La Giraldilla de La Habana, símbolo de amor perpetuo

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La Giraldilla de La Habana, símbolo de amor perpetuo

Por Cosset Lazo Pérez*

La Habana (PL) – Sigilosa y triste, con la mirada perdida en el horizonte, la Giraldilla de La Habana eterniza una singular historia de amor, nacida en algún momento de la España del siglo XVI.

La figura representa a Isabel de Bobadilla, quien después de la partida de su esposo, el conquistador español Hernando de Soto, aguardó el anhelado regreso desde lo más alto del Castillo de la Real Fuerza.

Fundida en bronce, la efigie permanece inmóvil ante los barcos que se adentran en la bahía habanera, la misma que un día separó para siempre a la feliz pareja.

Poco después de su designación como gobernador de Cuba en 1537 por la corona española, Hernando -de 43 años de edad- emprendió un costoso viaje a la Florida en busca de nuevas aventuras y tesoros.

La descomunal expedición conformada por nueve buques y más de 500 caballos partió el 12 de mayo de 1539, y mientras los navíos se perdían en el horizonte, la nostalgia invadía el corazón de Isabel y presagiaba el ocaso de una gran pasión.

Ella quedó el frente de la administración de la Cuba colonial, pero la responsabilidad de tan importante tarea no lograba apartar de su mente -ni por un solo segundo- la imagen del conquistador español.

Crónicas de la época aseguran que pasaba mucho tiempo en el punto más alto del Castillo de la Real Fuerza, donde la brisa cristalizaba sus lágrimas y la tristeza amenazaba con ahogar cualquier rayo de esperanza.

Los muros de la poderosa edificación enclavada en La Habana no pudieron contener el lamento de Isabel, quien nunca aceptó el fallecimiento de su esposo, ocurrido en la década de 1540 a orillas del río Missisipi, en Estados Unidos.

De acuerdo con algunos apuntes históricos, la fiebre amarilla acabó con la vida del militar, y su cuerpo tuvo como última morada el fondo de esa vía fluvial.

Mientras el tiempo transcurría, la joven no dejaba de soñar con el regreso de Hernando y sólo la muerte pudo terminar con la inconmensurable agonía de su ausencia.

Romance más allá de la muerte

Poco después del deceso de su esposo, la imagen de Isabel quedó inmortalizada en las memorias de la capital cubana, y la historia del trágico romance se propagó de siglo en siglo hasta llegar a nuestros días.

Inspirado en la leyenda, el escultor cubano Jerónimo Martín Pinzón perpetuó la figura de la dama al crear una pieza que fue colocada en el punto más elevado del Castillo de la Real Fuerza por orden del gobernador Juan de Bitrián y Viamontes en los primeros años de la década de 1630.

Con 110 centímetros de alto, la efigie sostiene con su mano derecha el tronco de una palma (árbol nacional de Cuba), en cambio la izquierda, la del corazón, atesora un asta con la Cruz de Calatrava, orden a la que pertenecía Hernando.

De su cuello pende un medallón con el nombre del artista mientras con perspicaz desenfado, su falda permanece recogida sobre el muslo derecho, detalle que establece un suave contraste entre recato y sensualidad.

Por varios siglos, la estatua -en representación de la fidelidad conyugal de Isabel- gobernó la cima del palacio capitalino y se mantuvo firme ante el embate de huracanes y fuertes vientos tropicales.

Sin embargo, un embravecido ciclón puso a prueba la majestuosidad de la figura al arrojarla despiadadamente al patio del castillo el 20 de octubre de 1926.

Conmocionadas por el desafío de la naturaleza, las autoridades cubanas de aquella época decidieron cobijarla en el Museo de la Ciudad, antiguo Palacio de los Capitanes Generales.

Allí permanece hasta hoy, protegida de la lluvia, el sol y el viento, mientras el Castillo de la Real Fuerza exhibe en su parte más elevada una réplica de La Giraldilla.

La escultura debe su nombre al Giraldillo, escultura que corona el campanario de la Catedral de Santa María de la Sede de Sevilla, en España, ciudad natal de Bitrián y Viamontes.

Multiplicado en el recuerdo de quienes conocen detalles de la historia, el romance de Isabel y Hernando conquista el corazón de miles de personas, que sorprendidas ante tan ardiente pasión reverencian -con respeto y complicidad- la memoria de los amantes.

La Giraldilla de La Habana sobresale como uno de los emblemas más bellos de la capital cubana porque sin importar el paso del tiempo constituye un símbolo de amor perpetuo.

*Periodista de la redacción de Cultura de Prensa Latina.

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