Iglesia sobrevive en Centralia, el pueblo que lleva más de medio siglo ardiendo en EE.UU.

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Una iglesia blanca se levanta entre árboles negros. Una cúpula azul brilla contra la nieve.

Por Owen Amos  

BBC News, Centralia, Pensilvania

En las profundidades de Centralia arde un infierno.

El subsuelo de este pueblo fantasma estadounidense, ubicado en el estado de Pensilvania, arde desde hace más de medio siglo.

Un fuego iniciado de forma accidental en 1962 cerca de una mina abandonada acabó extendiéndose por las grutas de carbón debajo de Centralia.

En las últimas tres décadas, la casi totalidad de sus 1.200 habitantes se vieron obligados a abandonar el pueblo y la mayoría de casas fueron demolidas.

Las calles todavía están pavimentadas –en Google Maps, tienen nombres como Railway Avenue y Apple Alley– pero son avenidas fantasma.

En el horizonte, sin embargo, una edificación sobrevive.

Una iglesia blanca se levanta entre árboles negros. Una cúpula azul brilla contra la nieve.

Sus fieles han abandonado la ciudad, pero la Iglesia Católica Ucraniana de Centralia sigue funcionando en el mismo lugar.

La ciudad del pasado

En algunas calles de Centralia se puede ver el humo saliendo de la tierra. (Foto: Getty Images).

John Mayernick nació y se crió en Centralia, cuando era una ciudad minera que respiraba vida.

Todos se cuidaban los unos a los otros. Si hacías algo mal y a alguien no le gustaba, te decían ‘voy a llamar a tu papá”, recuerda.

Pero el 27 de mayo de 1962 Centralia cambió.

Un incendio se extendió desde una mina de superficie al subsuelo compuesto de carbón y se ha mantenido en llamas desde entonces.

No se sabe cómo comenzó, pero la explicación “más aceptada” es que los trabajadores prendieron fuego a un basurero cercano.

Se gastaron más de US$7 millones tratando de detener el incendio, pero no funcionó.

Finalmente, en 1983, el Congreso de Estados Unidos aprobó un paquete de US$42 millones para reubicar a los residentes.

Según el estado, el fuego podría arder por más de 100 años, aunque algunos lugareños piensan que ya se apagó o que ya no representa un peligro.

John se mudó a Numidia, a unos 10 kilómetros más al norte.

Pero, aunque Centralia estaba desapareciendo, él siguió visitando la iglesia con cúpula azul donde fue bautizado.

Más de 40 años después, todavía sigue viniendo aquí.

“Esta era nuestra iglesia. Todos en mi familia fueron bautizados aquí, recibieron la comunión aquí e incluso alguno de ellos fueron enterrados aquí”, afirma mientras mira las vidrieras.

“Yo podría haber ido a (las iglesias de) Berwick, de Monte Carmelo o de Marion Heights. Pero mientras esta siga, seguiré viniendo”.

La iglesia

Una iglesia en un lugar sin gente necesita cimientos profundos y fuertes… o se desmorona.

La familia de Joanne Panko es uno de esos pilares.

Ella, de 67 años, fue bautizada aquí, al igual que su madre. Su abuela también rezó aquí, después de llegar de Europa a los 20 años.

En 1987, con el fuego ardiendo, Joanne dejó Centralia para irse a Bloomsburg, a unos 30 kilómetros de distancia.

Pero ¿pensó ella en encontrar una nueva iglesia alguna vez?

“Nunca”, dice, sentada en un banco con su nieto y repite: “Nunca”.

La familia de Mary Anne Mekosh es otro de los pilares de la iglesia.

Al igual que Joanne, los padres y abuelos de Mary vivieron en el pueblo ahora desaparecido.

Ella lo abandonó después de la escuela secundaria, se mudó al área de Washington DC, pero ahora vive a 8 kilómetros al sur de Centralia.

La mujer, de 68 años, está orgullosa de su iglesia, pero dice que la afecta la situación en la que ha quedado el lugar donde nació.

“No soy alguien que odie a nuestro gobierno o que piense que es incompetente. Simplemente no entiendo cómo se permitió que esto sucediera. Realmente creo que el fuego podría haber sido apagado en los primeros días”, dice ella.

Piedras de salvación

La ciudad llamó la atención de artistas del graffiti, al punto que en una calle que ya no funciona se la bautizó como Autopista del Graffiti, por los que aparecen en los árboles.

En la década de 1980, Centralia se estaba desvaneciendo del mapa.

Cuando comenzó el incendio, había cinco iglesias en la ciudad. Una por una, desaparecieron.

En 1986, la ucraniana, construida en 1911, estuvo a punto de ser derribada.

“Fue en su último aliento. La iglesia iba a ser derribada, y todo lo que habría quedado hubiera sido el cementerio”, explica el padre Michael Hutsko, el sacerdote del lugar.

Pero, mientras el estado supervisaba las obras de demolición en otras partes de Centralia, el arzobispo Stephen Sulyk ordenó que se perforara debajo de la iglesia para ver si también allí había carbón y s i el incendio podía llegar a ese lugar.

“Entonces perforaron y encontraron roca sólida. Fue como una revelación bíblica: “Eres Pedro y sobre esta piedra construiré mi iglesia’”, dice el padre Hutsko, en alusión al pasaje de los evangelios.

El edificio se salvó y, con la ayuda de familias como los Mayernicks, los Pankos y los Mekoshes, la iglesia siguió en pie mientras Centralia ardía.

En noviembre de 2015, el jefe de la Iglesia Católica Ucraniana, el arzobispo mayor Sviatoslav Shevchuk, visitó la ciudad durante una gira por Estados Unidos.

Quedó tan impresionado con la iglesia que la nombró lugar de peregrinación.

Una carta enmarcada en la pared del edificio, con el sello dorado del patriarca, confirma el honor.

La primera peregrinación tuvo lugar en agosto de 2016, con entre 500 y 600 visitantes de todo Estados Unidos.

Otra tuvo lugar en 2017, y la siguiente está prevista para el último domingo de agosto de 2018.

“Invitamos a personas de todo el mundo a unirse a nosotros. Realmente queremos extenderlo, no es solo para los católicos ucranianos”, afirma el padre Hutsko.

No hay otro lugar donde ir

Después de su servicio de la mañana del domingo, el padre Hutsko y su congregación se quedan a tomar refrescos y dulces en la parte posterior de la iglesia.

“No hay otro lugar a donde ir”, dice sonriendo.

A medida que el olor a incienso persiste, los viejos vecinos se ponen al día con el café, mientras que los feligreses más jóvenes juegan entre los bancos.

“Perdimos la ciudad, pero no perdimos la iglesia. Como sacerdote, eso me da una gran elevación, un gran sentimiento, tanto espiritual como social”, confiesa el sacerdote.

Hutsko, que tiene otra parroquia en Mount Carmel, cinco kilómetros al oeste, confía en que la iglesia sobrevivirá “más de lo que yo estaré vivo”.

“Cuando miras hacia atrás, notas que sobrevivió en 1986 para algo más grande. Creo que la historia se está desarrollando ante nuestros ojos. Todavía no se ha escrito el capítulo final”, dice.

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