Belleza neurótica

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Morris Berman. (Foto: Cortesía de Editorial Sexto Piso).

Periódico La Jornada (México)

El poeta, novelista y ensayista estadunidense Morris Berman, en su libro más reciente Belleza neurótica: un extranjero observa Japón, publicado por el sello Sexto Piso, explora con acuciosidad “la fascinante cultura” de ese país asiático. Esa civilización, sostiene el autor –quien reside en México– es un espejo en el que la propia cultura occidental ve reflejados sus profundos miedos y obsesiones. Con autorización de la editorial, se reproduce un fragmento del libro.

Mi amor por Japón se remonta a más de cincuenta años atrás, cuando tenía dieciséis años. No recuerdo el contexto exacto, ni por qué un profesor de inglés en preparatoria hablaba a sus alumnos acerca del arte japonés de hacer espadas, pero lo hizo y nunca lo he olvidado. Explicó que el artesano ayunaba y rezaba durante los tres días previos a comenzar con su labor. Luego, en un estado mental dispuesto y concentrado, forjaba y templaba el metal, doblándolo sobre sí mismo para formar un “sándwich” de muchas capas que al final terminaba siendo tan delgado como una hoja. El resultado era una hoja tan dura y afilada que podía cortar un tronco de árbol de tamaño mediano como si fuera mantequilla.

Quedé cautivado por esto; me hablaba de un mundo ajeno y al mismo tiempo un mundo que me era extrañamente familiar. La verdad es que por varias razones nunca me sentí parte de la pirotecnia tecnológica de Estados Unidos, ni siquiera de niño. De modo intuitivo, su idea de “progreso” me parecía equivocada y desde más o menos los siete años en adelante me sentí como el proverbial extraño en tierra ajena. “La artesanía”, escribe Glenn Adamson, del Museo de Victoria y Alberto, “ofrece la oportunidad de ‘pensar de otra manera”’. “La experiencia de la artesanía”, continúa, “es siempre una revelación”. Así me sucedió. No me impresionaban las toneladas de comida congelada ni los alerones en los autos producidos por los corporativos de Estados Unidos; para nada. En cambio, ayunar y rezar durante tres días completos para producir una espada de una belleza y perfección exquisitas: eso me parecía impresionante en definitiva. Era evidencia de una forma de vida completamente distinta, basada en el cuidado y la atención. Desde muy temprana edad entendí que tenía que haber una relación entre la calidad de la espada y la calidad de la mente que la produjo. De algún modo, sabía que eso era en términos generales lo que quería hacer con mi vida.

Como ya dije, esta sensibilidad era previa a la epifanía ocurrida en mi clase de inglés. Como readolescente, presencié la destrucción de mi ciudad natal con asombro y consternación. Primero, arrancaron las vías del trolebús para dar paso al horrible sistema de autopistas interestatales. Poco tiempo después pavimentaron nuestra calle de ladrillo para que los autos pudieran acelerar por ella sin tener que frenarse. Paso a paso, cualquier cosa que tenía arte o personalidad fue desmantelada y remplazada hasta que la ciudad se convirtió en una ciudad estadunidense más, homogénea y aburrida. Todo era prisa, prisa, sin ningún propósito humano. “Lo convirtieron en tierra yerma y lo llamaron progreso”, para parafrasear a Tácito.

En cualquier caso, Japón permaneció en mi mente. No era yo el primer estadunidense en encontrarme con una versión romantizada de aquel país, una cualidad de vida que añoraba en la mía. Años más tarde –ahora a los veinte– apareció un popular anuncio en una revista (¿era loción para afeitar? No recuerdo) que mostraba a un caballero elegantemente vestido, rodeado de las clásicas pantallas japonesas hechas de papel y madera (shoji), sentado en una mesa sobre la que estaba colocado un tablero de Go (Go es un juego de mesa japonés en el que los jugadores alternan colocar piedras blancas y negras sobre una cuadrícula). La frase que acompañaba al anuncio decía algo como “Se siente como en casa en mundos que la mayoría no sabe que existen”. Y recuerdo que de joven me identificaba con ese hombre, quería ser como él, y penetrar aquellos mundos fuera de este mundo. Unos años más tarde comencé a jugar Go… y me pareció tan complejo (a pesar de su aparente simplicidad) que me di cuenta de que tendría que decidirme entre ser escritor o convertirme en un jugador profesional de Go; hacer las dos cosas era imposible.

