamá, Critica, Matutino, La República y la Prensa, El Mundo en El Salvador y La Nación en Costa Rica; así como en las revistas: Lotería, Temas de nuestra América, Maga, La otra columna, entre otros.

El Agua y la Derrota

Don Edmond Bertrand:
Usted sólo es el vuelo
de una imaginación privilegiada,
ajeno a la fortuna y a los infortunios
que vendrían a descomponer la luz
de la mañana y el deseo.

Es nuestra lealtad a esta tierra también desleal,
pero amorosa,
que acunó nuestros sueños más ardientes
y nuestras rebeldías.

Don Edmond Bertrand,
promotor de juergas y recuerdos
que aún intentan tocar el Sena en la memoria.
Usted,
que no sufrió con el delirio o el acoso,
la persecución o la vergüenza,
el descrédito público o el escarnio,
la bancarrota o el suicido.

El anhelo era entonces un pájaro sin alas.
(La luna,
redonda y agria,
traza líneas en el agua
que recuerdan un bolero
que rueda por el costado agreste
de la madrugada.)

Es el agua de la zanja,
profunda como una tumba que se multiplicó
con sus cadáveres anónimos y silvestres,
con pueblos enteros que se hundieron
o escaparon a las nuevas orillas
creadas por el hombre.
El agua de dos mares que se encontraron
en el centro mismo de la tierra.
El precio del sueño y la grandeza
con que el hombre emprendía sus hazañas.

Acaso alguien escriba sobre sus puertas
las trágicas historias de los chinos
y los ferrocarriles.
__El opio se arrastraba y hacía estragos
en el ángel de la bruma__.
Eran las tempestades que la muerte ya tendía
en las sombras de tan magna empresa
y la negritud,
desarraigada y moribunda,
que excava caminos para el agua
a través de las montañas
a pesar del ocaso de la fiebre y la quinina.

Usted no es más que un pretexto,
un fantasma de la imaginación,
el mito de una historia irrepetible.

(Del libro: Carta a Edmond Bertrand)

 

Epílogo
La Ruta que Vendrá

Pero aún hoy,
después de tantas madrugadas
asediados por un implacable insomnio,
seguimos trazando nuestra ruta
por una senda inexplorada.

Desfilan las cruces de los muertos
mientras las manos flotan como granadas
en el aire.
Nuestros muertos
son raíces de una herida ya imborrable.

Nosotros, los de aquí,
aún nos resistimos a ser presa
de la sorpresa.

El mundo da giros distintos cada día
y, sin embargo,
aún nos batimos a duelo con los mismos fantasmas
sin resignarnos a borrar las marcas del ocaso.
Soñando los oleajes que vendrán
con las corrientes de los mares.
Con la sangre intoxicada,
tanto como seguimos intoxicados
por la brevedad del instante
y la acumulación.

El mar siempre regresa
con la voz de los ausentes
y nos revela el rostro oscuro de la noche.

Este habrá de ser el momento para iluminarte
y trazarte, finalmente,
la nueva ruta que defina la mañana,
el instante en que la claridad se torne impostergable.
(Del libro: Carta a Edmond Bertrand)

 

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