García Márquez, escribir para vivir

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Gabriel García Márquez. (Foto: Reuters).

El pasado 6 de marzo de 2017, el escritor colombiano Gabriel García Márquez habría cumplido nueve décadas de vida. Fundió la realidad latinoamericana con el surrealismo, creando la gran epopeya del continente.

DW

El “domingo 6 de marzo de 1927 a las 09:00 de la mañana” llegó al mundo el autor de Cien años de soledad, como él mismo relató en su obra autobiográfica titulada Vivir para contarla. Aracataca, un pequeño municipio del norte de Colombia bañado por la fresca brisa del Caribe e invadido por la alegría innata de la costa, fue donde “Gabo” vivió junto a sus abuelos maternos los primeros años de vida, esos que inspiraron gran parte de su obra.

La música, la alegría, el desparpajo, la sensibilidad y la imaginación son solo algunos de los ingredientes que García Márquez tomó de su tierra natal para crear el realismo mágico, el particular estilo con el que sigue siendo reconocido por millones de lectores en el mundo.

Desde muy joven, Gabriel García Márquez supo que quería ser escritor. Abandonó sus estudios de derecho contra la voluntad de sus padres y se adentró en el mundo de esos relatos que se han quedado grabados en la memoria colectiva.

Se dice que en el lugar en que nació el 6 de marzo de 1927, la localidad de Aracataca, en el Caribe colombiano, estaba el germen de Macondo y de la magia que pobló sus obras.

Gabriel García Márquez, el mayor de 11 hermanos, creció con sus abuelos. El abuelo le regalaba libros, que él devoraba. Su abuela, pródiga en relatos, le contaba historias fantásticas, le mostraba cuartos prohibido, habitados por parientes muertos. Fue alimento para su fantasía y, al mismo tiempo, fuente de décadas de pesadillas. El niño creció entre mujeres. “De ahí viene probablemente mi convicción de que las mujeres sostienen el mundo, mientras nosotros, los hombres, lo desordenamos con nuestra brutalidad histórica”, señaló el autor en sus memorias.

La realidad colombiana

Colombia sufría también desórdenes. En la época en que nació García Márquez terminaba el boom económico que había beneficiado a las ciudades y a los inversionistas extranjeros. La población rural, en cambio, había permanecido en la pobreza. Un polvorín social. En 1928 se produjo un baño de sangre. Trabajadores de una plantación bananera que protestaban contra la United Fruit Company porque no habían recibido sus salarios, fueron reprimidos a balazos por tropas gubernamentales, con un saldo de numerosos muertos.

Otro acontecimiento que ha marcado hasta ahora la historia de Colombia lo vivió de cerca “Gabo” como estudiante, en Bogotá: el asesinato del candidato presidencial liberal Jorge Eliécer Gaitán, en 1948. Ese crimen marcó el inicio del conflicto armado colombiano.

La realidad latinoamericana

García Márquez abandonó sus estudios y comenzó a trabajar como periodista. Su situación económica era precaria. El autor nunca olvidó la experiencia de la pobreza y la violencia. Durante toda su vida tomó partido por los débiles y en la década de los 60 apoyó a los movimientos de liberación. De esa época proviene también su a menudo criticada amistad con Fidel Castro. En la década del 90 y la del 2000 combatió el crimen y el narcotráfico, e intentó mediar entre el gobierno y la guerrilla.

El éxito llegó con la inolvidable novela “Cien años de soledad”. Un libro que, para el autor, tuvo también un efecto terapéutico, según el crítico literario colombiano Carlos Rincón: “García Márquez dijo que hasta que escribió ‘Cien años de soledad’, sus sueños con la casa de sus abuelos eran pesadillas”. Se liberó de ellas cuando volcó las vivencias y los recuerdos en la ficción.

Para muchos, ese libro es la gran epopeya de América Latina. En 1982, Gabriel García Márquez fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura, “por sus novelas y relatos cortos, en los que lo fantástico y lo real se funden” en un mundo colorido que refleja también “la vida y los conflictos de un continente”. Un mundo que sigue vivo tras la muerte de su creador, quien el 6 de marzo habría cumplido 90 años y cuyo nombre está a salvo de la enfermedad del olvido.

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