Daniel Viglietti: “No hay conciencia sin emoción”

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Daniel Viglietti.

El 30 de octubre falleció en Montevideo, a los 78 años de edad, una de las voces emblemáticas de la nueva canción.

Por Cristian Vitale

El 30 de octubre falleció en Montevideo a los 78 años, una de las voces emblemáticas de la nueva canción latinoamericana, el uruguayo Daniel Viglietti. Su voz poderosa y su compromiso ético lo convirtieron en un referente como compositor e intérprete.

Reproducimos una de sus últimas entrevistas, concedida al diario argentino Página 12, en febrero de este año, previo a un concierto en Buenos Aires. Lúcido, crítico y agudo hasta el último de sus días.

Es Daniel Viglietti, y si es Daniel Viglietti, el que compuso hitos de la música americana como Canción para mi América, Declaración de amor a Nicaragua o La Patria Vieja, es imposible no preguntarle qué piensa del nuevo rumbo que ha tomado el continente. “Yo tengo solamente una voz, y es complicado contestar una pregunta tan polifónica como esa. ¿Canto los agudos de Cuba o los graves de Haití? ¿Nombro la prisión de Milagro Sala en Jujuy o el crimen impune de Ayotzinapa, en México?”, esboza él, sutil y agudo.

“Entre canción y canción les daré la palabra a algunos recuerdos y algunas imaginaciones. Me sentiré feliz si cantan conmigo en algunas, y si alguien sale del concierto discutiendo con sus adentros, o con una burbuja del alma que haya sentido emoción. Creo que no hay conciencia sin emoción”, prevé el trovador uruguayo, mientras piensa en cómo retomar la pregunta inicial. “De economía conozco poco. Apenas sé sumar, y dividir es paradójico. Bueno, una canción mía termina diciendo que ‘uno más uno son tres’. ¿No? Es de las canciones que a veces me gusta llamar ‘del interior’, no porque sean del campo –que no lo son– sino porque bucean dentro de uno mismo como La mano impar, De cabeza o Canción bicéfala.

–¿Algo más sobre esta América de hoy?

–Sí, claro. Es cierto que es un torbellino lo que está pasando con este cambio de rumbo en el continente. En algunos países, hace un tiempo ya, se pudo electoralmente derrotar a la derecha y se trabajó para cambiar, y se lograron algunas reformas sociales. Se dieron pasos. Y en Uruguay se sigue en esa tarea. Pero la caminata exige cambios más profundos, y el desánimo puede instalarse en alguna gente. Por ejemplo, en la Argentina en materia de Derechos Humanos se lograron cosas que en Uruguay han sido muy difíciles o algunas imposibles hasta ahora en la lucha contra la impunidad de los represores. En Argentina y Venezuela hay también ejemplos de lo que se venía avanzando en materia de proyectos sociales. Luego han surgido agresiones y desmantelamientos diversos, en unos y otros mapas, y no olvidemos a Brasil. Y en medio de esos juegos de contradicciones hay que seguir apostando a la unión de nuestros pueblos y, por ejemplo, continuar defendiendo la permanencia de Venezuela en el Mercosur. Hay que cuidar todo lo que nos permita construir eso que podría llamarse “los pueblos unidos de Latinoamérica”.

–¿Al lado de la era de las tremendas dictaduras del pasado usted piensa que esto es tanto así de complicado, o no?

–No tanto. Es algo muy diferente, claro, pero a la vez muy complejo. Pensando en esa búsqueda de unión continental, le cuento que en 1982, en Managua, en la Nicaragua sandinista inicial, se me ocurrió el término “nuestroamericano” en la letra de mi canción Declaración de amor a Nicaragua. Eso me nació de un sentimiento de siempre que nos viene de Bolívar, de Martí, del Che, del propio Artigas, la idea de la unidad latinoamericana. Pero con el tiempo me doy cuenta que esto no borra las identidades, en sus aspectos positivos y negativos, de cada una de nuestras patrias. Somos todos uno, somos Latinoamérica y el Caribe, de acuerdo y ojalá bien juntos, pero cada una de nuestras historias es un mundo y tiene sus coordenadas propias. Pienso que hay que lograr aunar toda esa diversidad y los logros obtenidos. Por ejemplo, ahora, las decisiones proteccionistas de Trump a la vez que nos irán golpeando pueden unirnos. Pero no se trata de caer en la teoría de que lo peor es lo mejor. Por su lado, los medios de comunicación, la televisión y la radio, nos abarcan y nos manipulan en una hipnosis que rompe conciencias, que adormece el sentido crítico. Y ahí lo peor es lo peor. No es fácil ni es habitual ejercitar la contralectura de lo que vemos, de lo que leemos, de lo que escuchamos en esa suerte de nueva iglesia inquisidora que son los medios.

–¿Qué hacer entonces, según usted y su experiencia artística y “mediática”, dados sus trabajos en radio y televisión?

