La poesía de Eduardo Ritter Aislán

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Eduardo Ritter Aislán.

La poesía de Eduardo Ritter Aislán

Nació en la ciudad de Panamá, el 11 de septiembre de 1916, y falleció el 10 de junio de 2006, en El Salvador. Hizo sus estudios secundarios en el Instituto Nacional. Recibió el título de Licenciado en Filosofía e Historia en la Universidad de Panamá y de Doctor en Filosofía en la Universidad Javeriana de Bogotá.

Se desempeñó como profesor de Español en el Instituto Nacional y en el Washington and Jefferson College, Pennsylvania; profesor de Lenguas Romances en la Howard University, Washington, D.C.; profesor de Filosofía en la Universidad de Panamá y se destacó en el periodismo. Ocupó el cargo de Ministro de Educación, Embajador de Panamá en Colombia y representante en la Organización de Estados Americanos (OEA).

Poeta de amable tono menor, de entonación amorosa, cultivó con preferencia el soneto, el romance y la estrofa que hizo famosa Esteban Villegas. Algunos de sus poemas tienen corte modernista. Ganó varios premios en el Concurso Ricardo Miró en 1944, 1947 y en 1950 obtuvo el primer premio en la Sección de Poesía del Concurso Ricardo Miró con su tomo de versos Rosicler. El polemista, sereno y razonable en la prosa, se nos muestra un poeta anecdótico y sentimental, enervado por erudiciones poéticas de Juan Ramón Jiménez o Rabindranath Tagore.

Obra poética publicada:

Umbral, 1940; Crisálida, 1941; Nenúfares, 1944; Poemas, 1949; Espigas al viento, 1950; Rocicler, 1955; Silva de amor y otros poemas, 1957; El tañedor del laúd, 1961; Tornasol, 1966; Cien poemas breves, 1967; Así hablaba Benn Asser, 1967; Permanencia de la patria sobre el corazón, 1976; Romancero del dolor guatemalteco, 1976; Floribel, 1978; El mendigo, 1981; Cuatro nietos, 1986; Obra poética, 1986; Sonetos, 1987 y El corazón sin tregua en diez cantos, 1989.

(Tomado de Panamapoesía.com)

Patria Ausente

Rastros de arenas en fecundas playas,
huellas de sombras y perfil de estrellas,
franjan la luz de tu recuerdo virgen,
patria querida.

Eres el ritmo del tambor que gime,
eres el fresco divagar del río
eres la risa de la chola ingenua,
patria querida.

Llevo la voz de tu presencia verde
–ecos de mar y dialogar de palmas–
como el reflejo de infinitos cielos
llevan las olas.

Eres clamor que se columpia en ansias,
sangre que sangra su rojez adentro,
cerco de insomnes centinelas grises;
cálida espera.

Siento que esparcen sus cenizas leves
sueños de amor que la memoria oprimen;
siento que vuelven a tañer sus arpas
quejas de antaño.

Eres la rosa del primer cariño,
eres el beso que a la novia hurtamos,
eres la estrofa repetida y triste
hecha con lágrimas.

Mástiles fijos, velas prestas: nadie
rumbos precisos a mi sed viajera
porque en las playas de mi patria aguardan
seres queridos.

Patria de ausencia, de recuerdo y rosa:
déjame asirte a mi retina nómade
para que nunca el corazón cansado
pueda olvidarte.

Claroscuro

Una canción de cuna se fatiga
en los labios cansados de la abuela,
que a la luz moribunda de la vela
su oscura y densa soledad prodiga.

Edad del corazón en que se espiga
la dulce frase en amarilla esquela
para encontrar lo que dejó la estela
de un viejo amor que la memoria abriga.

Claroscuro del tiempo que destiñe
lo que fue aurora de ilusión sin sombra
al compás silencioso de un lamento.

Claroscuro del tiempo al que se ciñe
un capricho de ayer que no se nombra
porque es ceniza que dispersa el viento.

(Del libro: Tornasol)

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