Más o menos por la misma época, comencé a trabajar en lo que sería mi único bestseller, El reencantamiento del mundo. El libro era una exploración de aquel mundo premoderno perdido, específicamente el de la ciencia medieval de la alquimia, una práctica muy similar conceptualmente a la fabricación de espadas japonesas. No es que los alquimistas transmutaran el plomo en oro (algo que tiendo a dudar), sino que el arte implicaba una relación entre la materia y el espíritu que resultaba ser muy “difusa” o que se traslapaba. Desde nuestro punto de vista, una relación ausente de la tecnología moderna, carente del componente espiritual. Después de todo, en esta última las máquinas construyen a las máquinas; el resultado no depende de la pureza del espíritu del operador, ni de algún tipo de disciplina mental (todo lo que el trabajador debe hacer en realidad es supervisar la línea de producción). Pero en la tradición de la artesanía –y esto se aplica a todas las artesanías tradicionales japonesas, así como a la alquimia medieval europea– la materia y el espíritu se reflejan mutuamente, la una permea al otro y viceversa, por decirlo de alguna manera. Tenían un sentido; uno no producía objetos por el simple hecho de inundar el mercado o para conseguir ganancias cada vez mayores. El cuidado, la dedicación, el sentido de comunidad, la paciencia infinita y el genuino propósito: tales fueron las pérdidas colaterales en la carrera hacia la modernidad. Esta tensión entre lo medieval y lo moderno, entre digamos Oriente y Occidente, no representa un problema para la mayoría de los estadunidenses de hoy; nunca aparece en su radar. Es improbable que entiendan lo que Octavio Paz quiso decir cuando escribió que “La artesanía es el latido del tiempo humano”. Como lo dijo Alan Watts, “las personas con prisa no pueden sentir” –en especial si no van a ninguna parte, añadiría yo–. Pero la constelación de artesanía y dedicación sigue siendo un tema para los japoneses, como veremos en este libro, y el resultado de esto es una cultura que resulta absolutamente fascinante, en parte debido a sus contradicciones que desquician, pero brillantes (de ahí el título del libro).

Como ya dije, es obvio que no soy el primer estadunidense en hallar en Japón lo que no tenía en Estados Unidos. Mucho antes de mí Lafcadio Hearn, y décadas después de Ruth Benedict, los estadunidenses se han interrogado acerca del enigma que es Japón. En su libro The Great Wave, Christopher Benfey cuenta cómo, en los años siguientes a la Guerra Civil, las clases intelectuales y artísticas de Nueva Inglaterra buscaban recuperar su asidero filosófico y espiritual, y comenzaron a mirar hacia el “viejo Japón” en busca de equilibrio y perspectiva. En el último cuarto del siglo XIX en particular, hubo un boom de todo lo que tenía que ver con Japón: grabados de plancha de madera, vasijas de cerámica, judo, geishas, samuráis y demás. Emerson y Thoreau se interesaron en el budismo desde la década de 1840, y las viejas familias bostonianas continuaron con esta costumbre. Estaban insatisfechas con el comercialismo vulgar de la nación, al que consideraban sórdido, y voltearon hacia Japón como una posible alternativa de pensamiento (y de forma de vida). Mark Twain llamó a este periodo la Edad de Oropel, porque creía que una verdadera Edad de Oro era imposible en Estados Unidos. Lo que esta última podría lograr, escribió, era una pátina dorada, con desechos bajo la superficie. En Japón, en cambio, los bostonianos hallaban un orden social alternativo, con una aristocracia hereditaria y tradiciones estéticas muy antiguas. En el sacrificio personal del samurái vieron el ethos puritano; en la austeridad del budismo zen, un rechazo de la ostentación victoriana. La ironía de todo esto era que al mismo tiempo que estos personajes se enamoraban del viejo Japón, Japón se reinventaba como Estado moderno.

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