Borde de Mar

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Borde mar.

Borde de Mar

Por Manuel Orestes

De una angostura geográfica está hecha nuestra patria. En la delgadez telúrica nacimos y morimos. Del agua de los océanos y el salitre están hechos nuestros pulmones y nuestras lágrimas. En las espumas de dos colosales mares están zurcidos nuestros recuerdos y en el fondo marino yacen deshilachados nuestros olvidos.

Desde un tiempo cuarteado -en la colisión entre el invasor europeo y esta tierra caliente y nuestro vaho- hemos sido los hijos de los caminos, del polvo y las pisadas, de los desgajamientos de la atolondrada multitud que cruzó, se fue y no volvió.

Descendientes de los milenarios dueños de los ríos y las montañas, de las playas y los cangrejos; de los maniatados y esclavizados que como reses traficaron desde África en barcazas inmundas y de peninsulares toscos y blancuzcos.

Somos una legión bastarda con la sangre manchada.

Hijos de hijos de envilecidos aventureros, implacables y voraces mercaderes, enmascarados traficantes, tahúres y truhanes; de mujeres cobrizas acorraladas por las brutalidades y los abusos; de esbeltas y silentes jóvenes de ébano con sus ojos hondos y sus manos dulces.

Oleadas de depredación y saqueo pasaron una y otra vez por este filamento de tierra y en sus noches de pus y sudor, puertos y borracheras, obsesiones y gritos amargos, fuimos gestados.

La caliente avaricia por encontrar el paso hacia el oro y su destello abrazador no tuvo límites, ni en la tortura ni en la muerte. El oro -metal de la codicia- con el cual levantaron ciudades y financiaron alucinaciones de grandezas, en los reinos del Viejo Continente.

Hemos sido el centro de una inmensidad acuática. La losa húmeda que sostiene nuestras vidas es una cintura pequeña, un ombligo, un paso, un canal, la herida hasta el tuétano que no nos mató cuando ocuparon nuestra casa y nos sometieron.

Nosotros, colonizados y enjaulados, también fuimos indóciles y cimarrones; y todavía una costra de sudor seco tiñe nuestros cuerpos.

Nos hemos pasado siglos buscando, escarbando, arañando, hurgando, en este lugar, para saber, para entender.

Nos hemos quedado sin piel en las manos por el afán de encontrar respuestas a la pregunta que nos escalda: ¿Nada más somos una babosidad en el borde del mar, un resbaloso estrecho?
¿Qué rayos somos? ¿Esto que llamamos Panamá, qué es? ¿Qué ecos de frustraciones y crímenes rebotan todavía en su cielo?

¿Dónde está el escalpelo para abrirnos en dos el corazón y ver dentro de él nuestra sangre ardiendo?

Lo fugaz anida en nuestras almas y las intensas lluvias que caen en este paraje único y hermoso empapan la médula de nuestros huesos en cada invierno.

En una estela en el mar está impresa la matriz de nuestra memoria.

Somos la madera de las barcas y los velámenes, los vientos alisios y los ojos de las aves que vuelan a ras de las olas vivas. El caracol y su laberinto sonoro, los mediodías y su singular resplandor que conmociona, las islas del golfo, los delfines y las ballenas dulcificadas en las ensenadas que nos circundan. La tortuga, el pez espada, las caracolas que reverberan y las gaviotas.

En el borde del mar hicimos nuestro hogar y en las arenas enterramos nuestros muertos. Aquí oramos y blasfemamos, con los ojos inyectados de sangre y soledades.

La nación emergió pese a todo y se forjó contra todo pronóstico. Pudo ocurrir que no cuajara este pueblo multicolor y que nada brotara; que todo siguiera su camino, y que sin nacer nos
perdiéramos en el abandono y el silencio; que la ruta entre las aguas se la tragara la selva espesa y el moho del olvido se apoderara de las piedras; que el ensueño muriera frente a los océanos infectados de piratas, filibusteros, miedos y odios.

Pero no fue así. Titánica fue nuestra lucha por existir. Y aquí fue: ante el agua esmeralda, el sol oblicuo y el sopor ambarino de estas costas, que arribamos a la vida, crujiendo como langostas en el dolor de nuestro parto.

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