–Trabajar más sobre eso. Leer de nuevo a Armand y a Michèle Mattelart, que han analizado mucho esos problemas de la comunicación. Armand, el sociólogo belga, junto con el escritor chileno Ariel Dorfman, publicaron aquel libro Para leer al Pato Donald y hoy podrían ayudarnos a leer los designios del Donald Trump. Las imágenes intentan dominar el imaginario colectivo, y muchas veces lo consiguen. Y lo cultural es infiltrado por la seducción de los mensajes del poder. Y si un día crece la rebelión popular, ahí está siempre latente la amenaza de la represión, de encarcelar, torturar, y si la situación se agrava, aplicar la receta de los misiles y las bombas, ahora muchas veces en ataques anónimos desde los siniestros drones no tripulados. Ejemplos de esos procesos represivos en escalada, abundan. En nuestro sur esto fue muy claro en los años de plomo, aunque sin la guerra generalizada. Y hoy continúa este otro conflicto, la guerra invisible, la de los medios. Y esto sí que no es para nada un “juego de niños”. Sin olvidar las guerras de destrucción que continúan y las desesperadas migraciones de tantas poblaciones, como en campos de concentración móviles.

–¿Todo esto se ve igual desde Argentina y desde Uruguay, o existen diferencias “a trasluz”, digamos?

–Tenemos como un par de lentes común, pero cada ojo ve con matices distintos. El sueño artiguista de las provincias unidas quedó trunco y en el hoy por hoy somos dos países con gobiernos diferentes, historias democráticas distintas, militarismos con rasgos propios, dentro de una visión que en tiempos dictatoriales fue fascista en ambos países y en otros como Chile, por poner un ejemplo. Y ha habido similitudes en el modo en que reprimieron nuestros intentos revolucionarios, en eso la unidad de la represión ha sido sistemática, Plan Cóndor mediante. Al cóndor, que comparativamente con lo que practicaron nuestras dictaduras parece un ave doméstica, le tocó ser emblema de los que defienden el huevo de la serpiente desde las sombras de la impunidad. Se vuelve de actualidad regional ese título de aquella película del sueco Ingmar Bergman. ¿No? Pero en el tema de los Derechos Humanos también tenemos que abordar el problema de la desigualdad social, del hambre, de la injusticia, de la falta de libertad. Se debe hablar de la educación, esa madre de las ideas. Un amigo argentino me decía hace poco que como mínimo son cinco las prioridades para un mundo mejor. Esas: la alimentación, la vivienda, la salud, la educación y el trabajo. Parece un lugar común, pero es un buen resumen de la sed de estos tiempos. Como los cinco dedos de la mano izquierda. En ese caso, de puño abierto.

–¿Cómo traslada todo este análisis al mundo de la canción, que es el suyo, más allá de sus inquietudes políticas, sociales o comunicacionales?

–En realidad, uno siempre se está componiendo, porque se está pensando, soñando, sufriendo, respirando la porción de realidad que al trovador le toca vivir, siempre se está como afinando ideas. Y de repente nace la canción, aunque la gestación pueda durar años. A veces muy poco tiempo. Pero tampoco creer que uno es una máquina de cantos políticos. Por eso, así como me nacen canciones de opinión, me nacen otras sobre el paisaje, sobre el amor, sobre seres entrañables. Pero siempre vienen de una sensibilidad determinada, desde un modo de concebir la vida. Una vida igualitaria, lo más parejita posible, sin soberbia, sin codicia, defendiendo la alegría, como nos pedía nuestro entrañable Mario (Benedetti). La ternura, el compañerismo, como tantos queremos. Defendiendo las arenas rochenses de Valizas al cantar El vals de la duna, defendiendo el amor al cantar Anaclara, defendiendo la educación al recordar a la maestra uruguaya desaparecida Elena Quinteros, cuestionando la impunidad al cantar mi música para el poema de Circe Maia Otra voz canta, defendiendo nuestra cultura cuando abordamos a Violeta o a Atahualpa o a Benedetti o a Galeano, defendiendo la libertad de pensamiento cuando evocamos al sacerdote colombiano Camilo Torres que, en su momento, cambió la sotana por un fusil, o al capitán Carlos Lamarca que cambió la puntería del suyo, defendiendo la memoria de Salvador Allende, de Miguel Enríquez, de Víctor Jara, como en mi país la de Raúl “Bebe” Sendic, o en el mundo la del nuestroamericano, que fue el argentino Ernesto Guevara.

–¿Ha tenido la oportunidad de viajar por el continente recientemente? ¿Qué impresión le causó, en general?

–Lo que más me impactó fue que regresé a Cuba, cuando presenté mi recital Viglietti recuerda a Benedetti, en Casa de las Américas. Fue un hermoso reencuentro con esa entrañable isla en ebullición. Me introdujeron, con sus palabras Silvio Rodríguez, y con su canción al poeta, Vicente Feliú. Como era en medio de la Feria del libro, hubo presencia de mucha gente, incluidos representantes del gobierno uruguayo. Entre los cubanos, en primera fila, el insigne poeta Roberto Fernández Retamar, presidente de Casa. Reencontré músicos y poetas amigos como Miguel Barnet, Nancy Morejón, Leo Brouwer, Augusto Blanca. Algún día volveré a presentar en la Argentina esa evocación de Benedetti que incluye canciones, textos y un contrapunto de imágenes que organizó conmigo en México el cineasta argentino Jorge Denti.

–Habría que profundizar en el clímax de esa Cuba que vio, entonces…

–En esos pocos días en la isla respiré la lealtad de un pueblo a Fidel y a una revolución que ha tenido el acierto de no creerse perfecta. Ahora estamos todos preocupados por qué hará Trump, con lo que fue acordado el año pasado con Obama, que no era un santo. Pero algo era algo, aunque el objetivo principal, terminar con el bloqueo, aun no se ha logrado. Pero, volviendo a la pregunta anterior, también he estado en México donde canté ante miles de personas en el enorme espacio del Zócalo capitalino, en el Centro Histórico, en un festival dedicado a los exilios en esa tierra generosa, desde el español al latinoamericano. A México siempre voy con mi compañera de vida, Lourdes, psicoanalista, que es mexicana. En cuanto a Venezuela, ahora hace un tiempo que no se ha dado la oportunidad de ir, pero siempre sigo apoyando esa patria bolivariana en diversos actos, siempre recordando a Alí Primera, y a cantoras actuales como Cecilia Todd y Amaranta, chavistas ellas, entre otros miembros de la valiosa cantera musical venezolana. Mi deseo de cantar de nuevo en Chile, en Ecuador, en Colombia, en Bolivia, en Perú, en El Salvador, siempre es fuerte, pero se pospone por razones de organización, de producción, o porque no hay eventos que hayan requerido de mi solidaridad. Siempre ando navegando a dos aguas; la de la solidaridad y la de mantenerme con mi trabajo. Es evidente que no formo parte del show business… Más de la mitad de mis actuaciones son por causas solidarias, como la de los desaparecidos. Por esa razón estuve actuando hace poco en el interior de Uruguay, en la inauguración de monumentos en memoria de los desaparecidos en los departamentos de Artigas y Soriano.

–¿Qué temas históricos cree que no pueden faltar, dado el contexto actual, además de las que ya mencionó?

–Nunca sentí que debía retirar canciones de mi repertorio, aunque admito que hay algunas que es mejor contextualizarlas. Solo digo compañeros, por ejemplo, aquella que termina invocando la sangre de Tupac, la sangre de Amaru. A desalambrar, que me acuerdo una vez que en un intento de variar el repertorio no la canté en un concierto en Madrid, el cronista del diario El País anotó que yo me había negado a cantarla. Por otra parte, en un homenaje que me hicieron los paisanos de Paso de los Mellizos, una población de apenas cientos de habitantes en el departamento de Río Negro, yo la canté y comenté que no era mi intención dejar sin trabajo a los alambradores. Porque, además, cuando llegue el tiempo de la reforma agraria, habrá que alambrar mucho en los repartos de tierra para las mayorías. Ese verbo que inventé en 1966 es un símbolo que me nació del Reglamento de Tierras que Artigas creó en 1813. Se trata, todavía hoy y no solamente en Uruguay, de desalambrar los latifundios. También cantaré a la luchadora paraguaya Soledad Barrett, a quien conocí inicialmente en Argentina. Y pensando en los Familiares, Madres e Hijos de los desaparecidos, incluiré Otra voz canta.

–Su último disco fue Trabajo de Hormiga. ¿Qué visión tiene sobre él, y por qué hace tanto que no graba?

–Trabajo de Hormiga me permitió difundir mi retorno al sur con canciones nuevas que traía del exilio, algunos temas históricos y varios inéditos, y algunas versiones junto a amigos cantores como Isabel y Ángel Parra, o Chico Buarque. Es cierto, hace mucho que no grabo. Siempre digo penúltimo disco, pensando que vendrá otro. No sé si de estudio, como fue Esdrújulo, grabado en ION en Buenos Aires, con el invalorable aporte de Coriún Aharonián. Los dos “penúltimos” son grabados en vivo, Devenir fue el anterior. Quizá siga ese camino o alterne algo de estudio con algo en público. Y agregue alguna curiosidad que tengo guardada. Ahora, en este periplo argentino, interpretaré algunas canciones que no he llevado todavía al disco. O a la nube, que dispersa los materiales pensados como una unidad, pero tiene algo generoso en su lluvia. En todo caso, hasta nuevo aviso, espero que algo quede grabado en el corazón de la memoria de la gente. Ojalá, de nuevo.

(Tomado de Rebelión).

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